Marcos
Nuevo Testamento | 16 capítulos | 674 versículos
Capítulo 15
1 Pronto, al amanecer, prepararon una reunión los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín y, después de haber atado a Jesús, le llevaron y le entregaron a Pilato.
2 Pilato le preguntaba: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» El le respondió: «Sí, tú lo dices.»
3 Los sumos sacerdotes le acusaban de muchas cosas.
4 Pilato volvió a preguntarle: «¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan.»
5 Pero Jesús no respondió ya nada, de suerte que Pilato estaba sorprendido.
6 Cada Fiesta les concedía la libertad de un preso, el que pidieran.
7 Había uno, llamado Barrabás, que estaba encarcelado con aquellos sediciosos que en el motín habían cometido un asesinato.
8 Subió la gente y se puso a pedir lo que les solía conceder.
9 Pilato les contestó: «¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos?»
10 (Pues se daba cuenta de que los sumos sacerdotes le habían entregado por envidia.)
11 Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente a que dijeran que les soltase más bien a Barrabás.
12 Pero Pilato les decía otra vez: «Y ¿qué voy a hacer con el que llamáis el Rey de los judíos?»
13 La gente volvió a gritar: «¡Crucifícale!»
14 Pilato les decía: «Pero ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaron con más fuerza: «Crucifícale!»
15 Pilato, entonces, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuera crucificado.
16 Los soldados le llevaron dentro del palacio, es decir, al pretorio y llaman a toda la cohorte.
17 Le visten de púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñen.
18 Y se pusieron a saludarle: «¡Salve, Rey de los judíos!»
19 Y le golpeaban en la cabeza con una caña, le escupían y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
20 Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron la púrpura, le pusieron sus ropas y le sacan fuera para crucificarle.
21 Y obligaron a uno que pasaba, a Simón de Cirene, que volvía del campo, el padre de Alejandro y de Rufo, a que llevara su cruz.
22 Le conducen al lugar del Gólgota, que quiere decir: Calvario.
23 Le daban vino con mirra, pero él no lo tomó.
24 Le crucifican y se reparten sus vestidos, echando a suertes a ver qué se llevaba cada uno.
25 Era la hora tercia cuando le crucificaron.
26 Y estaba puesta la inscripción de la causa de su condena: «El Rey de los judíos.»
27 Con él crucificaron a dos salteadores, uno a su derecha y otro a su izquierda.
29 Y los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: «¡Eh, tú!, que destruyes el Santuario y lo levantas en tres días,
30 ¡sálvate a ti mismo bajando de la cruz!»
31 Igualmente los sumos sacerdotes se burlaban entre ellos junto con los escribas diciendo: «A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse.
32 ¡El Cristo, el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.» También le injuriaban los que con él estaban crucificados.
33 Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona.
34 A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: «Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?», - que quiere decir - «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?»
35 Al oír esto algunos de los presentes decían: «Mira, llama a Elías.»
36 Entonces uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber, diciendo: «Dejad, vamos a ver si viene Elías a descolgarle.»
37 Pero Jesús lanzando un fuerte grito, expiró.
38 Y el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo.
39 Al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.»
40 Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de Joset, y Salomé,
41 que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.
42 Y ya al atardecer, como era la Preparación, es decir, la víspera del sábado,
43 vino José de Arimatea, miembro respetable del Consejo, que esperaba también el Reino de Dios, y tuvo la valentía de entrar donde Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús.
44 Se extraño Pilato de que ya estuviese muerto y, llamando al centurión, le preguntó si había muerto hacía tiempo.
45 Informado por el centurión, concedió el cuerpo a José,
46 quien, comprando una sábana, lo descolgó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro que estaba excavado en roca; luego, hizo rodar una piedra sobre la entrada del sepulcro.
47 María Magdalena y María la de Joset se fijaban dónde era puesto.
Reflexión del capítulo 15
Ante Pilato, Jesús es acusado como rey de los judíos; su silencio regio contrasta con la agitación de la multitud, que pide la libertad de Barrabás y la cruz para el Justo. La flagelación y la coronación de espinas revelan la burla del poder contra la realeza verdadera. Camino del Calvario, Simón de Cirene es obligado a llevar la cruz, figura de todo creyente llamado a compartir el peso de Cristo. En la cruz, entre dos ladrones, Jesús experimenta el abandono: 'Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?'. A las tres de la tarde entrega su espíritu, y el velo del templo se rasga de arriba abajo: el acceso a Dios queda abierto para siempre. El centurión confiesa 'verdaderamente este hombre era Hijo de Dios'. José de Arimatea pide el cuerpo y lo deposita en un sepulcro nuevo. La obra de la redención se consuma en el don total de sí.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy acepta con amor una carga pesada (física, emocional o de servicio) como tu 'Cirene' cotidiano, ofreciéndola unida a la cruz de Cristo. Agradece el velo rasgado: acércate a Dios con confianza, sin miedo ni ceremonial, pues su misericordia está al alcance de todos. Y consuela a alguien que hoy lleva su propia cruz en silencio, compartiendo su peso con ternura.
Oración
Cristo crucificado, que en la cruz nos abriste el acceso al Padre, recibe mi vida y mis cargas. Hazme capaz de amar hasta el fin y de dar fruto en el sufrimiento, unido a tu cruz. Que tu misericordia me alcance en la hora de la prueba. Amén.
Acerca del libro de Marcos
El Evangelio según san Marcos es, según la tradición unánime de la Iglesia, la predicación del apóstol Pedro puesta por escrito por Juan Marcos, compañero de Pablo y de Pedro. Redactado hacia el año 65-70 d.C., con toda probabilidad en Roma y dirigido a cristianos de origen pagano, es el más breve y el más antiguo de los cuatro evangelios. Marcos escribe con urgencia y movimiento: la palabra 'en seguida' atraviesa sus páginas, revelando un Mesías que no cesa de actuar. Su contexto es el de una comunidad que sufre persecución, quizá bajo Nerón, y que necesita comprender que el camino del discípulo pasa por la Cruz antes que por la gloria.
Literariamente, Marcos se presenta como un relato teológico, no como una biografía. Subraya el 'secreto mesiánico': Jesús pide silencio sobre su identidad porque su verdadero rostro se revela plenamente en la Cruz y en la Resurrección. Los temas centrales son el Reino de Dios que irrumpe con poder, la autoridad de Jesús sobre el demonio y la enfermedad, y la disciplina costosa del seguimiento. En la historia de la salvación, Marcos cumple las profecías de Isaías: el desierto y la voz que clama en él encuentran en Jesús su plenitud.
Para leerlo hoy de modo orante, conviene recorrerlo como quien camina tras el Maestro: detenerse en cada milagro como signo del amor de Dios, y acoger las preguntas que Jesús dirige a los discípulos como dirigidas a nosotros. La lectura orante nos ayuda a reconocer a Cristo en la debilidad de nuestra fe y a dejarnos transformar por su misericordia. La fe cristiana no es primero una doctrina, sino una persona; por eso Marcos nos introduce de inmediato en el encuentro con Jesús, invitándonos a una conversión que cambia la vida. Al concluir con las apariciones del Resucitado, nos recuerda que la Cruz no es el final, sino la puerta de la esperanza.
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