Judit
Antiguo Testamento | 16 capítulos | 340 versículos
Capítulo 4
1 Los israelitas que habitaban en Judea oyeron todo cuanto Holofernes, jefe supremo del ejército de Nabucodonosor, rey de Asiria, había hecho con todas las naciones: cómo había saqueado sus templos y los había destruido,
2 y tuvieron gran miedo ante él, temblando por la suerte de Jerusalén y por el Templo del Señor su Dios,
3 pues hacía poco que habían vuelto del destierro y apenas si acababa de reunirse el pueblo de Judea y de ser consagrados el mobiliario, el altar y el Templo profanados.
4 Pusieron, pues, sobre aviso a toda la región de Samaría, a Koná, Bet Jorón, Belmáin, Jericó, y también Joba, Esorá y el valle de Salem,
5 y ocuparon con tiempo todas las alturas de las montañas más elevadas, fortificaron los poblados que había en ellas e hicieron provisiones con vistas a la guerra, pues tenían reciente la cosecha de los campos.
6 El sumo sacerdote Yoyaquim, que estaba entonces en Jerusalén, escribió a los habitantes de Betulia y Betomestáin, que está frente a Esdrelón, a la entrada de la llanura cercana a Dotán,
7 ordenándoles que tomaran posiciones en las subidas de la montaña que dan acceso a Judea, pues era fácil detener allí a los atacantes por la angostura del paso que sólo permite avanzar dos hombres de frente.
8 Los israelitas cumplieron la orden del sumo sacerdote Yoyaquim y del Consejo de Ancianos de todo el pueblo de Israel que se encontraba en Jerusalén.
9 Todos los hombres de Israel clamaron a Dios con gran fervor, y con gran fervor se humillaron;
10 y ellos, sus mujeres, sus hijos y sus ganados, los forasteros residentes, los jornaleros y los esclavos, se ciñeron de sayal.
11 Todos los hombres, mujeres y niños de Israel que habitaban en Jerusalén se postraron ante el Templo, cubrieron de ceniza sus cabezas y extendieron las manos ante el Señor.
12 Cubrieron el altar de saco y clamaron insistentemente, todos a una, al Dios de Israel, para que no entregase sus hijos al saqueo, sus mujeres al pillaje, las ciudades de su herencia a la destrucción y las cosas santas a la profanación y al ludibrio, para mofa de los gentiles.
13 El Señor oyó su voz y vio su angustia. El pueblo ayunó largos días en toda Judea y en Jerusalén, ante el santuario del Señor Omnipotente.
14 El sumo sacerdote Yoyaquim y todos los que estaban delante del Señor, sacerdotes y ministros del Señor, ceñidos de sayal, ofrecían el holocausto perpetuo, las oraciones y las ofrendas voluntarias del pueblo,
15 y con la tiara cubierta de ceniza clamaban al Señor con todas sus fuerzas para que velara benignamente por toda la casa de Israel.
Reflexión del capítulo 4
El capítulo cuarto cambia de escenario y nos lleva a Judea. Los israelitas oyen lo que Holofernes ha hecho con las naciones —saquear y destruir sus templos— y sienten un gran miedo, temblando por Jerusalén y por el Templo del Señor. El narrador recuerda que hacía poco habían vuelto del destierro y apenas se habían reconstituido el altar y el Templo profanados: la herida de la historia reciente hacía más dolorosa la nueva amenaza.
Su respuesta no es solo militar. Fortifican las alturas, ocupan los pasos estrechos de la montaña, hacen provisiones, y el sumo sacerdote Yoyaquim escribe a Betulia y Betomestáin ordenando defender los accesos. Pero lo decisivo es lo que hacen con el corazón: «Todos los hombres de Israel clamaron a Dios con gran fervor, y con gran fervor se humillaron». Se ciñen de sayal, cubren de ceniza sus cabezas, extienden las manos ante el Señor.
Los sacerdotes, con la tiara cubierta de ceniza, ofrecen el holocausto perpetuo y claman para que Dios no entregue a sus hijos al saqueo ni permita que las cosas santas sean profanadas. Y el texto añade algo consolador: «El Señor oyó su voz y vio su angustia». Antes de cualquier batalla, la comunidad se pone en manos de Dios.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Cuando llega la dificultad, la primera reacción suele ser la ansiedad o la queja. Este capítulo propone otra: la humildad y la oración comunitaria. Hoy, ante un problema que te supera, reza antes de actuar. Y si puedes, hazlo con otros: una oración en familia, una Misa, un rosario compartido. Reconocer que necesitas a Dios no es debilidad, es sabiduría.
Oración
Señor, que oyes el clamor de tu pueblo: enséñame a humillarme ante ti cuando llega la prueba. Que mi primera respuesta no sea la angustia, sino la oración confiada, sabiendo que tú ves mi angustia y escuchas mi voz. Amén.
Acerca del libro de Judit
El libro de Judit, escrito originariamente en griego y recibido por la Iglesia católica como parte del Antiguo Testamento, narra cómo una viuda piadosa de Betulia salva a su pueblo de la amenaza del ejército asirio de Nabucodonosor y de su general Holofernes. Su ambientación histórica presenta anacronismos deliberados —Nabucodonosor es llamado rey de los asirios en Nínive—, lo que indica que no es una crónica sino un relato edificante, una parábola teológica sobre la acción salvadora de Dios.
La figura central es Judit, cuyo nombre significa «la judía»: bella, rica y viuda, pero sobre todo «con un gran temor de Dios». Su historia es un relato de fe, valentía y confianza en el Señor en medio de la angustia extrema. Cuando la ciudad sitiada se muere de sed y sus jefes se comprometen a entregarla en cinco días, Judit se levanta para recordarles que no se pone a prueba a Dios, y se ofrece como instrumento para librar a su pueblo.
Los temas centrales son la defensa de los humildes por parte de Dios, la fuerza de la oración, la castidad y la fidelidad a la Ley, el contraste entre la soberbia de los poderosos y la confianza de los pequeños, y la salvación que Dios realiza «por mano de mujer».
Para la fe católica, Judit es figura de María: el libro la llama «bendita entre las mujeres» y la alaba como la que salvó a Israel. La Iglesia la lee como signo de la victoria de la humildad sobre la soberbia y de la fidelidad de Dios a su alianza.
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