Juan

Nuevo Testamento | 21 capítulos | 879 versículos

Jn

Capítulo 4

1 Cuando Jesús se enteró de que había llegado a oídos de los fariseos que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan -

2 aunque no era Jesús mismo el que bautizaba, sino sus discípulos -,

3 abandonó Judea y volvió a Galilea.

4 Tenía que pasar por Samaria.

5 Llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José.

6 Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta.

7 Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber.»

8 Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice a la mujer samaritana:

9 «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.)

10 Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: "Dame de beber", tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva.»

11 Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva?

12 ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»

13 Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed;

14 pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.»

15 Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla.»

16 El le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá.»

17 Respondió la mujer: «No tengo marido.» Jesús le dice: «Bien has dicho que no tienes marido,

18 porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad.»

19 Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta.

20 Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.»

21 Jesús le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre.

22 Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.

23 Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren.

24 Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad.»

25 Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo.»

26 Jesús le dice: «Yo soy, el que te está hablando.»

27 En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?» o «¿Qué hablas con ella?»

28 La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente:

29 «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?»

30 Salieron de la ciudad e iban donde él.

31 Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: «Rabbí, come.»

32 Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis.»

33 Los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?»

34 Les dice Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.

35 ¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya

36 el segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador.

37 Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador:

38 yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga.»

39 Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho.»

40 Cuando llegaron donde él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días.

41 Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras,

42 y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo.»

43 Pasados los dos días, partió de allí para Galilea.

44 Pues Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria.

45 Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.

46 Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm.

47 Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue donde él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque se iba a morir.

48 Entonces Jesús le dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creéis.»

49 Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo.»

50 Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive.» Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino.

51 Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía.

52 El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre.»

53 El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia.

54 Esta nueva señal, la segunda, la realizó Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.

Reflexión del capítulo 4

Jesús, cansado junto al pozo de Sicar, pide de beber a una mujer samaritana, rompiendo barreras de género y enemistad entre judíos y samaritanos. Le ofrece el agua viva que sacia para siempre, y, conocedor de su vida, la lleva a reconocer al Mesías. La mujer deja el cántaro y corre a anunciar a su pueblo, que muchos creen por su palabra. Luego, en Galilea, Jesús sana al hijo de un funcionario real, sanación que el evangelista vincula a la fe del padre. Este capítulo revela la universalidad de la misericordia: Cristo se acerca a los marginados y a los distintos, derribando prejuicios. La samaritana es imagen del encuentro personal que transforma y envía a evangelizar. Para nosotros, Juan 4 enseña que el verdadero culto es en espíritu y verdad, no atado a un monte, y que la sed de Dios habita en todo corazón. La mies es abundante; el discípulo debe abrir los ojos. La fe nace a menudo de una conversación honesta donde Cristo nombra nuestra verdad y nos ofrece su vida.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy acércate sin prejuicios a alguien distinto a ti y ofrécele una palabra de vida; sé tú también 'agua viva' para quien tiene sed de Dios.

Oración

Señor, que como la samaritana reconozcamos en ti al dador del agua viva. Danos anunciarte a cuantos encontramos en nuestro camino. Amén.

Acerca del libro de Juan

El Evangelio según san Juan, redactado hacia el año 90-100 d.C., es el cuarto y más contemplativo de los Evangelios. A diferencia de Mateo, Marcos y Lucas, Juan no ofrece una crónica de infancia ni una lista de parábolas, sino un relato teológico profundo que presenta a Jesús como el Verbo encarnado, el Hijo único del Padre. Su autor, el discípulo amado, escribe para llevar al lector a la fe y a la vida en el nombre de Cristo. En el contexto de las primeras comunidades, enfrentadas a tensiones con el judaísmo y a la maduración de la fe, Juan subraya la divinidad de Jesús y su unidad con el Padre.

Los temas centrales incluyen el Verbo hecho carne, los siete signos, los discursos del Yo soy, el amor mutuo, la verdad y la vida eterna. Juan ocupa un lugar privilegiado en la historia de la salvación porque revela con mayor claridad el misterio trinitario y la gloria de la cruz. Aquí el Calvario es el trono desde el que Cristo atrae a todos los hombres. La obra culmina invitando a cada discípulo a un encuentro personal con el Señor resucitado.

Para leerlo hoy en oración, Juan pide lentitud y silencio. Sus páginas no se agotan en la primera lectura; invitan a detenerse en una sola frase, como hizo la samaritana junto al pozo. Leer a Juan orantemente es dejarse mirar por Cristo y responderle con confianza. Que este Evangelio nos enseñe a creer, a amar y a permanecer en él como el sarmiento en la vid.

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