II Macabeos

Antiguo Testamento | 15 capítulos | 556 versículos

2 Mac

Capítulo 9

1 Sucedió por este tiempo que Antíoco hubo de retirarse desordenadamente de las regiones de Persia.

2 En efecto, habiendo entrado en la ciudad llamada Persépolis, pretendió saquear el santuario y oprimir la ciudad; ante ello, la muchedumbre sublevándose acudió a las armas y le puso en fuga; y sucedió que Antíoco, ahuyentado por los naturales del país, hubo de emprender una vergonzosa retirada.

3 Cuando estaba en Ecbátana, le llegó la noticia de lo ocurrido a Nicanor y a las tropas de Timoteo.

4 Arrebatado de furor, pensaba vengar en los judíos la afrenta de los que le habían puesto en fuga, y por eso ordenó al conductor que hiciera avanzar el carro sin parar hasta el término del viaje. Pero ya el juicio del Cielo se cernía sobre él, pues había hablado así con orgullo: «En cuanto llegue a Jerusalén, haré de la ciudad una fosa común de judíos.»

5 Pero el Señor Dios de Israel que todo lo ve, le hirió con una llaga incurable e invisible: apenas pronunciada esta frase, se apoderó de sus entrañas un dolor irremediable, con agudos retortijones internos,

6 cosa totalmente justa para quien había hecho sufrir las entrañas de otros con numerosas y desconocidas torturas.

7 Pero él de ningún modo cesaba en su arrogancia; estaba lleno todavía de orgullo, respiraba el fuego de su furor contra los judíos y mandaba acelerar la marcha. Pero sucedió que vino a caer de su carro que corría velozmente y, con la violenta caída, todos los miembros de su cuerpo se le descoyuntaron.

8 El que poco antes pensaba dominar con su altivez de superhombre las olas del mar, y se imaginaba pesar en una balanza las cimas de las montañas, caído por tierra, era luego transportado en una litera, mostrando a todos de forma manifiesta el poder de Dios,

9 hasta el punto que de los ojos del impío pululaban gusanos, caían a pedazos sus carnes, aun estando con vida, entre dolores y sufrimientos, y su infecto hedor apestaba todo el ejército.

10 Al que poco antes creía tocar los astros del cielo, nadie podía ahora llevarlo por la insoportable repugnancia del hedor.

11 Así comenzó entonces, herido, a abatir su excesivo orgullo y a llegar al verdadero conocimiento bajo el azote divino, en tensión a cada instante por los dolores.

12 Como ni él mismo podía soportar su propio hedor, decía: «Justo es estar sumiso a Dios y que un mortal no pretenda igualarse a la divinidad.»

13 Pero aquel malvado rogaba al Soberano de quien ya no alcanzaría misericordia, prometiendo

14 que declararía libre la ciudad santa, a la que se había dirigido antes a toda prisa para arrasarla y transformarla en fosa común,

15 que equipararía con los atenienses a todos aquellos judíos que había considerado dignos, no de una sepultura, sino de ser arrojados con sus niños como pasto a las fieras;

16 que adornaría con los más bellos presentes el Templo Santo que antes había saqueado; que devolvería multiplicados todos los objetos sagrados; que suministraría a sus propias expensas los fondos que se gastaban en los sacrificios;

17 y, además, que se haría judío y recorrería todos los lugares habitados para proclamar el poder de Dios.

18 Como sus dolores de ninguna forma se calmaban, pues había caído sobre él el justo juicio de Dios, desesperado de su estado, escribió a los judíos la carta copiada a continuación, en forma de súplica, con el siguiente contenido:

19 «A los honrados judíos, ciudadanos suyos, con los mejores deseos de dicha, salud y prosperidad, saluda el rey y estratega Antíoco.

20 Si os encontráis bien vosotros y vuestros hijos, y vuestros asuntos van conforme a vuestros deseos, damos por ello rendidas gracias.

21 En cuanto a mí, me encuentro postrado sin fuerza en mi lecho, con un amistoso recuerdo de vosotros. A mi vuelta de las regiones de Persia, contraje una molesta enfermedad y he considerado necesario preocuparme de vuestra seguridad común.

