Hebreos

Nuevo Testamento | 13 capítulos | 303 versículos

Heb

Capítulo 2

1 Por tanto, es preciso que prestemos mayor atención a lo que hemos oído, para que no nos extraviemos.

2 Pues si la palabra promulgada por medio de los ángeles obtuvo tal firmeza que toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución,

3 ¿cómo saldremos absueltos nosotros si descuidamos tan gran salvación? La cual comenzó a ser anunciada por el Señor, y nos fue luego confirmada por quienes la oyeron,

4 testificando también Dios con señales y prodigios, con toda suerte de milagros y dones del Espíritu Santo repartidos según su voluntad.

5 En efecto, Dios no sometió a los ángeles el mundo venidero del cual estamos hablando.

6 Pues atestiguó alguien en algún lugar: ¿Qué es el hombre, que te acuerdas de él? ¿O el hijo del hombre, que de él te preocupas?

7 Le hiciste por un poco inferior a los ángeles; de gloria y honor le coronaste.

8 Todo lo sometiste debajo de sus pies. Al someterle todo, nada dejó que no le estuviera sometido. Mas al presente, no vemos todavía que le esté sometido todo.

9 Y a aquel que fue hecho inferior a los ángeles por un poco, a Jesús, le vemos coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos.

10 Convenía, en verdad, que Aquel por quien es todo y para quien es todo, llevara muchos hijos a la gloria, perfeccionando mediante el sufrimiento al que iba a guiarlos a la salvación.

11 Pues tanto el santificador como los santificados tienen todos el mismo origen. Por eso no se avergüenza de llamarles hermanos

12 cando dice: Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la asamblea te cantaré himnos. Y también:

13 Pondré en él mi confianza. Y nuevamente: Henos aquí, a mí y a los hijos que Dios me dio.

14 Por tanto, así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo,

15 y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud.

16 Porque, ciertamente, no se ocupa de los ángeles, sino de la descendencia de Abraham.

17 Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo.

18 Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados.

Reflexión del capítulo 2

El capítulo 2 comienza con una advertencia: si la ley transmitida por los ángeles obligaba, cuánto más la salvación anunciada por el Señor mismo y confirmada por testigos, con señales, prodigios y dones del Espíritu. Después el autor retoma el salmo 8 —«¿qué es el hombre, que te acuerdas de él?»— para mostrar que ese ser frágil, hecho por un poco inferior a los ángeles, ha sido coronado de gloria y honor en Jesús.

Aquí está el corazón del capítulo: el misterio de un Dios que se abaja. No vemos todavía que todo le esté sometido, pero vemos a Jesús «coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte». El camino a la gloria pasa por el sufrimiento, y eso no es un accidente, sino el designio del Padre: convenía que quien guía a muchos hijos a la gloria fuera perfeccionado mediante el sufrimiento.

La consecuencia es sobrecogedora. El santificador y los santificados tienen el mismo origen, y por eso Jesús no se avergüenza de llamarnos hermanos. Compartió nuestra carne y nuestra sangre para destruir por la muerte al que tenía el poder de la muerte, y para liberar a quienes vivían esclavos por miedo a morir. Y porque él mismo fue probado, puede ayudar a los que ahora son probados.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Identifica el miedo que más te esclaviza —a la enfermedad, al fracaso, a la muerte de un ser querido— y llévalo a la oración diciendo con confianza: «Jesús, tú conociste este miedo». Después haz un gesto concreto de libertad: visita a un enfermo, acompaña a alguien que sufre, o pide ayuda sin vergüenza cuando tú la necesites.

Oración

Señor Jesús, que compartiste nuestra carne y no te avergonzaste de llamarnos hermanos, líbranos del miedo que esclaviza. Tú que fuiste probado, sostén a los que hoy sufren y danos tu consuelo. Amén.

Acerca del libro de Hebreos

La carta a los Hebreos es uno de los escritos más densos y hermosos del Nuevo Testamento. No lleva el nombre de su autor, y ya en la antigüedad se discutió quién la escribió: Orígenes llegó a decir que solo Dios lo sabía. La tradición la ha vinculado a san Pablo, y la Iglesia la ha conservado en el canon como palabra inspirada. Su forma literaria no es exactamente una carta, sino una homilía —el propio autor la llama «palabra de exhortación»— dirigida a cristianos de origen judío que, cansados y perseguidos, estaban tentados de volver atrás.

El problema que afronta es la tentación de la apostasía. Para responderla, el autor desarrolla una comparación sostenida: Cristo es superior a los ángeles, a Moisés, a Aarón y a todo el sacerdocio levítico. No se trata de despreciar el Antiguo Testamento, sino de mostrar que en Jesús las promesas han alcanzado su cumplimiento. Los sacrificios antiguos debían repetirse porque no podían quitar el pecado; el de Cristo, ofrecido una vez para siempre, sí. Por eso habla de una esperanza mejor, una alianza mejor, promesas mejores.

Su página más conocida es el capítulo 11, el gran catálogo de la fe, que recorre la historia de los creyentes desde Abel hasta los macabeos. La conclusión es práctica: si semejante nube de testigos nos rodea, corramos con perseverancia la carrera que se nos propone, fijos los ojos en Jesús.

Para la fe católica, Hebreos fundamenta la doctrina del sacerdocio de Cristo y de la Eucaristía como sacrificio de la nueva alianza, y sostiene la liturgia de la Iglesia con sus palabras sobre el trono de gracia y el acceso confiado a Dios.

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