Judit
Antiguo Testamento | 16 capítulos | 340 versículos
Capítulo 15
1 Al oírlo los del campamento, quedaron estupefactos;
2 fueron presa de terror pánico y nadie ya fue capaz de mantenerse al lado de sus compañeros: huyeron todos a la desbandada, por todos los caminos, por la llanura y la montaña.
3 También los que estaban acampados en la altura, sitiando a Betulia, se dieron a la fuga; entonces, todos los hombres de guerra de Israel cayeron sobre ellos.
4 Ozías mandó aviso a Betomestáin, a Bebé, Jobá y Kolá, y a toda la montaña de Israel, dando noticia de cuanto había pasado, para que todos se arrojaran sobre los enemigos y los exterminaran.
5 Cuando los israelitas lo supieron, todos, como un solo hombre, se lanzaron sobre los asirios y los batieron hasta Jobá. También acudieron los de Jerusalén y los de la montaña, porque también a ellos se les dio noticia de lo sucedido en el campo enemigo; de igual modo, los de Galaad y Galilea, atacándoles de flanco, les hicieron enorme estrago hasta que pudieron refugiarse en Damasco y su región.
6 En cuanto a los demás habitantes de Betulia, cayeron sobre el campamento asirio, le saquearon y obtuvieron grandes riquezas.
7 Los israelitas, de vuelta de la matanza, se hicieron dueños del resto; también los de las aldeas y granjas de la montaña y del llano obtuvieron gran botín, porque había una abundancia incalculable.
8 El sumo sacerdote Yoyaquim, con el Consejo de Ancianos de Israel y los habitantes de Jerusalén, vinieron a contemplar los bienes que el Señor había hecho a Israel, y a ver y saludar a Judit.
9 En llegando a su presencia, todos a una voz la bendijeron diciendo: «Tú eres la exaltación de Jerusalén, tú el gran orgullo de Israel, tú la suprema gloria de nuestra raza.
10 Al hacer todo esto por tu mano has procurado la dicha de Israel y Dios se ha complacido en lo que has hecho. Bendita seas del Señor Omnipotente por siglos infinitos.» Y todo el pueblo respondió: «¡Amén!»
11 Todo el pueblo estuvo recogiendo botín del campamento durante treinta días; dieron a Judit la tienda de Holofernes, con toda su vajilla de plata, sus divanes, sus vasijas y todo su mobiliario. Ella lo tomó y lo cargó sobre su mula, preparó sus carros y los amontonó todo encima.
12 Todas las mujeres de Israel acudieron para verla y la bendecían danzando en coro. Judit tomaba tirsos con la mano y los distribuía entre las mujeres que estaban a su lado.
13 Ellas y sus acompañantes se coronaron con coronas de olivo; después, dirigiendo el coro de las mujeres, se puso danzando a la cabeza de todo el pueblo. La seguían los hombres de Israel, armados de sus armas, llevando coronas y cantando himnos.
14 Judit entonó, en medio de todo Israel, este himno de acción de gracias y todo el pueblo repetía sus alabanzas:
Reflexión del capítulo 15
El capítulo decimoquinto narra la desbandada del ejército asirio y la celebración de la victoria. Al oír lo ocurrido, los soldados quedan estupefactos, presa de terror, y huyen por todos los caminos, por la llanura y la montaña. Los israelitas caen sobre ellos y los persiguen; la noticia corre por Betomestáin, Jobá y toda la montaña, y también acuden los de Jerusalén, Galaad y Galilea. El campamento enemigo es saqueado y se obtiene un botín incalculable.
El sumo sacerdote Yoyaquim, con el Consejo de Ancianos de Israel, viene a ver y saludar a Judit. Las palabras que le dirigen son de una solemnidad memorable: «Tú eres la exaltación de Jerusalén, tú el gran orgullo de Israel, tú la suprema gloria de nuestra raza». Y reconocen que ha procurado la dicha de Israel y que Dios se ha complacido en lo que ha hecho. La victoria no se atribuye a la fuerza militar, sino a la intervención de Dios por medio de una mujer.
La celebración es gozosa y comunitaria: durante treinta días el pueblo recoge el botín; Judit recibe la tienda de Holofernes con todos sus bienes; las mujeres acuden a verla y la bendicen danzando, con coronas de olivo, y ella encabeza el coro mientras los hombres la siguen armados y cantando himnos. Todo el pueblo, con su sumo sacerdote a la cabeza, reconoce en Judit el instrumento de la salvación de Dios.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
La victoria de Judit es de todos, pero ella recibe el reconocimiento. Hoy aprende a agradecer públicamente a quienes Dios usa para ayudarte: un padre, un maestro, un amigo, un voluntario. Dedica un mensaje o una palabra sincera a alguien que te haya sostenido, y hazlo sin envidia, alegrándote de su bien como si fuera el tuyo. La gratitud sincera ensancha el corazón y lo libra de la envidia.
Oración
Señor, que salvas a tu pueblo por caminos inesperados: enséñame a reconocer tu mano en quienes me ayudan. Dame un corazón agradecido y sin envidia, capaz de alegrarme del bien ajeno y de celebrar juntos tus maravillas. Amén.
Acerca del libro de Judit
El libro de Judit, escrito originariamente en griego y recibido por la Iglesia católica como parte del Antiguo Testamento, narra cómo una viuda piadosa de Betulia salva a su pueblo de la amenaza del ejército asirio de Nabucodonosor y de su general Holofernes. Su ambientación histórica presenta anacronismos deliberados —Nabucodonosor es llamado rey de los asirios en Nínive—, lo que indica que no es una crónica sino un relato edificante, una parábola teológica sobre la acción salvadora de Dios.
La figura central es Judit, cuyo nombre significa «la judía»: bella, rica y viuda, pero sobre todo «con un gran temor de Dios». Su historia es un relato de fe, valentía y confianza en el Señor en medio de la angustia extrema. Cuando la ciudad sitiada se muere de sed y sus jefes se comprometen a entregarla en cinco días, Judit se levanta para recordarles que no se pone a prueba a Dios, y se ofrece como instrumento para librar a su pueblo.
Los temas centrales son la defensa de los humildes por parte de Dios, la fuerza de la oración, la castidad y la fidelidad a la Ley, el contraste entre la soberbia de los poderosos y la confianza de los pequeños, y la salvación que Dios realiza «por mano de mujer».
Para la fe católica, Judit es figura de María: el libro la llama «bendita entre las mujeres» y la alaba como la que salvó a Israel. La Iglesia la lee como signo de la victoria de la humildad sobre la soberbia y de la fidelidad de Dios a su alianza.
Compartir
Enlace copiado