22 No desespero de mi situación, antes bien tengo grandes esperanzas de salir de esta enfermedad;

23 pero considerando que también mi padre, con ocasión de salir a campaña hacia las regiones altas, designó su futuro sucesor,

24 para que, si ocurría algo sorprendente o si llegaba alguna noticia desagradable, los habitantes de las provincias no se perturbaran, por saber ya a quién quedaba confiado el gobierno;

25 dándome cuenta además de que los soberanos de alrededor, vecinos al reino, acechan las oportunidades y aguardan lo que pueda suceder, he nombrado rey a mi hijo Antíoco, a quien muchas veces, al recorrer las satrapías altas, os he confiado y recomendado a gran parte de vosotros. A él le he escrito lo que sigue.

26 Por tanto os exhorto y ruego que acordándoos de los beneficios recibidos en común y en particular, guardéis cada uno también con mi hijo la benevolencia que tenéis hacia mí.

27 Pues estoy seguro de que él, realizando con moderación y humanidad mis proyectos, se entenderá bien con vosotros.»

28 Así pues, aquel asesino y blasfemo, sufriendo los peores padecimientos, como los había hecho padecer a otros, terminó la vida en tierra extranjera, entre montañas, en el más lamentable infortunio.

29 Filipo, su compañero, trasladaba su cuerpo; mas, por temor al hijo de Antíoco, se retiró a Egipto, junto a Tolomeo Filométor.

Reflexión del capítulo 9

El noveno capítulo presenta la consolidación de Jonatán como sucesor de su hermano Judas, y más adelante la astucia con que se mantiene al frente del pueblo enfrentando las divisiones internas y la presión de los reyes seléucidas. Jonatán, apresado por el traidor Trifón, es finalmente ejecutado junto con sus hijos. El autor muestra cómo la desunión de Israel facilita el dominio extranjero, y cómo la febly leadership depende de la unión bajo Dios. La figura de Jonatán resalta la importancia de la diplomacia y la constancia: no todo es combate abierto; a veces la fidelidad se ejerce en la paciencia política. Su cautiverio y muerte nos recuerdan que el servicio al pueblo puede exigir el precio supremo, y que Dios no promete a sus servidores una vida cómoda, sino una vida significativa. La traición de Trifón es imagen del mal que se disfraza de amistad. Para nosotros hoy, este capítulo enseña a valorar la unidad eclesial y comunitaria, y a desconfiar de quienes seducen con promesas vacías. La continuidad de la obra de Dios pasa de Judas a Jonatán y luego a Simón: la misión es mayor que cualquier individuo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy trabaja por la unidad en tu familia, comunidad o lugar de trabajo: evita los comentarios divisivos y construye puentes. Reza por quienes lideran en medio de presiones. Sé fiel en lo pequeño y en lo público.

Oración

Dios de la alianza, que sostuviste a Jonatán en la prueba, danos espíritu de unidad y fidelidad. Líbranos de la traición y concédenos perseverar en el servicio a tu pueblo. Amén.

Acerca del libro de II Macabeos

El libro de II Macabeos, junto con I Macabeos, narra la heroica resistencia del pueblo judío frente a la violenta helenización impulsada por Antíoco IV Epífanes en el siglo II antes de Cristo. A diferencia de I Macabeos, este segundo relato no es una crónica militar continua, sino una obra de carácter más teológico y didáctico, compuesta originariamente en griego por un autor desconocido que resume la obra mayor de Jason de Cirene. La Iglesia Católica venera II Macabeos como parte integrante del canon deuterocanónico, inspirado por el Espíritu Santo, y así lo confirmaron los concilios de Hipona y Cartago y, de modo definitivo, el Concilio de Trento. Su valor no reside solo en los hechos, sino en la luz con la que los interpreta: la fidelidad a la Ley, el poder de la oración, el sacrificio expiatorio por los difuntos y la certeza de la resurrección. El libro sitúa la persecución dentro del designio de Dios, que permite la prueba para purificar a su pueblo, pero nunca lo abandona. Los martirios de Eleazar y de la madre con sus siete hijos, así como las victorias de Judas, muestran que la fuerza verdadera nace de la confianza en el Señor y no de la superioridad militar. Para nosotros hoy, II Macabeos es una invitación a la coherencia de vida: creer en la resurrección comporta vivir con esperanza incluso en el sufrimiento, honrar a quienes nos precedieron en la fe y entender el dolor como ocasión de santificación. Leerlo con oración nos ayuda a descubrir que Dios escribe recto sobre los renglones torcidos de la historia.

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