Marcos
Nuevo Testamento | 16 capítulos | 674 versículos
Capítulo 8
1 Por aquellos días, habiendo de nuevo mucha gente y no teniendo qué comer, llama Jesús a sus discípulos y les dice:
2 «Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer.
3 Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos.»
4 Sus discípulos le respondieron: «¿Cómo podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?»
5 El les preguntaba: «¿Cuántos panes tenéis?» Ellos le respondieron: «Siete.»
6 Entonces él mandó a la gente acomodarse sobre la tierra y, tomando los siete panes y dando gracias, los partió e iba dándolos a sus discípulos para que los sirvieran, y ellos los sirvieron a la gente.
7 Tenían también unos pocos pececillos. Y, pronunciando la bendición sobre ellos, mandó que también los sirvieran.
8 Comieron y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes siete espuertas.
9 Fueron unos 4.000; y Jesús los despidió.
10 Subió a continuación a la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanutá.
11 Y salieron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba.
12 Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: «¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará, a esta generación ninguna señal.»
13 Y, dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta.
14 Se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan.
15 El les hacía esta advertencia: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.»
16 Ellos hablaban entre sí que no tenían panes.
17 Dándose cuenta, les dice: «¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada?
18 ¿Teniendo ojos no véis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de
19 cuando partí los cinco panes para los 5.000? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?» «Doce», le dicen.
20 «Y cuando partí los siete entre los 4.000, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?» Le dicen: «Siete.»
21 Y continuó: «¿Aún no entendéis?»
22 Llegan a Betsaida. Le presentan un ciego y le suplican que le toque.
23 Tomando al ciego de la mano, le sacó fuera del pueblo, y habiéndole puesto saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntaba: «¿Ves algo?»
24 El, alzando la vista, dijo: «Veo a los hombres, pues los veo como árboles, pero que andan.»
25 Después, le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía de lejos claramente todas las cosas.
26 Y le envió a su casa, diciéndole: «Ni siquiera entres en el pueblo.»
27 Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?»
28 Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas.»
29 Y él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo.»
30 Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él.
31 Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días.
32 Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle.
33 Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.»
34 Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.
35 Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.
36 Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?
37 Pues ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?
38 Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.»
Reflexión del capítulo 8
Tras la multiplicación de los siete panes para cuatro mil, Jesús advierte contra la levadura de los fariseos y de Herodes: la incredulidad sutil que corrompe. Los discípulos, aún preocupados por el pan material, no entienden; Marcos subraya su lentitud de corazón. La curación del ciego de Betsaida, en dos etapas, ilustra el camino de la fe: primero ve hombrees como árboles que andan, luego distingue claramente. Así ocurre con nosotros: la visión de Cristo se aclara poco a poco. El punto culminante es la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo: 'Tú eres el Cristo'. Pero en seguida Jesús anuncia su pasión, y Pedro lo reprende; recibe la respuesta severa de 'ponte detrás de mí, Satanás', porque piensa lo humano, no lo divino. El discipulado supone negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguirlo. Perder la vida por Cristo es la única forma de ganarla. El Reino exige una conversión radical que pone a Dios por delante de la comodidad.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy acepta una pequeña cruz concreta (una contrariedad, un servicio no pedido) como ocasión de seguir a Cristo, sin rebelarte ni quejarte. Repite con el corazón: 'Tú eres el Cristo', haciendo de esa verdad el centro de tu día. Y cuando note que tu fe aún ve confusa, pide al Señor que persevere hasta ver claro, como el ciego de Betsaida.
Oración
Señor, que abriste los ojos del ciego y revelaste a Pedro tu identidad, ilumina mi fe todavía titubeante. Dame valor para negarme a mí mismo, tomar mi cruz y seguirte cada día, sin poner la mano en el arado y mirar atrás. Que tu luz disipe mi confusión. Amén.
Acerca del libro de Marcos
El Evangelio según san Marcos es, según la tradición unánime de la Iglesia, la predicación del apóstol Pedro puesta por escrito por Juan Marcos, compañero de Pablo y de Pedro. Redactado hacia el año 65-70 d.C., con toda probabilidad en Roma y dirigido a cristianos de origen pagano, es el más breve y el más antiguo de los cuatro evangelios. Marcos escribe con urgencia y movimiento: la palabra 'en seguida' atraviesa sus páginas, revelando un Mesías que no cesa de actuar. Su contexto es el de una comunidad que sufre persecución, quizá bajo Nerón, y que necesita comprender que el camino del discípulo pasa por la Cruz antes que por la gloria.
Literariamente, Marcos se presenta como un relato teológico, no como una biografía. Subraya el 'secreto mesiánico': Jesús pide silencio sobre su identidad porque su verdadero rostro se revela plenamente en la Cruz y en la Resurrección. Los temas centrales son el Reino de Dios que irrumpe con poder, la autoridad de Jesús sobre el demonio y la enfermedad, y la disciplina costosa del seguimiento. En la historia de la salvación, Marcos cumple las profecías de Isaías: el desierto y la voz que clama en él encuentran en Jesús su plenitud.
Para leerlo hoy de modo orante, conviene recorrerlo como quien camina tras el Maestro: detenerse en cada milagro como signo del amor de Dios, y acoger las preguntas que Jesús dirige a los discípulos como dirigidas a nosotros. La lectura orante nos ayuda a reconocer a Cristo en la debilidad de nuestra fe y a dejarnos transformar por su misericordia. La fe cristiana no es primero una doctrina, sino una persona; por eso Marcos nos introduce de inmediato en el encuentro con Jesús, invitándonos a una conversión que cambia la vida. Al concluir con las apariciones del Resucitado, nos recuerda que la Cruz no es el final, sino la puerta de la esperanza.
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