Judit

Antiguo Testamento | 16 capítulos | 340 versículos

Jdt

Capítulo 16

1 ¡Alabad a mi Dios con tamboriles, elevad cantos al Señor con címbalos, ofrecedle los acordes de un salmo de alabanza, ensalzad e invocad su Nombre!

2 Porque el Señor es un Dios quebrantador de guerras, porque en sus campos, en medio de su pueblo me arrancó de la mano de mis perseguidores.

3 Vinieron los asirios de los montes del norte, vinieron con tropa innumerable; su muchedumbre obstruía los torrentes, y sus caballos cubrían las colinas.

4 Hablaba de incendiar mis tierras, de pasar mis jóvenes a espada, de estrellar contra el suelo a los lactantes, de entregar como botín a mis niños y de dar como presa a mi doncellas.

5 El Señor Omnipotente por mano de mujer los anuló.

6 Que no fue derribado su caudillo por jóvenes guerreros, ni le hirieron hijos de Titanes, ni altivos gigantes le vencieron; le subyugó Judit, hija de Merarí, con sólo la hermosura de su rostro.

7 Se despojó de sus vestidos de viudez, para exaltar a los afligidos de Israel; ungió su rostro de perfumes,

8 prendió con una cinta sus cabellos, ropa de lino vistió para seducirle.

9 La sandalia de ella le robó los ojos, su belleza cautivóle el alma ¡y la cimitarra atravesó su cuello!

10 Se estremecieron los persas por su audacia, se turbaron los medos por su temeridad.

11 Entonces clamaron mis humildes, y ellos temieron; clamaron mis débiles y ellos quedaron aterrados; alzaron su voz éstos, y ellos se dieron a la fuga.

12 Hijos de jovenzuelas los asaetearon, como a hijos de desertores los hirieron, perdieron en la batalla contra mi Señor.

13 Cantaré a mi Dios un cantar nuevo: «¡Tú eres grande, Señor, eres glorioso, admirable en poder e insuperable!»

14 Sírvante a ti las criaturas todas, pues hablaste tú y fueron hechas, enviaste tu espíritu y las hizo, y nadie puede resitir tu voz.

15 Pues los montes, desde sus cimientos, serán sacudidos con las aguas; las rocas en tu presencia se fundirán como cera; pero con aquellos que te temen, te muestras tú siempre propicio.

16 Porque es muy poca cosa todo sacrificio de calmante aroma, y apenas es nada la grasa para serte ofrecida en holocausto. Mas quien teme al Señor será grande para siempre.

17 ¡Ay de las naciones que se alzan contra mi raza! El Señor Omnipotente les dará el castigo en el día del juicio. Entregará sus cuerpos al fuego y a los gusanos, y gemirán en dolor eternamente.

18 Cuando llegaron a Jerusalén, adoraron a Dios, y una vez purificado el pueblo, ofrecieron sus holocaustos, sus ofrendas voluntarias y sus regalos.

19 Judit ofreció todo el mobiliario de Holofernes, que el pueblo le había concedido, y entregó a Dios en anatema las colgaduras que ella misma había tomado del dormitorio de Holofernes.

20 Durante tres meses permaneció el pueblo en Jerusalén, celebrando festejos delante de santuario. También Judit estaba presente.

21 Pasados aquellos días, se volvió cada uno a su heredad. Judit regresó a Betulia, donde vivió disfrutando de su hacienda; fue en su tiempo muy famosa en toda aquella tierra.

22 Muchos la pretendieron, pero ella no tuvo relaciones con ningún hombre en toda su vida, desde que su marido Manasés murió y fue a reunirse con su pueblo.

23 Vivió hasta la avanzada edad de 105 años, transcurriendo su ancianidad en casa de su marido. A su sierva le concedió la libertad. Murió en Betulia y fue sepultada en la caverna de su marido Manasés.

24 La casa de Israel la lloró durante siete días. Antes de morir, distribuyó su hacienda entre los parientes de su marido Manasés y entre sus propios parientes.

25 Nadie ya atemorizó a los israelitas mientras vivió Judit, ni en mucho tiempo después de su muerte.

Reflexión del capítulo 16

El libro termina con el cántico de Judit, un himno de acción de gracias que pone música a toda la historia. «Alabad a mi Dios con tamboriles, elevad cantos al Señor con címbalos», canta, porque el Señor es «un Dios quebrantador de guerras». El himno recuerda la amenaza: los asirios vinieron de los montes del norte, con la intención de incendiar la tierra, matar a los jóvenes y entregar a los niños como botín. Y proclama la respuesta de Dios: «El Señor Omnipotente por mano de mujer los anuló».

El cántico subraya que la victoria no fue obra de guerreros ni de gigantes, sino de Judit, hija de Merarí, con la hermosura de su rostro. Frente a la fuerza, la humildad; frente al orgullo, la confianza. Y eleva una alabanza cósmica: «Tú eres grande, Señor, eres glorioso, admirable en poder e insuperable»; las criaturas te sirven, los montes se sacuden, las rocas se funden como cera, y quien teme al Señor será grande para siempre.

La conclusión narra el final de Judit: vuelve a Betulia, vive de su hacienda, es famosa en toda la tierra, rechaza nuevas nupcias, alcanza los ciento cinco años, da la libertad a su sierva y reparte sus bienes antes de morir. Israel la llora siete días, y el libro cierra con una frase que resume su legado: «Nadie ya atemorizó a los israelitas mientras vivió Judit, ni en mucho tiempo después de su muerte».

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

El cántico de Judit nos enseña a celebrar y agradecer en comunidad. Hoy reúne a los tuyos —familia, amigos, comunidad— para dar gracias a Dios por algo bueno que hayáis vivido, aunque sea pequeño. Canta, reza o comparte un momento de alegría, reconociendo que todo bien viene de Dios. Y guarda memoria de sus intervenciones en tu vida, para no olvidarlas en los días difíciles.

Oración

Señor, quebrantador de guerras y defensor de los humildes: te alabo con todo mi corazón. Gracias por las victorias que concedes a los pequeños y por tu fidelidad de generación en generación. Que nunca olvide tus maravillas. Amén.

Acerca del libro de Judit

El libro de Judit, escrito originariamente en griego y recibido por la Iglesia católica como parte del Antiguo Testamento, narra cómo una viuda piadosa de Betulia salva a su pueblo de la amenaza del ejército asirio de Nabucodonosor y de su general Holofernes. Su ambientación histórica presenta anacronismos deliberados —Nabucodonosor es llamado rey de los asirios en Nínive—, lo que indica que no es una crónica sino un relato edificante, una parábola teológica sobre la acción salvadora de Dios.

La figura central es Judit, cuyo nombre significa «la judía»: bella, rica y viuda, pero sobre todo «con un gran temor de Dios». Su historia es un relato de fe, valentía y confianza en el Señor en medio de la angustia extrema. Cuando la ciudad sitiada se muere de sed y sus jefes se comprometen a entregarla en cinco días, Judit se levanta para recordarles que no se pone a prueba a Dios, y se ofrece como instrumento para librar a su pueblo.

Los temas centrales son la defensa de los humildes por parte de Dios, la fuerza de la oración, la castidad y la fidelidad a la Ley, el contraste entre la soberbia de los poderosos y la confianza de los pequeños, y la salvación que Dios realiza «por mano de mujer».

Para la fe católica, Judit es figura de María: el libro la llama «bendita entre las mujeres» y la alaba como la que salvó a Israel. La Iglesia la lee como signo de la victoria de la humildad sobre la soberbia y de la fidelidad de Dios a su alianza.

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