Juan

Nuevo Testamento | 21 capítulos | 879 versículos

Jn

Capítulo 11

1 Había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta.

2 María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo.

3 Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo.»

4 Al oírlo Jesús, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»

5 Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.

6 Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba.

7 Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea.»

8 Le dicen los discípulos: «Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?»

9 Jesús respondió: «¿No son doce las horas del día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo;

10 pero si uno anda de noche, tropieza, porque no está la luz en él.»

11 Dijo esto y añadió: «Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle.»

12 Le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se curará.»

13 Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño.

14 Entonces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto,

15 y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él.»

16 Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él.»

17 Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro.

18 Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios,

19 y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano.

20 Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa.

21 Dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.

22 Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.»

23 Le dice Jesús: «Tu hermano resucitará.»

24 Le respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día.»

25 Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección El que cree en mí, aunque muera, vivirá;

26 y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?»

27 Le dice ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo.»

28 Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: «El Maestro está ahí y te llama.»

29 Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rapidamente, y se fue donde él.

30 Jesús todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado.

31 Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí.

32 Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.»

33 Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó

34 y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?» Le responden: «Señor, ven y lo verás.»

35 Jesús se echó a llorar.

36 Los judíos entonces decían: «Mirad cómo le quería.»

37 Pero algunos de ellos dijeron: «Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?»

38 Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra.

39 Dice Jesús: «Quitad la piedra.» Le responde Marta, la hermana del muerto: «Señor, ya huele; es el cuarto día.»

40 Le dice Jesús: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?»

41 Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado.

42 Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado.»

43 Dicho esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!»

44 Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: «Desatadlo y dejadle andar.»

45 Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él.

46 Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.

47 Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales.

48 Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.»

49 Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada,

50 ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación.»

51 Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación

52 - y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos.

53 Desde este día, decidieron darle muerte.

54 Por eso Jesús no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana al desierto, a una ciudada llamada Efraím, y allí residía con sus discípulos.

55 Estaba cerca la Pascua de los judíos, y muchos del país habían subido a Jerusalén, antes de la Pascua para purificarse.

56 Buscaban a Jesús y se decían unos a otros estando en el Templo: «¿Qué os parece? ¿Que no vendrá a la fiesta?»

57 Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que, si alguno sabía dónde estaba, lo notificara para detenerle.

Reflexión del capítulo 11

La muerte de Lázaro es el signo culminante antes de la pasión. Jesús, avisado de la enfermedad, espera dos días y llega cuando ya huele a muerto. Marta y María le reciben con fe, y Jesús, conmovido y llorando, se acerca a la tumba y ordena: 'Lázaro, sal'. El amigo resucita ante la admiración y el temor. Este milagro revela que Jesús tiene poder sobre la muerte y es la resurrección y la vida: quien cree en él, aunque muera, vivirá. La humanidad de Cristo se muestra en su llanto, y su divinidad en el poder sobre el sepulcro. El relato provoca la fe de muchos, pero también la decisión del Sanedrín de matarlo, pues temen perder su poder. Para nosotros, Juan 11 enseña que Dios permite el dolor para manifestar su gloria y que, incluso en la muerte, Cristo está presente. La resurrección de Lázaro es anticipo de la de Cristo y de la nuestra. Creer en Jesús es tener ya la vida; su amor vence la última enemiga y convierte el duelo en esperanza.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy llévate a alguien que enfrenta pérdida o muerte a la presencia de Cristo, y compárteles la esperanza de la resurrección con tu cercanía y oración.

Oración

Señor Jesús, resurrección y vida, consuela a quienes lloran y danos creer que tú vences la muerte. Lleva nuestro duelo a tu esperanza. Amén.

Acerca del libro de Juan

El Evangelio según san Juan, redactado hacia el año 90-100 d.C., es el cuarto y más contemplativo de los Evangelios. A diferencia de Mateo, Marcos y Lucas, Juan no ofrece una crónica de infancia ni una lista de parábolas, sino un relato teológico profundo que presenta a Jesús como el Verbo encarnado, el Hijo único del Padre. Su autor, el discípulo amado, escribe para llevar al lector a la fe y a la vida en el nombre de Cristo. En el contexto de las primeras comunidades, enfrentadas a tensiones con el judaísmo y a la maduración de la fe, Juan subraya la divinidad de Jesús y su unidad con el Padre.

Los temas centrales incluyen el Verbo hecho carne, los siete signos, los discursos del Yo soy, el amor mutuo, la verdad y la vida eterna. Juan ocupa un lugar privilegiado en la historia de la salvación porque revela con mayor claridad el misterio trinitario y la gloria de la cruz. Aquí el Calvario es el trono desde el que Cristo atrae a todos los hombres. La obra culmina invitando a cada discípulo a un encuentro personal con el Señor resucitado.

Para leerlo hoy en oración, Juan pide lentitud y silencio. Sus páginas no se agotan en la primera lectura; invitan a detenerse en una sola frase, como hizo la samaritana junto al pozo. Leer a Juan orantemente es dejarse mirar por Cristo y responderle con confianza. Que este Evangelio nos enseñe a creer, a amar y a permanecer en él como el sarmiento en la vid.

Compartir

Enlace copiado