Judit
Antiguo Testamento | 16 capítulos | 340 versículos
Capítulo 1
1 El año doce del reinado de Nabucodonosor, que reinó sobre los asirios en la gran ciudad de Nínive, Arfaxad, que reinaba en aquel tiempo sobre los medos, en Ecbátana,
2 rodeó esta ciudad con un muro de piedras de sillería que tenían tres codos de anchura y seis codos de longitud, dando al muro una altura de setenta codos y una anchura de cincuenta.
3 Alzó torres de cien codos junto a las puertas, siendo la anchura de sus cimientos sesenta codos.
4 Las puertas se elevaban a setenta codos de altura, con una anchura de cuarenta codos, para permitir la salida de sus fuerzas y el desfile ordenado de la infantería.
5 Por aquellos días, el rey Nabucodonosor libró batallas contra el rey Arfaxad, en la gran llanura que está en el territorio de Ragáu.
6 Se le unieron todos los habitantes de las montañas, todos los habitantes de Eufrates, del Tigris y del Hidaspes y los de la llanura de Arioj, rey de Elam. Se congregaron, pues, muchos pueblos, para combatir a los hijos de Jeleúd.
7 Envió, además, Nabucodonosor, rey de Asiria, mensajeros a todos los habitantes de Persia, y a todos los habitantes de Occidente: a los de Cilicia, Damasco, el Líbano y el Antilíbano, y a todos los que viven en el litoral,
8 a todos los pueblos del Carmelo y Galaad, de la Galilea superior y de la gran llanura de Esdrelón,
9 a todos los de Samaría y sus ciudades, y a los del otro lado del Jordán, hasta Jerusalén, Batanea, Jelús, Cadés, el río de Egipto, Tafnes, Remeses y toda la tierra de Gósem,
10 y hasta más arriba de Tanis y Menfis, a todos los habitantes de Egipto, hasta los confines de Etiopía.
11 Pero los moradores de toda aquella tierra despreciaron el mensaje de Nabucodonosor, rey de los asirios, y no quisieron ir con él a la guerra, pues no le temían, sino que le consideraban un hombre sin apoyo. Así que despidieron a los mensajeros de vacío y afrentados.
12 Nabucodonosor experimentó una gran cólera contra toda aquella tierra y juró por su trono y por su reino que tomaría venganza y pasaría a cuchillo todo el territorio de Cilicia, Damasco y Siria, y a todos los habitantes de Moab, a los ammonitas, a toda la Judea y a todos los de Egipto, hasta los confines de los dos mares.
13 El año diecisiete libró batalla con su ejército contra el rey Arfaxad; le derrotó en el combate, poniendo en fuga a todas las fuerzas de Arfaxad, a toda su caballería y a todos sus carros;
14 se apoderó de sus ciudades, llegó hasta Ecbátana, ocupó sus torres, devastó sus calles y convirtió en afrenta su hermosura.
15 Alcanzó a Arfaxad en las montañas de Ragáu, lo atravesó con sus lanzas y le destruyó para siempre.
16 Luego regresó con sus soldados y con una inmensa multitud de gente armada que se les había agregado. Y se quedó allí con su ejército, viviendo en la molicie, durante 120 días.
Reflexión del capítulo 1
El libro se abre con un cuadro de poderío y de guerra. Nabucodonosor, rey de Asiria, que reina en Nínive, se enfrenta a Arfaxad, rey de los medos, que ha fortificado Ecbátana con muros colosales y torres de cien codos. El narrador describe con detalle esas defensas, subrayando la magnitud de los ejércitos y de las ambiciones humanas.
Nabucodonosor no solo combate: convoca a todos los pueblos de occidente —Persia, Cilicia, Damasco, el Líbano, Galilea, Samaría, Egipto— para que se unan a su campaña. Pero aquellos pueblos desprecian su mensaje y despiden a los mensajeros con las manos vacías, porque no le temían y lo consideraban «un hombre sin apoyo». Entonces el rey estalla en cólera y jura venganza contra toda aquella tierra.
El capítulo termina con su victoria sobre Arfaxad y con un detalle significativo: tras la guerra, el rey se queda con su ejército «viviendo en la molicie» durante ciento veinte días. La soberbia humana parece triunfar. Este inicio prepara el gran contraste del libro: frente al poder de los imperios, la fuerza escondida de una mujer que confía en Dios. El mundo se mueve por la ambición; la salvación vendrá por otro camino.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
El capítulo nos muestra cómo los poderosos miden su valor por la fuerza y la venganza. Hoy examina tus propias «cóleras»: ¿guardas rencor por un desprecio recibido?, ¿necesitas imponerte para sentirte valioso? Elige una situación donde hayas reaccionado con dureza y da un paso hacia la mansedumbre, recordando que la verdadera grandeza no se construye con amenazas. Pide a Dios un corazón grande, capaz de perdonar sin necesidad de vencer.
Oración
Señor, que derribas a los soberbios y levantas a los humildes: líbrame del afán de imponer mi voluntad. Sana mi necesidad de venganza y enséñame a confiar en tu justicia, que no se apoya en la fuerza de los hombres. Amén.
Acerca del libro de Judit
El libro de Judit, escrito originariamente en griego y recibido por la Iglesia católica como parte del Antiguo Testamento, narra cómo una viuda piadosa de Betulia salva a su pueblo de la amenaza del ejército asirio de Nabucodonosor y de su general Holofernes. Su ambientación histórica presenta anacronismos deliberados —Nabucodonosor es llamado rey de los asirios en Nínive—, lo que indica que no es una crónica sino un relato edificante, una parábola teológica sobre la acción salvadora de Dios.
La figura central es Judit, cuyo nombre significa «la judía»: bella, rica y viuda, pero sobre todo «con un gran temor de Dios». Su historia es un relato de fe, valentía y confianza en el Señor en medio de la angustia extrema. Cuando la ciudad sitiada se muere de sed y sus jefes se comprometen a entregarla en cinco días, Judit se levanta para recordarles que no se pone a prueba a Dios, y se ofrece como instrumento para librar a su pueblo.
Los temas centrales son la defensa de los humildes por parte de Dios, la fuerza de la oración, la castidad y la fidelidad a la Ley, el contraste entre la soberbia de los poderosos y la confianza de los pequeños, y la salvación que Dios realiza «por mano de mujer».
Para la fe católica, Judit es figura de María: el libro la llama «bendita entre las mujeres» y la alaba como la que salvó a Israel. La Iglesia la lee como signo de la victoria de la humildad sobre la soberbia y de la fidelidad de Dios a su alianza.
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