Hebreos

Nuevo Testamento | 13 capítulos | 303 versículos

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Capítulo 12 de 13

Capítulo 12

1 Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone,

2 fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios.

3 Fijaos en aquel que soportó tal contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcáis faltos de ánimo.

4 No habéis resistido todavía hasta llegar a la sangre en vuestra lucha contra el pecado.

5 Habéis echado en olvido la exhortación que como a hijos se os dirije: Hijo mío, no menosprecies la corrección del Señor; ni te desanimes al ser reprendido por él.

6 Pues a quien ama el Señor, le corrige; y azota a todos los hijos que acoge.

7 Sufrís para corrección vuestra. Como a hijos os trata Dios, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrige?

8 Mas si quedáis sin corrección, cosa que todos reciben, señal de que sois bastardos y no hijos .

9 Además, teníamos a nuestros padres según la carne, que nos corregían, y les respetábamos. ¿No nos someteremos mejor al Padre de los espíritus para vivir?

10 ¡Eso que ellos nos corregían según sus luces y para poco tiempo!; mas él, para provecho nuestro, en orden a hacernos partícipes de su santidad.

11 Cierto que ninguna corrección es de momento agradable, sino penosa; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella.

12 Por tanto, levantad las manos caídas y las rodillas entumecidas

13 y enderezad para vuestros pies los caminos tortuosos, para que el cojo no se descoyunte, sino que más bien se cure.

14 Procurad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.

15 Poned cuidado en que nadie se vea privado de la gracia de Dios; en que ninguna raíz amarga retoñe ni os turbe y por ella llegue a inficionarse la comunidad.

16 Que no haya ningún fornicario o impío como Esaú, que por una comida vendió su primogenitura.

17 Ya sabéis cómo luego quiso heredar la bendición; pero fue rechazado y no logró un cambio de parecer, aunque lo procuró con lágrimas.

18 No os habéis acercado a una realidad sensible: fuego ardiente, oscuridad, tinieblas, huracán,

19 sonido de trompeta y a un ruido de palabras tal, que suplicaron los que lo oyeron no se les hablara más.

20 Es que no podían soportar esta orden: El que toque el monte, aunque sea un animal, será lapidado.

21 Tan terrible era el espectáculo, que el mismo Moisés dijo: Espantado estoy y temblando.

22 Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad de Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, reunión solemne

23 y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, y a Dios, juez universal, y a los espíritus de los justos llegados ya a su consumación,

24 y a Jesús, mediador de una nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel.

25 Guardaos de rechazar al que os habla; pues si los que rechazaron al que promulgaba los oráculos desde la tierra no escaparon al castigo, mucho menos nosotros, si volvemos la espalda al que nos habla desde el cielo.

26 Su voz conmovió entonces la tierra. Mas ahora hace esta promesa: Una vez más haré yo que se estremezca no sólo la tierra, sino también el cielo.

27 Estas palabras, una vez más, quieren decir que las cosas conmovidas se cambiarán, ya que son realidades creadas, a fin de que permanezcan las inconmovibles.

28 Por eso, nosotros que recibimos un reino inconmovible, hemos de mantener la gracia y, mediante ella, ofrecer a Dios un culto que le sea grato, con religiosa piedad y reverencia,

29 pues nuestro Dios es fuego devorador.

Reflexión del capítulo 12

El capítulo 12 aplica todo lo anterior con una imagen deportiva inolvidable: rodeados de «tan gran nube de testigos», sacudamos todo lastre y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, «fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe». Los testigos del capítulo anterior no son espectadores pasivos: son quienes ya corrieron y ahora animan desde la gracia.

Después el autor aborda un tema difícil y consolador: la corrección. Cita el libro de los Proverbios —«a quien ama el Señor, le corrige»— y razona como un padre: si Dios nos corrige, es porque nos trata como hijos. La prueba no es señal de abandono, sino de filiación. Ninguna corrección es agradable de momento, pero «luego produce fruto apacible de justicia».

El capítulo culmina con un contraste sobrecogedor. El pueblo antiguo se acercó a un monte tangible, entre fuego, tinieblas y trompeta, y suplicó que no se le hablara más. Nosotros, en cambio, nos hemos acercado al monte Sión, a la Jerusalén celestial, a miríadas de ángeles, a los espíritus de los justos llegados a su consumación y a Jesús, mediador de una nueva Alianza. Recibimos un reino inconmovible: por eso, culto con reverencia, porque «nuestro Dios es fuego devorador».

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Cuando atravieses una prueba, no la interpretes como abandono de Dios. Haz este ejercicio: escribe la dificultad que ahora vives y, debajo, qué podría estar corrigiendo o enseñándote. Después reza el salmo 51 pidiendo un corazón dócil. Y si alguien te corrige con razón esta semana, acéptalo sin defenderte: la corrección de Dios suele llegar por boca de los hermanos.

Oración

Padre, que corriges a los que amas, dame un corazón dócil a tu voluntad. Sostenme cuando la prueba me canse, y ayúdame a correr con perseverancia, fijos los ojos en Jesús, hacia la Jerusalén celestial. Amén.

Acerca del libro de Hebreos

La carta a los Hebreos es uno de los escritos más densos y hermosos del Nuevo Testamento. No lleva el nombre de su autor, y ya en la antigüedad se discutió quién la escribió: Orígenes llegó a decir que solo Dios lo sabía. La tradición la ha vinculado a san Pablo, y la Iglesia la ha conservado en el canon como palabra inspirada. Su forma literaria no es exactamente una carta, sino una homilía —el propio autor la llama «palabra de exhortación»— dirigida a cristianos de origen judío que, cansados y perseguidos, estaban tentados de volver atrás.

El problema que afronta es la tentación de la apostasía. Para responderla, el autor desarrolla una comparación sostenida: Cristo es superior a los ángeles, a Moisés, a Aarón y a todo el sacerdocio levítico. No se trata de despreciar el Antiguo Testamento, sino de mostrar que en Jesús las promesas han alcanzado su cumplimiento. Los sacrificios antiguos debían repetirse porque no podían quitar el pecado; el de Cristo, ofrecido una vez para siempre, sí. Por eso habla de una esperanza mejor, una alianza mejor, promesas mejores.

Su página más conocida es el capítulo 11, el gran catálogo de la fe, que recorre la historia de los creyentes desde Abel hasta los macabeos. La conclusión es práctica: si semejante nube de testigos nos rodea, corramos con perseverancia la carrera que se nos propone, fijos los ojos en Jesús.

Para la fe católica, Hebreos fundamenta la doctrina del sacerdocio de Cristo y de la Eucaristía como sacrificio de la nueva alianza, y sostiene la liturgia de la Iglesia con sus palabras sobre el trono de gracia y el acceso confiado a Dios.

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