Juan

Nuevo Testamento | 21 capítulos | 879 versículos

Jn

Capítulo 20

1 El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro.

2 Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.»

3 Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro.

4 Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro.

5 Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró.

6 Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo,

7 y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte.

8 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó,

9 pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.

10 Los discípulos, entonces, volvieron a casa.

11 Estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro,

12 y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies.

13 Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.»

14 Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.

15 Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.»

16 Jesús le dice: «María.» Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» - que quiere decir: «Maestro» -.

17 Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.»

18 Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

19 Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.»

20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.

21 Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.»

22 Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo.

23 A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

24 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»

25 Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»

26 Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.»

27 Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.»

28 Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.»

29 Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»

30 Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro.

31 Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

Reflexión del capítulo 20

Al amanecer del primer día, María Magdalena encuentra la tumba vacía y avisa a Pedro y al discípulo amado, que corren y ven los lienzos y el sudario. Jesús se aparece a María, quien lo reconoce al oír su nombre. Por la tarde, en el cenáculo cerrado, se presenta en medio de los discípulos, les muestra las llagas y les da el Espíritu enviándolos a perdonar los pecados. Tomás, ausente, duda hasta tocar las heridas; al verlo exclama: 'Señor mío y Dios mío'. Jesús bendice a los que creen sin haber visto. Este capítulo es la revelación de la resurrección y del nacimiento de la Iglesia por el don del Espíritu. Nos muestra que el Resucitado conserva las heridas, signo de su amor eterno. Para nosotros, Juan 20 enseña que la fe nace del encuentro personal y que el perdón de los pecados es poder de Cristo en su Iglesia. La duda de Tomás es puerta a una fe más honda. La misión de perdonar revela que la comunidad cristiana es sacramento de reconciliación. Creer en el Resucitado es tener ya la vida.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy acoge el don del perdón, recibiendo la misericordia o perdonando a un hermano, y vive tu fe como encuentro personal con el Resucitado.

Oración

Señor Jesús, resucitado, que como Tomás te confesemos Señor y Dios. Envíanos tu Espíritu y danos perdonar como Tú perdonas. Amén.

Acerca del libro de Juan

El Evangelio según san Juan, redactado hacia el año 90-100 d.C., es el cuarto y más contemplativo de los Evangelios. A diferencia de Mateo, Marcos y Lucas, Juan no ofrece una crónica de infancia ni una lista de parábolas, sino un relato teológico profundo que presenta a Jesús como el Verbo encarnado, el Hijo único del Padre. Su autor, el discípulo amado, escribe para llevar al lector a la fe y a la vida en el nombre de Cristo. En el contexto de las primeras comunidades, enfrentadas a tensiones con el judaísmo y a la maduración de la fe, Juan subraya la divinidad de Jesús y su unidad con el Padre.

Los temas centrales incluyen el Verbo hecho carne, los siete signos, los discursos del Yo soy, el amor mutuo, la verdad y la vida eterna. Juan ocupa un lugar privilegiado en la historia de la salvación porque revela con mayor claridad el misterio trinitario y la gloria de la cruz. Aquí el Calvario es el trono desde el que Cristo atrae a todos los hombres. La obra culmina invitando a cada discípulo a un encuentro personal con el Señor resucitado.

Para leerlo hoy en oración, Juan pide lentitud y silencio. Sus páginas no se agotan en la primera lectura; invitan a detenerse en una sola frase, como hizo la samaritana junto al pozo. Leer a Juan orantemente es dejarse mirar por Cristo y responderle con confianza. Que este Evangelio nos enseñe a creer, a amar y a permanecer en él como el sarmiento en la vid.

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