Marcos

Nuevo Testamento | 16 capítulos | 674 versículos

Mc

Capítulo 4

1 Y otra vez se puso a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar.

2 Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción:

3 «Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar.

4 Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron.

5 Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó en seguida por no tener hondura de tierra;

6 pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó.

7 Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto.

8 Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento.»

9 Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga.»

10 Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le preguntaban sobre las parábolas.

11 El les dijo: «A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas,

12 para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone.»

13 Y les dice: «¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, entonces, comprenderéis todas las parábolas?

14 El sembrador siembra la Palabra.

15 Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos.

16 De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría,

17 pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben en seguida.

18 Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra,

19 pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto.

20 Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento.»

21 Les decía también: «¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero?

22 Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto.

23 Quien tenga oídos para oír, que oiga.»

24 Les decía también: «Atended a lo que escucháis. Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces.

25 Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.»

26 También decía: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra;

27 duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo.

28 La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga.

29 Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega.»

30 Decía también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos?

31 Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra;

32 pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra.»

33 Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle;

34 no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado.

35 Este día, al atardecer, les dice: «Pasemos a la otra orilla.»

36 Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba; e iban otras barcas con él.

37 En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca.

38 El estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?»

39 El, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: «¡Calla, enmudece!» El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza.

40 Y les dijo: «¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?»

41 Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: «Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?»

Reflexión del capítulo 4

El capítulo cuarto reúne las primeras parábolas del Reino, ese modo propio de Jesús de enseñar 'todo en parábolas'. La semilla es la palabra de Dios, y el terreno somos nosotros. El sembrador no escatima la siembra, aunque parte caiga en el camino, entre espinas o sobre roca; lo decisivo es la tierra buena, el corazón que escucha, retiene y da fruto. Marcos anota que a solas Jesús explica a los discípulos el sentido, pues el misterio del Reino se acoge con fe. La lámpara sobre el candelero enseña que la verdad no se oculta; el grano que crece solo recuerda la paciencia de Dios, que obra en lo secreto. La parábola de la mostaza concluye con la imagen del árbol humilde donde anidan las aves: el Reino nace pequeño y se vuelve refugio universal. El capítulo termina con la tormenta calmada, signo de que el Señor duerme en nuestra barca pero jamás abandona; basta su palabra para apaciguar el caos.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Identifica hoy qué 'tipo de terreno' predomina en tu corazón y qué espina o piedra necesitas quitar con la gracia de Dios. Lee una parábola despacio y pregúntate qué fruto concreto el Señor espera de ti esta semana. Antes de dormir, confía a su palabra las tormentas que agitan tu barca, repitiendo: 'Maestro, ¿no te importa que perezca?'

Oración

Señor, que sembraste la palabra en mi vida, arranca de mí la piedra y la espina que ahogan tu semilla. Haz de mi corazón tierra buena que dé fruto abundante, y calma las tormentas que agitan mi barca. Que tu voz apacigüe mi miedo. Amén.

Acerca del libro de Marcos

El Evangelio según san Marcos es, según la tradición unánime de la Iglesia, la predicación del apóstol Pedro puesta por escrito por Juan Marcos, compañero de Pablo y de Pedro. Redactado hacia el año 65-70 d.C., con toda probabilidad en Roma y dirigido a cristianos de origen pagano, es el más breve y el más antiguo de los cuatro evangelios. Marcos escribe con urgencia y movimiento: la palabra 'en seguida' atraviesa sus páginas, revelando un Mesías que no cesa de actuar. Su contexto es el de una comunidad que sufre persecución, quizá bajo Nerón, y que necesita comprender que el camino del discípulo pasa por la Cruz antes que por la gloria.

Literariamente, Marcos se presenta como un relato teológico, no como una biografía. Subraya el 'secreto mesiánico': Jesús pide silencio sobre su identidad porque su verdadero rostro se revela plenamente en la Cruz y en la Resurrección. Los temas centrales son el Reino de Dios que irrumpe con poder, la autoridad de Jesús sobre el demonio y la enfermedad, y la disciplina costosa del seguimiento. En la historia de la salvación, Marcos cumple las profecías de Isaías: el desierto y la voz que clama en él encuentran en Jesús su plenitud.

Para leerlo hoy de modo orante, conviene recorrerlo como quien camina tras el Maestro: detenerse en cada milagro como signo del amor de Dios, y acoger las preguntas que Jesús dirige a los discípulos como dirigidas a nosotros. La lectura orante nos ayuda a reconocer a Cristo en la debilidad de nuestra fe y a dejarnos transformar por su misericordia. La fe cristiana no es primero una doctrina, sino una persona; por eso Marcos nos introduce de inmediato en el encuentro con Jesús, invitándonos a una conversión que cambia la vida. Al concluir con las apariciones del Resucitado, nos recuerda que la Cruz no es el final, sino la puerta de la esperanza.

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