Hebreos
Nuevo Testamento | 13 capítulos | 303 versículos
Capítulo 9
1 También la primera Alianza tenía sus ritos litúrgicos y su santuario terreno.
2 Porque se preparó la parte anterior de la Tienda, donde se hallaban el candelabro y la mesa con los panes de la presencia, que se llama Santo.
3 Detrás del segundo velo se hallaba la parte de la Tienda llamada Santo de los Santos,
4 que contenía el altar de oro para el incienso, el arca de la Alianza - completamente cubierta de oro - y en ella, la urna de oro con el maná, la vara de Aarón que retoño y las tablas de la Alianza.
5 Encima del arca, los querubines de gloria que cubrían con su sombra el propiciatorio. Mas no es éste el momento de hablar de todo ello en detalle.
6 Preparadas así estas cosas, los sacerdotes entran siempre en la primera parte de la Tienda para desempeñar las funciones del culto.
7 Pero en la segunda parte entra una vez al año, y solo, el Sumo Sacerdote, y no sin sangre que ofrecer por sí mismo y por los pecados del pueblo.
8 De esa manera daba a entender el Espíritu Santo que aún no estaba abierto el camino del santuario mientras subsistiera la primera Tienda.
9 Todo ello es una figura del tiempo presente, en cuanto que allí se ofrecen dones y sacrificios incapaces de perfeccionar en su conciencia al adorador,
10 y sólo son prescripciones carnales, que versan sobre comidas y bebidas y sobre abluciones de todo género, impuestas hasta el tiempo de la reforma.
11 Pero presentóse Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo.
12 Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna.
13 Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne,
14 ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!
15 Por eso es mediador de una nueva Alianza; para que, interviniendo su muerte para remisión de las transgresiones de la primera Alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida.
16 Pues donde hay testamento se requiere que conste la muerte del testador,
17 ya que el testamento es válido en caso de defunción, no teniendo valor en vida del testador.
18 Así tampoco la primera Alianza se inauguró sin sangre.
19 Pues Moisés, después de haber leído a todo el pueblo todos los preceptos según la Ley, tomó la sangre de los novillos y machos cabríos con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el libro mismo y a todo el pueblo
20 diciendo: Esta es la sangre de la Alianza que Dios ha ordenado para vosotros.
21 Igualmente roció con sangre la Tienda y todos los objetos del culto;
22 pues según la Ley, casi todas las cosas han de ser purificadas con sangre, y sin efusión de sangre no hay remisión.
23 En consecuencia, es necesario, por una parte, que las figuras de las realidades celestiales sean purificadas de esa manera; por otra parte, que también lo sean las realidades celestiales, pero con víctimas más excelentes que aquéllas.
24 Pues no penetró Cristo en un santuario hecho por mano de hombre, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro,
25 y no para ofrecerse a sí mismo repetidas veces al modo como el Sumo Sacerdote entra cada año en el santuario con sangre ajena.
26 Para ello habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Sino que se ha manifestado ahora una sola vez, en la plenitud de los tiempos, para la destrucción del pecado mediante su sacrificio.
27 Y del mismo modo que está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio,
28 así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, se aparecerá por segunda vez sin relación ya con el pecado a los que le esperan para su salvación.
Reflexión del capítulo 9
El capítulo 9 describe la liturgia del antiguo santuario con minuciosidad: la Tienda con sus dos estancias, el candelabro, los panes de la presencia, el altar del incienso, el arca con la urna del maná, la vara de Aarón y las tablas de la Alianza. Y sobre todo el velo: en la segunda estancia entraba solo el Sumo Sacerdote, una vez al año y no sin sangre. Ese velo cerrado era, dice el autor, una señal: el Espíritu Santo daba a entender que el camino del santuario aún no estaba abierto.
Todo cambia con Cristo. No entra en un santuario hecho por mano de hombre, sino en el mismo cielo, y no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. La comparación es luminosa: si la sangre de los animales purificaba la carne, cuánto más la sangre de Cristo purificará «de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo».
El autor añade una reflexión sobre el testamento, que solo vale cuando muere el testador, y recuerda que Moisés inauguró la primera alianza rociando con sangre el libro y el pueblo. De ahí la sentencia que resume todo: «sin efusión de sangre no hay remisión». Cristo se ofreció una sola vez, y se aparecerá por segunda vez para salvar a los que le esperan.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Vive la misa de este domingo con la conciencia de lo que ocurre: no un recuerdo, sino la entrada en el santuario verdadero por la sangre de Cristo. Llega unos minutos antes y lee la primera lectura y el Evangelio. Y si hace tiempo que no te confiesas, deja que esa frase —«sin efusión de sangre no hay remisión»— te mueva a acercarte al sacramento que aplica a tu vida el sacrificio de Jesús.
Oración
Jesús, que entraste una sola vez en el santuario con tu propia sangre, purifica mi conciencia de las obras muertas. Que la misa no sea para mí una rutina, sino el encuentro vivo con tu sacrificio y tu perdón. Amén.
Acerca del libro de Hebreos
La carta a los Hebreos es uno de los escritos más densos y hermosos del Nuevo Testamento. No lleva el nombre de su autor, y ya en la antigüedad se discutió quién la escribió: Orígenes llegó a decir que solo Dios lo sabía. La tradición la ha vinculado a san Pablo, y la Iglesia la ha conservado en el canon como palabra inspirada. Su forma literaria no es exactamente una carta, sino una homilía —el propio autor la llama «palabra de exhortación»— dirigida a cristianos de origen judío que, cansados y perseguidos, estaban tentados de volver atrás.
El problema que afronta es la tentación de la apostasía. Para responderla, el autor desarrolla una comparación sostenida: Cristo es superior a los ángeles, a Moisés, a Aarón y a todo el sacerdocio levítico. No se trata de despreciar el Antiguo Testamento, sino de mostrar que en Jesús las promesas han alcanzado su cumplimiento. Los sacrificios antiguos debían repetirse porque no podían quitar el pecado; el de Cristo, ofrecido una vez para siempre, sí. Por eso habla de una esperanza mejor, una alianza mejor, promesas mejores.
Su página más conocida es el capítulo 11, el gran catálogo de la fe, que recorre la historia de los creyentes desde Abel hasta los macabeos. La conclusión es práctica: si semejante nube de testigos nos rodea, corramos con perseverancia la carrera que se nos propone, fijos los ojos en Jesús.
Para la fe católica, Hebreos fundamenta la doctrina del sacerdocio de Cristo y de la Eucaristía como sacrificio de la nueva alianza, y sostiene la liturgia de la Iglesia con sus palabras sobre el trono de gracia y el acceso confiado a Dios.
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