Hebreos

Nuevo Testamento | 13 capítulos | 303 versículos

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Capítulo 10 de 13

Capítulo 10

1 No conteniendo, en efecto, la Ley más que una sombra de los bienes futuros, no la realidad de las cosas, no puede nunca, mediante unos mismos sacrificios que se ofrecen sin cesar año tras año, dar la perfección a los que se acercan.

2 De otro modo, ¿no habrían cesado de ofrecerlos, al no tener ya conciencia de pecado los que ofrecen ese culto, una vez purificados?

3 Al contrario, con ellos se renueva cada año el recuerdo de los pecados,

4 pues es imposible que sangre de toros y machos cabríos borre pecados.

5 Por eso, al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo.

6 Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron.

7 Entonces dije: ¡He aquí que vengo - pues de mí está escrito en el rollo del libro - a hacer, oh Dios, tu voluntad!

8 Dice primero: Sacrificios y oblaciones y holocaustos y sacrificios por el pecado no los quisiste ni te agradaron - cosas todas ofrecidas conforme a la Ley -

9 entonces - añade -: He aquí que vengo a hacer tu voluntad. Abroga lo primero para establecer el segundo.

10 Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo.

11 Y, ciertamente, todo sacerdote está en pie, día tras día, oficiando y ofreciendo reiteradamente los mismos sacrificios, que nunca pueden borrar pecados.

12 El, por el contrario, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para siempre,

13 esperando desde entonces hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies.

14 En efecto, mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados.

15 También el Espíritu Santo nos da testimonio de ello. Porque, después de haber dicho:

16 Esta es la Alianza que pactaré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, y en su mente las grabaré,

17 añade: Y de sus pecados e iniquidades no me acordaré ya.

18 Ahora bien, donde hay remisión de estas cosas, ya no hay más oblación por el pecado.

19 Teniendo, pues, hermanos, plena seguridad para entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús,

20 por este camino nuevo y vivo, inaugurado por él para nosotros, a través del velo, es decir, de su propia carne,

21 y con un Sumo Sacerdote al frente de la casa de Dios,

22 acerquémonos con sincero corazón , en plenitud de fe, purificados los corazones de conciencia mala y lavados los cuerpos con agua pura.

23 Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la Promesa.

24 Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras,

25 sin abandonar vuestra propia asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animándoos: tanto más, cuanto que veis que se acerca ya el Día.

26 Porque si voluntariamente pecamos después de haber recibido el pleno conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio por los pecados,

27 sino la terrible espera del juicio y la furia del fuego pronto a devorar a los rebeldes.

28 Si alguno viola la Ley de Moisés es condenado a muerte sin compasión, por la declaración de dos o tres testigos.

29 ¿Cuánto más grave castigo pensáis que merecerá el que pisoteó al Hijo de Dios, y tuvo como profana la sangre de la Alianza que le santificó, y ultrajó al Espíritu de la gracia?

30 Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza; yo daré lo merecido. Y también: El Señor juzgará a su pueblo.

31 ¡Es tremendo caer en la manos de Dios vivo!

32 Traed a la memoria los días pasados, en que después de ser iluminados, hubisteis de soportar un duro y doloroso combate,

33 unas veces expuestos públicamente a ultrajes y tribulaciones; otras, haciéndoos solidarios de los que así eran tratados.

34 Pues compartisteis los sufrimientos de los encarcelados; y os dejasteis despojar con alegría de vuestros bienes, conscientes de que poseíais una riqueza mejor y más duradera.

35 No perdáis ahora vuestra confianza, que lleva consigo una gran recompensa.

36 Necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios y conseguir así lo prometido.

37 Pues todavía un poco, muy poco tiempo; y el que ha de venir vendrá sin tardanza.

38 Mi justo vivirá por la fe; mas si es cobarde, mi alma no se complacerá en él.

39 Pero nosotros no somos cobardes para perdición, sino creyentes para salvación del alma.

Reflexión del capítulo 10

El capítulo 10 insiste en lo mismo desde otro ángulo: la Ley no contiene más que «una sombra de los bienes futuros», y por eso sus sacrificios repetidos no pueden dar la perfección. Si la dieran, habrían cesado; al contrario, cada año renuevan el recuerdo de los pecados. Y la razón es tajante: es imposible que la sangre de toros y machos cabríos borre el pecado.

Frente a eso, el autor pone en labios de Cristo, al entrar en el mundo, las palabras del salmo: «Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo... He aquí que vengo a hacer tu voluntad». La obediencia de Jesús sustituye a todos los holocaustos. Por eso el sacerdote antiguo permanece de pie, ofreciendo sin cesar, mientras que Cristo, después de ofrecer un solo sacrificio, «se sentó a la diestra de Dios». Sentarse es la señal de la obra consumada.

De ahí brota la exhortación más cálida de la carta: tenemos plena seguridad para entrar en el santuario por un camino nuevo y vivo, inaugurado por él a través del velo de su carne. Acercarnos, mantener firme la esperanza y no abandonar la asamblea, animándonos unos a otros «cuanto más que veis que se acerca ya el Día».

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Esta semana, en lugar de rezar solo, busca a alguien con quien compartir la fe: participa en un grupo parroquial, un rosario en familia, una adoración comunitaria. La carta es explícita: no abandonemos nuestra propia asamblea. Y si has dejado de ir a misa, vuelve este domingo; el Día se acerca, y el camino hacia el santuario está abierto para ti.

Oración

Padre, tú no quisiste sacrificios ni oblaciones, sino un corazón obediente. Úneme al único sacrificio de tu Hijo y dame perseverancia para no abandonar la asamblea de los creyentes, sino animarlos hasta el fin. Amén.

Acerca del libro de Hebreos

La carta a los Hebreos es uno de los escritos más densos y hermosos del Nuevo Testamento. No lleva el nombre de su autor, y ya en la antigüedad se discutió quién la escribió: Orígenes llegó a decir que solo Dios lo sabía. La tradición la ha vinculado a san Pablo, y la Iglesia la ha conservado en el canon como palabra inspirada. Su forma literaria no es exactamente una carta, sino una homilía —el propio autor la llama «palabra de exhortación»— dirigida a cristianos de origen judío que, cansados y perseguidos, estaban tentados de volver atrás.

El problema que afronta es la tentación de la apostasía. Para responderla, el autor desarrolla una comparación sostenida: Cristo es superior a los ángeles, a Moisés, a Aarón y a todo el sacerdocio levítico. No se trata de despreciar el Antiguo Testamento, sino de mostrar que en Jesús las promesas han alcanzado su cumplimiento. Los sacrificios antiguos debían repetirse porque no podían quitar el pecado; el de Cristo, ofrecido una vez para siempre, sí. Por eso habla de una esperanza mejor, una alianza mejor, promesas mejores.

Su página más conocida es el capítulo 11, el gran catálogo de la fe, que recorre la historia de los creyentes desde Abel hasta los macabeos. La conclusión es práctica: si semejante nube de testigos nos rodea, corramos con perseverancia la carrera que se nos propone, fijos los ojos en Jesús.

Para la fe católica, Hebreos fundamenta la doctrina del sacerdocio de Cristo y de la Eucaristía como sacrificio de la nueva alianza, y sostiene la liturgia de la Iglesia con sus palabras sobre el trono de gracia y el acceso confiado a Dios.

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