Marcos
Nuevo Testamento | 16 capítulos | 674 versículos
Capítulo 11
1 Cuando se aproximaban a Jerusalén, cerca ya de Betfagé y Betania, al pie del monte de los Olivos, envía a dos de sus discípulos,
2 diciéndoles: «Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y no bien entréis en él, encontraréis un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre. Desatadlo y traedlo.
3 Y si alguien os dice: "¿Por qué hacéis eso?", decid: "El Señor lo necesita, y que lo devolverá en seguida".»
4 Fueron y encontraron el pollino atado junto a una puerta, fuera, en la calle, y lo desataron.
5 Algunos de los que estaban allí les dijeron: «¿Qué hacéis desatando el pollino?»
6 Ellos les contestaron según les había dicho Jesús, y les dejaron.
7 Traen el pollino donde Jesús, echaron encima sus mantos y se sentó sobre él.
8 Muchos extendieron sus mantos por el camino; otros, follaje cortado de los campos.
9 Los que iban delante y los que le seguían, gritaban: « ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
10 ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!»
11 Y entró en Jerusalén, en el Templo, y después de observar todo a su alrededor, siendo ya tarde, salió con los Doce para Betania.
12 Al día siguiente, saliendo ellos de Betania, sintió hambre.
13 Y viendo de lejos una higuera con hojas, fue a ver si encontraba algo en ella; acercándose a ella, no encontró más que hojas; es que no era tiempo de higos.
14 Entonces le dijo: «¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti!» Y sus discípulos oían esto.
15 Llegan a Jerusalén; y entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas
16 y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo.
17 Y les enseñaba, diciéndoles: «¿No está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las gentes? ¡Pero vosotros la tenéis hecha una cueva de bandidos! »
18 Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y buscaban cómo podrían matarle; porque le tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina.
19 Y al atardecer, salía fuera de la ciudad.
20 Al pasar muy de mañana, vieron la higuera, que estaba seca hasta la raíz.
21 Pedro, recordándolo, le dice: «¡Rabbí, mira!, la higuera que maldijiste está seca.»
22 Jesús les respondió: «Tened fe en Dios.
23 Yo os aseguro que quien diga a este monte: "Quítate y arrójate al mar" y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá.
24 Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis.
25 Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas.»
27 Vuelven a Jerusalén y, mientras paseaba por el Templo, se le acercan los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos,
28 y le decían: «¿Con qué autoridad haces esto?, o ¿quién te ha dado tal autoridad para hacerlo?»
29 Jesús les dijo: «Os voy a preguntar una cosa. Respondedme y os diré con qué autoridad hago esto.
30 El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme.»
31 Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: "Del cielo", dirá: "Entonces, ¿por qué no le creísteis?"
32 Pero ¿vamos a decir: "De los hombres?"» Tenían miedo a la gente; pues todos tenían a Juan por un verdadero profeta.
33 Responden, pues, a Jesús: «No sabemos.» Jesús entonces les dice: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.»
Reflexión del capítulo 11
La entrada mesiánica en Jerusalén es un gesto cargado de sentido: Jesús monta un pollino, cumpliendo a Zacarías, y la multitud extiende mantos y ramos aclamando 'Hosanna'. El Rey llega en paz, no con ejército. En el templo, su gesto profético de expulsar a los vendedores denuncia que la casa de oración se ha vuelto cueva de ladrones; el culto debe ser auténtico y universal. La higuera estéril, maldecida y seca, es signo del juicio sobre una religión sin fruto: la fe no se contenta con apariencia de hojas. El capítulo enlaza la purificación del templo con la pregunta sobre la autoridad de Jesús: los sumos sacerdotes la retan, pero él responde con la parábola del viñador homicida que leerán en el capítulo siguiente. Marcos nos sitúa en la semana santa, donde la gloria de la entrada contrasta con la creciente oposición. El discípulo aprende que la verdadera adoración brota de un corazón convertido y no de ritos vacíos.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy visita o recuerda el templo de tu cuerpo y de tu hogar: elimina una 'mesa de cambistas' (un hábito de consumo o distracción que roba tu oración). Ofrece un gesto concreto de alabanza sincera, sin apariencias ni ruido, y deja que el Señor purifique tu modo de relacionarte con él y con los demás. La adoración nace de un corazón convertido.
Oración
Señor de la paz, que entraste en Jerusalén y purificaste el templo, limpia mi corazón de todo comercio vacío. Que mi vida dé fruto y te alabe en verdad, y que tu Reino de justicia reine en mí por encima de todo poder. Ven en paz. Amén.
Acerca del libro de Marcos
El Evangelio según san Marcos es, según la tradición unánime de la Iglesia, la predicación del apóstol Pedro puesta por escrito por Juan Marcos, compañero de Pablo y de Pedro. Redactado hacia el año 65-70 d.C., con toda probabilidad en Roma y dirigido a cristianos de origen pagano, es el más breve y el más antiguo de los cuatro evangelios. Marcos escribe con urgencia y movimiento: la palabra 'en seguida' atraviesa sus páginas, revelando un Mesías que no cesa de actuar. Su contexto es el de una comunidad que sufre persecución, quizá bajo Nerón, y que necesita comprender que el camino del discípulo pasa por la Cruz antes que por la gloria.
Literariamente, Marcos se presenta como un relato teológico, no como una biografía. Subraya el 'secreto mesiánico': Jesús pide silencio sobre su identidad porque su verdadero rostro se revela plenamente en la Cruz y en la Resurrección. Los temas centrales son el Reino de Dios que irrumpe con poder, la autoridad de Jesús sobre el demonio y la enfermedad, y la disciplina costosa del seguimiento. En la historia de la salvación, Marcos cumple las profecías de Isaías: el desierto y la voz que clama en él encuentran en Jesús su plenitud.
Para leerlo hoy de modo orante, conviene recorrerlo como quien camina tras el Maestro: detenerse en cada milagro como signo del amor de Dios, y acoger las preguntas que Jesús dirige a los discípulos como dirigidas a nosotros. La lectura orante nos ayuda a reconocer a Cristo en la debilidad de nuestra fe y a dejarnos transformar por su misericordia. La fe cristiana no es primero una doctrina, sino una persona; por eso Marcos nos introduce de inmediato en el encuentro con Jesús, invitándonos a una conversión que cambia la vida. Al concluir con las apariciones del Resucitado, nos recuerda que la Cruz no es el final, sino la puerta de la esperanza.
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