I Corintios
Nuevo Testamento | 16 capítulos | 437 versículos
Capítulo 16
1 En cuanto a la colecta en favor de los santos, haced también vosotros tal como mandé a las Iglesias de Galacia.
2 Cada primer día de la semana, cada uno de vosotros reserve en su casa lo que haya podido ahorrar, de modo que no se hagan las colectas cuando llegue yo.
3 Cuando me halle ahí, enviaré a los que hayáis considerado dignos, acompañados de cartas, para que lleven a Jerusalén vuestra liberalidad.
4 Y si vale la pena de que vaya también yo, irán conmigo.
5 Iré donde vosotros después de haber atravesado Macedonia; pues por Macedonia pasaré.
6 Tal vez me detenga entre vosotros y hasta pase ahí el invierno, para que vosotros me encaminéis adonde haya de ir.
7 Pues no quiero ahora veros sólo de paso: espero estar algún tiempo entre vosotros, si así lo permite el Señor.
8 De todos modos, seguiré en Efeso hasta Pentecostés:
9 porque se me ha abierto una puerta grande y prometedora, y los enemigos son muchos.
10 Si se presenta Timoteo, procurad que esté sin temor entre vosotros, pues trabaja como yo en la obra del Señor.
11 Que nadie le menosprecie. Procurad que vuelva en paz a mí, que le espero con los hermanos.
12 En cuanto a nuestro hermano Apolo, le he insistido mucho para que vaya donde vosotros con los hermanos; pero no tiene intención alguna de ir ahora. Irá cuando tenga oportunidad.
13 Velad, manteneos firmes en la fe, sed hombres, sed fuertes.
14 Haced todo con amor.
15 Os hago una recomendación, hermanos. Sabéis que la familia de Estéfanas son las primicias de Acaya y se han puesto al servicio de los santos.
16 También vosotros mostraos sumisos a ellos y a todo aquel que con ellos trabaja y se afana.
17 Estoy lleno de alegría por la visita de Estéfanas, de Fortunato y de Acaico, que han suplido vuestra ausencia.
18 Ellos han tranquilizado mi espíritu y el vuestro. Sabed apreciar a estos hombres.
19 Las Iglesias de Asia os saludan. Os envían muchos saludos Aquila y Prisca en el Señor, junto con la Iglesia que se reúne en su casa.
20 Os saludan todos los hermanos. Saludaos los unos a los otros con el beso santo.
21 El saludo va de mi mano, Pablo.
22 El que no quiera al Señor, ¡sea anatema! «Maran atha.»
23 ¡Que la gracia del Señor Jesús sea con vosotros!
24 Os amo a todos en Cristo Jesús.
Reflexión del capítulo 16
El último capítulo trata asuntos prácticos y despedidas. Pablo organiza la colecta en favor de los santos de Jerusalén: cada primer día de la semana, cada uno reserve en su casa lo que haya podido ahorrar, para que no se hagan colectas improvisadas. Es la primera indicación de la Iglesia sobre la ofrenda dominical y sobre la solidaridad entre comunidades. Anuncia sus planes de viaje —pasará por Macedonia y espera detenerse en Corinto— y explica que se quedará en Éfeso hasta Pentecostés, porque se le ha abierto una puerta grande y prometedora, aunque los enemigos son muchos. Recomienda a Timoteo y a Apolo, y elogia a la familia de Estéfanas, primicias de Acaya, que se han puesto al servicio de los santos. Envía saludos, incluidos los de Aquila y Prisca con la Iglesia que se reúne en su casa. Y cierra con un resumen de toda la vida cristiana: velad, manteneos firmes en la fe, sed hombres, sed fuertes, y haced todo con amor.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy reserva una parte de tu dinero o de tu tiempo para ayudar a alguien necesitado, como signo de comunión con la Iglesia. Y termina el día con la consigna del apóstol: haz una cosa, la que sea, con amor.
Oración
Señor, tú has abierto una puerta grande para tu Evangelio: dame firmeza en la fe, valentía y amor en todo. Que mi vida sea comunión y servicio. Amén.
Acerca del libro de I Corintios
La Primera carta a los Corintios es uno de los documentos más vivos del Nuevo Testamento, porque nos deja entrar en la vida real de una comunidad cristiana naciente. Pablo fundó la Iglesia de Corinto hacia el año 51, durante su segundo viaje misionero, y les escribe desde Éfeso unos años después. Corinto era una ciudad portuaria próspera, cosmopolita y profundamente pagana, cruzada por comerciantes, marineros y filósofos. Allí, entre conversos de toda condición, brotaron problemas concretos: divisiones y bandos rivales, escándalos morales, pleitos llevados ante tribunales paganos, dudas sobre el matrimonio y el celibato, desórdenes en la celebración de la Eucaristía, rivalidad por los carismas y, sobre todo, una fe vacilante en la resurrección.
Pablo responde a cada cuestión sin perder de vista el centro: Jesucristo crucificado y resucitado. La carta articula temas que siguen alimentando la fe católica: la cruz como verdadera sabiduría de Dios, el cuerpo como templo del Espíritu Santo, la libertad cristiana que se limita por amor a los débiles, la dignidad del matrimonio y del celibato, la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la diversidad de carismas al servicio de un solo Cuerpo místico, el himno a la caridad y la esperanza firme de la resurrección. Leer a los Corintios es reconocer en sus preguntas las nuestras, y escuchar la respuesta de un pastor que quiere una comunidad unida, santa y misionera, edificada sobre el único cimiento que es Cristo.
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