Hebreos

Nuevo Testamento | 13 capítulos | 303 versículos

Heb

Capítulo 6

1 Por eso, dejando aparte la enseñanza elemental acerca de Cristo, elevémonos a lo perfecto, sin reiterar los temas fundamentales del arrepentimiento de las obras muertas y de la fe en Dios;

2 de la instrucción sobre los bautismos y de la imposición de las manos; de la resurrección de los muertos y del juicio eterno.

3 Y así procederemos con el favor de Dios.

4 Porque es imposible que cuantos fueron una vez iluminados, gustaron el don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo,

5 saborearon las buenas nuevas de Dios y los prodigios del mundo futuro,

6 y a pesar de todo cayeron, se renueven otra vez mediante la penitencia, pues crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública infamia.

7 Porque la tierra que recibe frecuentes lluvias y produce buena vegetación para los que la cultivan participa de la bendición de Dios.

8 Por lo contrario, la que produce espinas y abrojos es desechada, y cerca está de la maldición, y terminará por ser quemada.

9 Pero de vosotros, queridos, aunque hablemos así, esperamos cosas mejores y conducentes a la salvación.

10 Porque no es injusto Dios para olvidarse de vuestra labor y del amor que habéis mostrado hacia su nombre, con los servicios que habéis prestado y prestáis a los santos.

11 Deseamos, no obstante, que cada uno de vosotros manifieste hasta el fin la misma diligencia para la plena realización de la esperanza,

12 de forma que no os hagáis indolentes, sino más bien imitadores de aquellos que, mediante la fe y la perseverancia, heredan las promesas.

13 Cuando Dios hizo la Promesa a Abraham, no teniendo a otro mayor por quien jurar, juró por sí mismo

14 diciendo: ¡Sí!, te colmaré de bendiciones y te acrecentaré en gran manera.

15 Y perseverando de esta manera, alcanzó la Promesa.

16 Pues los hombres juran por uno superior y entre ellos el juramento es la garantía que pone fin a todo litigio.

17 Por eso Dios, queriendo mostrar más plenamente a los herederos de la Promesa la inmutabilidad de su decisión, interpuso el juramento,

18 para que, mediante dos cosas inmutables por las cuales es imposible que Dios mienta, nos veamos más poderosamente animados los que buscamos un refugio asiéndonos a la esperanza propuesta,

19 que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y que penetra hasta más allá del velo,

20 adonde entró por nosotros como precursor Jesús, hecho, a semejanza de Melquisedec, Sumo Sacerdote para siempre.

Reflexión del capítulo 6

El capítulo 6 contiene una de las páginas más severas y, a la vez, más consoladoras de la carta. La parte severa es la advertencia sobre quienes, después de haber sido iluminados, gustado el don celestial y sido hechos partícipes del Espíritu Santo, caen y abandonan la fe. El autor usa la imagen de la tierra: la que recibe la lluvia y da fruto es bendecida; la que produce espinas y abrojos termina quemada. La gracia recibida no exime de la responsabilidad de dar fruto.

Pero el tono cambia enseguida, y ese cambio es el corazón del capítulo: «de vosotros, queridos, esperamos cosas mejores». El autor no sospecha de ellos; reconoce su labor y el amor que han mostrado sirviendo a los santos, y solo les pide perseverancia: que no se hagan indolentes, sino imitadores de quienes heredan las promesas mediante la fe y la paciencia.

El ejemplo es Abraham, que esperó y alcanzó la Promesa, y la garantía es el juramento de Dios, que juró por sí mismo porque no había nadie mayor. De ahí la imagen final, inolvidable: la esperanza es «segura y sólida ancla de nuestra alma», y penetra hasta más allá del velo, donde Jesús entró como precursor.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Examina si en tu vida hay una tierra que ya no da fruto: una práctica de fe que mantienes por costumbre, sin que produzca nada. Elige una sola y devuélvele vida con un propósito concreto: preparar la lectura del domingo, confesarte con regularidad, servir a los pobres de tu parroquia. Y cuando llegue la fatiga, agárrate a la esperanza como a un ancla.

Oración

Dios de la promesa, tú que juraste por ti mismo para darnos confianza, sé el ancla de nuestra alma. Danos paciencia como la de Abraham, para no desfallecer y dar fruto abundante hasta el fin. Amén.

Acerca del libro de Hebreos

La carta a los Hebreos es uno de los escritos más densos y hermosos del Nuevo Testamento. No lleva el nombre de su autor, y ya en la antigüedad se discutió quién la escribió: Orígenes llegó a decir que solo Dios lo sabía. La tradición la ha vinculado a san Pablo, y la Iglesia la ha conservado en el canon como palabra inspirada. Su forma literaria no es exactamente una carta, sino una homilía —el propio autor la llama «palabra de exhortación»— dirigida a cristianos de origen judío que, cansados y perseguidos, estaban tentados de volver atrás.

El problema que afronta es la tentación de la apostasía. Para responderla, el autor desarrolla una comparación sostenida: Cristo es superior a los ángeles, a Moisés, a Aarón y a todo el sacerdocio levítico. No se trata de despreciar el Antiguo Testamento, sino de mostrar que en Jesús las promesas han alcanzado su cumplimiento. Los sacrificios antiguos debían repetirse porque no podían quitar el pecado; el de Cristo, ofrecido una vez para siempre, sí. Por eso habla de una esperanza mejor, una alianza mejor, promesas mejores.

Su página más conocida es el capítulo 11, el gran catálogo de la fe, que recorre la historia de los creyentes desde Abel hasta los macabeos. La conclusión es práctica: si semejante nube de testigos nos rodea, corramos con perseverancia la carrera que se nos propone, fijos los ojos en Jesús.

Para la fe católica, Hebreos fundamenta la doctrina del sacerdocio de Cristo y de la Eucaristía como sacrificio de la nueva alianza, y sostiene la liturgia de la Iglesia con sus palabras sobre el trono de gracia y el acceso confiado a Dios.

Compartir

Enlace copiado