II Macabeos
Antiguo Testamento | 15 capítulos | 556 versículos
Capítulo 5
1 Por esta época preparaba Antíoco la segunda expedición a Egipto.
2 Sucedió que durante cerca de cuarenta días aparecieron en toda la ciudad, corriendo por los aires, jinetes vestidos de oro, tropas armadas distribuidas en cohortes,
3 escuadrones de caballería en orden de batalla, ataques y cargas de una y otra parte, movimiento de escudos, espesura de lanzas, espadas desenvainadas, lanzamiento de dardos, resplandores de armaduras de oro y corazas de toda clase.
4 Ante ello todos rogaban que aquella aparición presagiase algún bien.
5 Al difundirse el falso rumor de que Antíoco había dejado esta vida, Jasón, con no menos de mil hombres, lanzó un ataque imprevisto contra la ciudad; al ser rechazados los que estaban en la muralla y capturada ya por fin la ciudad, Menelao se refugió en la Acrópolis.
6 Jasón hacía cruel matanza de sus propios ciudadanos sin caer en cuenta que un éxito sobre sus compatriotas era el peor de los desastres; se imaginaba ganar trofeos de enemigos y no de sus compatriotas.
7 Pero no logró el poder; sino que al fin, con la ignominia ganada por sus intrigas, se fue huyendo de nuevo al país de Ammán.
8 Por último encontró un final desastroso: acusado ante Aretas, tirano de los árabes, huyendo de su ciudad, perseguido por todos, detestado como apóstata de las leyes, y abominado como verdugo de la patria y de los conciudadanos, fue arrojado a Egipto.
9 El que a muchos había desterrado de la patria, en el destierro murió, cuando se dirigía a Lacedemonia, con la esperanza de encontrar protección por razón de parentesco;
10 y el que a tantos había privado de sepultura, pasó sin ser llorado, sin recibir honras fúnebres ni tener un sitio en la sepultura de sus padres.
11 Cuando llegaron al rey noticias de lo sucedido, sacó la conclusión de que Judea se separaba; por eso regresó de Egipto, rabioso como una fiera, tomó la ciudad por las armas,
12 y ordenó a los soldados que hirieran sin compasión a los que encontraran y que mataran a los que subiesen a los terrados de las casas.
13 Perecieron jóvenes y ancianos; fueron asesinados muchachos, mujeres y niños, y degollaron a doncellas y niños de pecho.
14 En sólo tres días perecieron 80.000 personas, 40.000 en la refriega y otros, en número no menor que el de las víctimas, fueron vendidos como esclavos.
15 Antíoco, no contento con esto, se atrevió a penetrar en el Templo más santo de toda la tierra, llevando como guía a Menelao, el traidor a las leyes y a la patria.
16 Con sus manos impuras tomó los vasos sagrados y arrebató con sus manos profanas las ofrendas presentadas por otros reyes para acrecentamiento de la gloria y honra del Lugar.
17 Antíoco estaba engreído en su pensamiento, sin considerar que el Soberano estaba irritado por poco tiempo a causa de los pecados de los habitantes de la ciudad y por eso desviaba su mirada del Lugar.
18 Pero de no haberse dejado arrastrar ellos por los muchos pecados, el mismo Antíoco, como Heliodoro, el enviado por el rey Seleuco para inspeccionar el Tesoro, al ser azotado nada más llegar, habría renunciado a su osadía.
19 Pero el Señor no ha elegido a la nación por el Lugar, sino el Lugar por la nación.
20 Por esto, también el mismo Lugar, después de haber participado de las desgracias acaecidas a la nación, ha tenido luego parte en sus beneficios; y el que había sido abandonado en tiempo de la cólera del Todopoderoso, de nuevo en tiempo de la reconciliación del gran Soberano, ha sido restaurado con toda su gloria.
21 Así pues, Antíoco, llevándose del Templo 1.800 talentos, se fue pronto a Antioquía, creyendo en su orgullo que haría la tierra navegable y el mar viable, por la arrogancia de su corazón.
