Juan

Nuevo Testamento | 21 capítulos | 879 versículos

Jn

Capítulo 3

1 Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío.

2 Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él.»

3 Jesús le respondió: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios.»

4 Dícele Nicodemo: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?»

5 Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.

6 Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu.

7 No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de lo alto.

8 El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu.»

9 Respondió Nicodemo: «¿Cómo puede ser eso?»

10 Jesús le respondió: «Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas?

11 «En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio.

12 Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo?

13 Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.

14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre,

15 para que todo el que crea tenga por él vida eterna.

16 Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

17 Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

18 El que creee en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.

19 Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.

20 Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras.

21 Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios.»

22 Después de esto, se fue Jesús con sus discípulos al país de Judea; y allí se estaba con ellos y bautizaba.

23 Juan también estaba bautizando en Ainón, cerca de Salim, porque había allí mucha agua, y la gente acudía y se bautizaba.

24 Pues todavía Juan no había sido metido en la cárcel.

25 Se suscitó una discusión entre los discípulos de Juan y un judío acerca de la purificación.

26 Fueron, pues, donde Juan y le dijeron: «Rabbí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, aquel de quien diste testimonio, mira, está bautizando y todos se van a él.»

27 Juan respondió: «Nadie puede recibir nada si no se le ha dado del cielo.

28 Vosotros mismos me sois testigos de que dije: "Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él."

29 El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio. Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud.

30 Es preciso que él crezca y que yo disminuya.

31 El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo,

32 da testimonio de lo que ha visto y oído, y su testimonio nadie lo acepta.

33 El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz.

34 Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida.

35 El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano.

36 El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él.»

Reflexión del capítulo 3

Nicodemo, fariseo y miembro del Sanedrín, acude a Jesús de noche buscando la verdad. Jesús le revela el nacimiento del Espíritu: es necesario nacer de lo alto, del agua y del Espíritu, para entrar en el Reino. Lo carnal no basta; se requiere una vida nueva. El diálogo culmina en la frase más conocida de la Escritura: 'Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que cree en él no perezca, sino tenga vida eterna'. Dios no envió a su Hijo para condenar, sino para salvar. Este capítulo revela el corazón del Evangelio: la gratuidad de la salvación y la exigencia de la fe. Nicodemo, aunque prudente, representa al hombre que busca a escondidas y es invitado a la luz. Para nosotros, Juan 3 enseña que no basta la religiosidad externa; se requiere una conversión interior obrada por el Espíritu. La cruz es el tiempo de la serpiente elevada que sana; mirar a Cristo crucificado es recibir vida. La luz exige abandonar las obras de las tinieblas.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy acoge con gratitud la salvación: reza el versículo 16 y deja atrás una obra de tinieblas para caminar en la luz de Cristo.

Oración

Dios Padre, que tanto amaste al mundo que diste a tu Hijo, concédenos creer en él y tener vida eterna. Ilumina nuestras obras. Amén.

Acerca del libro de Juan

El Evangelio según san Juan, redactado hacia el año 90-100 d.C., es el cuarto y más contemplativo de los Evangelios. A diferencia de Mateo, Marcos y Lucas, Juan no ofrece una crónica de infancia ni una lista de parábolas, sino un relato teológico profundo que presenta a Jesús como el Verbo encarnado, el Hijo único del Padre. Su autor, el discípulo amado, escribe para llevar al lector a la fe y a la vida en el nombre de Cristo. En el contexto de las primeras comunidades, enfrentadas a tensiones con el judaísmo y a la maduración de la fe, Juan subraya la divinidad de Jesús y su unidad con el Padre.

Los temas centrales incluyen el Verbo hecho carne, los siete signos, los discursos del Yo soy, el amor mutuo, la verdad y la vida eterna. Juan ocupa un lugar privilegiado en la historia de la salvación porque revela con mayor claridad el misterio trinitario y la gloria de la cruz. Aquí el Calvario es el trono desde el que Cristo atrae a todos los hombres. La obra culmina invitando a cada discípulo a un encuentro personal con el Señor resucitado.

Para leerlo hoy en oración, Juan pide lentitud y silencio. Sus páginas no se agotan en la primera lectura; invitan a detenerse en una sola frase, como hizo la samaritana junto al pozo. Leer a Juan orantemente es dejarse mirar por Cristo y responderle con confianza. Que este Evangelio nos enseñe a creer, a amar y a permanecer en él como el sarmiento en la vid.

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