Hebreos

Nuevo Testamento | 13 capítulos | 303 versículos

Heb

Capítulo 5

1 Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados;

2 y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza.

3 Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo.

4 Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón.

5 De igual modo, tampoco Cristo se apropió la gloria del Sumo Sacerdocio, sino que la tuvo de quien le dijo: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy.

6 Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec.

7 El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente,

8 y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia;

9 y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen,

10 proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec.

11 Sobre este particular tenemos muchas cosas que decir, aunque difíciles de explicar, porque os habéis hecho tardos de entendimiento.

12 Pues debiendo ser ya maestros en razón del tiempo, volvéis a tener necesidad de ser instruidos en los primeros rudimentos de los oráculos divinos, y os habéis hecho tales que tenéis necesidad de leche en lugar de manjar sólido.

13 Pues todo el que se nutre de leche desconoce la doctrina de la justicia, porque es niño.

14 En cambio, el manjar sólido es de adultos; de aquellos que, por costumbre, tienen las facultades ejercitadas en el discernimiento del bien y del mal.

Reflexión del capítulo 5

El capítulo 5 explica qué es un sumo sacerdote: alguien tomado de entre los hombres, puesto en favor de los hombres, capaz de sentir compasión por los ignorantes y extraviados porque él mismo está envuelto en flaqueza. Y añade una regla decisiva: nadie se arroga esa dignidad; se recibe de Dios, como la recibió Aarón.

Cristo cumple y supera esa figura. No se apropió la gloria, sino que la recibió del Padre, que le dijo: «Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec». Pero el autor se detiene en un detalle desconcertante y hermoso: en los días de su vida mortal, Jesús ofreció ruegos y súplicas «con poderoso clamor y lágrimas» al que podía salvarle de la muerte, y fue escuchado por su actitud reverente. Aun siendo Hijo, aprendió la obediencia por lo que padeció. No se trata de un Dios lejano, sino de uno que rezó con lágrimas.

El capítulo cierra con una corrección fraterna: sus destinatarios se han vuelto «tardos de entendimiento» y necesitan leche en lugar de manjar sólido. El autor no los desprecia; los invita a crecer, a ejercitar el discernimiento del bien y del mal.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Antes de tus decisiones importantes de esta semana, reza como Jesús: con insistencia y con verdad, sin disimular lo que sientes. Elige además un tema de fe que aún no domines —la doctrina social de la Iglesia, los sacramentos, la oración— y dedica media hora semanal a formarte. El manjar sólido es para quien se ejercita.

Oración

Padre, tú que escuchaste las lágrimas de tu Hijo, escucha también las nuestras. Enséñanos a obedecer con confianza y a crecer en el conocimiento de tu voluntad. Haznos discípulos adultos, capaces de discernir el bien. Amén.

Acerca del libro de Hebreos

La carta a los Hebreos es uno de los escritos más densos y hermosos del Nuevo Testamento. No lleva el nombre de su autor, y ya en la antigüedad se discutió quién la escribió: Orígenes llegó a decir que solo Dios lo sabía. La tradición la ha vinculado a san Pablo, y la Iglesia la ha conservado en el canon como palabra inspirada. Su forma literaria no es exactamente una carta, sino una homilía —el propio autor la llama «palabra de exhortación»— dirigida a cristianos de origen judío que, cansados y perseguidos, estaban tentados de volver atrás.

El problema que afronta es la tentación de la apostasía. Para responderla, el autor desarrolla una comparación sostenida: Cristo es superior a los ángeles, a Moisés, a Aarón y a todo el sacerdocio levítico. No se trata de despreciar el Antiguo Testamento, sino de mostrar que en Jesús las promesas han alcanzado su cumplimiento. Los sacrificios antiguos debían repetirse porque no podían quitar el pecado; el de Cristo, ofrecido una vez para siempre, sí. Por eso habla de una esperanza mejor, una alianza mejor, promesas mejores.

Su página más conocida es el capítulo 11, el gran catálogo de la fe, que recorre la historia de los creyentes desde Abel hasta los macabeos. La conclusión es práctica: si semejante nube de testigos nos rodea, corramos con perseverancia la carrera que se nos propone, fijos los ojos en Jesús.

Para la fe católica, Hebreos fundamenta la doctrina del sacerdocio de Cristo y de la Eucaristía como sacrificio de la nueva alianza, y sostiene la liturgia de la Iglesia con sus palabras sobre el trono de gracia y el acceso confiado a Dios.

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