22 Dejó también prefectos para hacer daño a la raza: en Jerusalén a Filipo, de raza frigia, que tenía costumbres más bárbaras que el le había nombrado;
23 en el monte Garizim, a Andrónico, y además de éstos, a Menelao, que superaba a los demás en maldad contra sus conciudadanos. El rey, que albergaba hacia los judíos sentimientos de odio,
24 envió al Misarca Apolonio con un ejército de 22.000 hombres, y la orden de degollar a todos los que estaban en el vigor de la edad, y de vender a las mujeres y a los más jóvenes.
25 Llegado éste a Jerusalén y fingiendo venir en son de paz esperó hasta el día santo del sábado. Aprovechando el descanso de los judíos, mandó a sus tropas que se equiparan con las armas,
26 y a todos los que salían a ver aquel espectáculo, los hizo matar e, invadiendo la ciudad con los soldados armados, hizo caer una considerable multitud.
27 Pero Judas, llamado también Macabeo, formó un grupo de unos diez y se retiró al desierto. Llevaba con sus compañeros, en las montañas, vida de fieras salvajes, sin comer más alimento que hierbas, para no contaminarse de impureza.
Reflexión del capítulo 5
El quinto capítulo relata la victoria de Judas sobre Lisias y, sobre todo, la purificación y dedicación del templo, instituyendo la fiesta de Janucá, «la fiesta de la Dedicación», que dura ocho días. Después de profanado por los paganos, el santuario es limpiado, el altar reconstruido y el culto restaurado con alegría. El autor presenta este acontecimiento como una nueva Pascua: la luz del candelabro vuelve a brillar en medio de las tinieblas de la opresión. La elección de ocho días evoca la creación y la reconciliación con Dios. Para el creyente, este capítulo es imagen de la conversión personal: nuestro corazón, a veces profanado por el pecado y las preocupaciones, necesita ser purificado y reconsagrado al Señor. La fiesta recuerda que Dios no abandona su morada y que la alegría litúrgica es respuesta al don de la libertad. Cristo mismo celebraría Janucá (Jn 10,22), y la luz del templo apunta a Él, luz del mundo. La dedicación no es un rito muerto, sino la entrega renovada de la vida entera a quien nos libró.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Dedica hoy un espacio y un tiempo concretos a la oración, como quien enciende de nuevo la lámpara del templo. Examina tu conciencia y pide al Señor que purifique lo profanado en tu corazón. Celebra con alegría su perdón.
Oración
Señor, que renovaste tu templo y encendiste de nuevo la luz, purifica mi corazón y conságralo a ti. Que mi vida sea una fiesta de dedicación permanente. Amén.
Acerca del libro de II Macabeos
El libro de II Macabeos, junto con I Macabeos, narra la heroica resistencia del pueblo judío frente a la violenta helenización impulsada por Antíoco IV Epífanes en el siglo II antes de Cristo. A diferencia de I Macabeos, este segundo relato no es una crónica militar continua, sino una obra de carácter más teológico y didáctico, compuesta originariamente en griego por un autor desconocido que resume la obra mayor de Jason de Cirene. La Iglesia Católica venera II Macabeos como parte integrante del canon deuterocanónico, inspirado por el Espíritu Santo, y así lo confirmaron los concilios de Hipona y Cartago y, de modo definitivo, el Concilio de Trento. Su valor no reside solo en los hechos, sino en la luz con la que los interpreta: la fidelidad a la Ley, el poder de la oración, el sacrificio expiatorio por los difuntos y la certeza de la resurrección. El libro sitúa la persecución dentro del designio de Dios, que permite la prueba para purificar a su pueblo, pero nunca lo abandona. Los martirios de Eleazar y de la madre con sus siete hijos, así como las victorias de Judas, muestran que la fuerza verdadera nace de la confianza en el Señor y no de la superioridad militar. Para nosotros hoy, II Macabeos es una invitación a la coherencia de vida: creer en la resurrección comporta vivir con esperanza incluso en el sufrimiento, honrar a quienes nos precedieron en la fe y entender el dolor como ocasión de santificación. Leerlo con oración nos ayuda a descubrir que Dios escribe recto sobre los renglones torcidos de la historia.
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