Hebreos

Nuevo Testamento | 13 capítulos | 303 versículos

Heb

Capítulo 7

1 En efecto, este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote de Dios Altísimo, que salió al encuentro de Abraham cuando regresaba de la derrota de los reyes, y le bendijo,

2 al cual dio Abraham el diezmo de todo, y cuyo nombre significa, en primer lugar, «rey de justicia» y, además, rey de Salem, es decir, «rey de paz»,

3 sin padre, ni madre, ni genealogía, sin comienzo de días, ni fin de vida, asemejado al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre.

4 Mirad ahora cuán grande es éste, a quien el mismo Patriarca Abraham dio el diezmo de entre lo mejor del botín.

5 Es cierto que los hijos de Leví que reciben el sacerdocio tienen orden según la Ley de percibir el diezmo del pueblo, es decir, de sus hermanos, aunque también proceden éstos de la estirpe de Abraham;

6 mas aquél, sin pertenecer a su genealogía, recibió el diezmo de Abraham, y bendijo al que tenía las promesas.

7 Pues bien, es incuestionable que el inferior recibe la bendición del superior.

8 Y aquí, ciertamente, reciben el diezmo hombres mortales; pero allí, uno de quien se asegura que vive.

9 Y, en cierto modo, hasta el mismo Leví, que percibe los diezmos, los pagó por medio de Abraham,

10 pues ya estaba en las entrañas de su padre cuando Melquisedec le salió al encuentro.

11 Pues bien, si la perfección estuviera en poder del sacerdocio levítico - pues sobre él descansa la Ley dada al pueblo -, ¿qué necesidad había ya de que surgiera otro sacerdote a semejanza de Melquisedec, y no «a semejanza de Aaron»?

12 Porque, cambiado el sacerdocio, necesariamente se cambia la Ley.

13 Pues aquel de quien se dicen estas cosas, pertenecía a otra tribu, de la cual nadie sirvió al altar.

14 Y es bien manifiesto que nuestro Señor procedía de Judá, y a esa tribu para nada se refirió Moisés al hablar del sacerdocio.

15 Todo esto es mucho más evidente aún si surge otro sacerdote a semejanza de Melquisedec,

16 que lo sea, no por ley de prescripción carnal, sino según la fuerza de una vida indestructible.

17 De hecho, está atestiguado: Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec.

18 De este modo queda abrogada la ordenación precedente, por razón de su ineficacia e inutilidad,

19 ya que la Ley no llevó nada a la perfección, pues no era más que introducción a una esperanza mejor, por la cual nos acercamos a Dios.

20 Y por cuanto no fue sin juramento - pues los otros fueron hechos sacerdotes sin juramento,

21 mientras éste lo fue bajo juramento por Aquel que le dijo: «Juró el Señor y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre» -

22 por eso, de una mejor Alianza resultó fiador Jesús.

23 Además, aquellos sacerdotes fueron muchos, porque la muerte les impedía perdurar.

24 Pero éste posee un sacerdocio perpetuo porque permanece para siempre.

25 De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor.

26 Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos,

27 que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados propios como aquellos Sumos Sacerdotes, luego por los del pueblo: y esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.

28 Es que la Ley instituye Sumos Sacerdotes a hombres frágiles: pero la palabra del juramento, posterior a la Ley, hace el Hijo perfecto para siempre.

Reflexión del capítulo 7

El capítulo 7 es el corazón argumentativo de Hebreos. Su protagonista es Melquisedec, un personaje misterioso que aparece brevemente en el Génesis: rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, que sale al encuentro de Abraham, le bendice y recibe de él el diezmo. La Escritura no dice nada de su padre, su madre ni su genealogía, ni del comienzo o el fin de sus días. Ese silencio, leído con fe, lo convierte en figura de quien permanece sacerdote para siempre.

A partir de ahí el autor razona: si Abraham, el patriarca, se inclinó ante Melquisedec y le pagó el diezmo, entonces el sacerdocio levítico —que estaba contenido en Abraham— le es inferior. Y si la perfección hubiera venido por el sacerdocio de Aarón, no habría sido necesaria la promesa de otro sacerdote. El cambio de sacerdocio implica un cambio de ley, y abre paso a una esperanza mejor.

La aplicación a Cristo es luminosa: Jesús no es sacerdote por descendencia carnal, sino «por la fuerza de una vida indestructible». Los sacerdotes antiguos eran muchos porque la muerte les impedía perdurar; él permanece para siempre y por eso puede salvar perfectamente a los que se acercan a Dios, ya que vive siempre para interceder por ellos.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Vive este día con la conciencia de que Cristo está intercediendo por ti ahora mismo, en este instante. Cuando te asalte la sensación de que tu oración no llega, recuerda que no rezas solo: hay alguien que vive para interceder. Puedes unir tu jornada a esa intercesión ofreciendo por una persona concreta cada tarea que realices hoy.

Oración

Jesús, sacerdote eterno a semejanza de Melquisedec, tú vives siempre para interceder por nosotros ante el Padre. Sostén mi oración cuando se debilite, y hazme confiar en que tu salvación no tiene fin ni se agota. Amén.

Acerca del libro de Hebreos

La carta a los Hebreos es uno de los escritos más densos y hermosos del Nuevo Testamento. No lleva el nombre de su autor, y ya en la antigüedad se discutió quién la escribió: Orígenes llegó a decir que solo Dios lo sabía. La tradición la ha vinculado a san Pablo, y la Iglesia la ha conservado en el canon como palabra inspirada. Su forma literaria no es exactamente una carta, sino una homilía —el propio autor la llama «palabra de exhortación»— dirigida a cristianos de origen judío que, cansados y perseguidos, estaban tentados de volver atrás.

El problema que afronta es la tentación de la apostasía. Para responderla, el autor desarrolla una comparación sostenida: Cristo es superior a los ángeles, a Moisés, a Aarón y a todo el sacerdocio levítico. No se trata de despreciar el Antiguo Testamento, sino de mostrar que en Jesús las promesas han alcanzado su cumplimiento. Los sacrificios antiguos debían repetirse porque no podían quitar el pecado; el de Cristo, ofrecido una vez para siempre, sí. Por eso habla de una esperanza mejor, una alianza mejor, promesas mejores.

Su página más conocida es el capítulo 11, el gran catálogo de la fe, que recorre la historia de los creyentes desde Abel hasta los macabeos. La conclusión es práctica: si semejante nube de testigos nos rodea, corramos con perseverancia la carrera que se nos propone, fijos los ojos en Jesús.

Para la fe católica, Hebreos fundamenta la doctrina del sacerdocio de Cristo y de la Eucaristía como sacrificio de la nueva alianza, y sostiene la liturgia de la Iglesia con sus palabras sobre el trono de gracia y el acceso confiado a Dios.

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