I Corintios

Nuevo Testamento | 16 capítulos | 437 versículos

1 Cor

Capítulo 4

1 Por tanto, que nos tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.

2 Ahora bien, lo que en fin de cuentas se exige de los administradores es que sean fieles.

3 Aunque a mí lo que menos me importa es ser juzgado por vosotros o por un tribunal humano. ¡Ni siquiera me juzgo a mí mismo!

4 Cierto que mi conciencia nada me reprocha; mas no por eso quedo justificado. Mi juez es el Señor.

5 Así que, no juzguéis nada antes de tiempo hasta que venga el Señor. El iluminará los secretos de las tinieblas y pondrá de manifiesto los designios de los corazones. Entonces recibirá cada cual del Señor la alabanza que le corresponda.

6 En esto, hermanos, me he puesto como ejemplo a mí y a Apolo, en orden a vosotros; para que aprendáis de nosotros aquello de «No propasarse de lo que está escrito» y para que nadie se engría en favor de uno contra otro.

7 Pues ¿quién es el que te distingue? ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?

8 ¡Ya estáis hartos! ¡Ya sois ricos! ¡Os habéis hecho reyes sin nosotros! ¡Y ojalá reinaseis, para que también nosotros reináramos con vosotros!

9 Porque pienso que a nosotros, los apóstoles, Dios nos ha asignado el último lugar, como condenados a muerte, puestos a modo de espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres.

10 Nosotros, necios por seguir a Cristo; vosotros, sabios en Cristo. Débiles nosotros; mas vosotros, fuertes. Vosotros llenos de gloria; mas nosotros, despreciados.

11 Hasta el presente, pasamos hambre, sed, desnudez. Somos abofeteados, y andamos errantes.

12 Nos fatigamos trabajando con nuestras manos. Si nos insultan, bendecimos. Si nos persiguen, lo soportamos.

13 Si nos difaman, respondemos con bondad. Hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del mundo y el desecho de todos.

14 No os escribo estas cosas para avergonzaros, sino más bien para amonestaros como a hijos míos queridos.

15 Pues aunque hayáis tenido 10.000 pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos padres. He sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús.

16 Os ruego, pues, que seáis mis imitadores.

17 Por esto mismo os he enviado a Timoteo, hijo mío querido y fiel en el Señor; él os recordará mis normas de conducta en Cristo, conforme enseño por doquier en todas las Iglesias.

18 Como si yo no hubiera de ir donde vosotros, se han hinchado algunos.

19 Mas iré pronto donde vosotros, si es la voluntad del Señor; entonces conoceré no la palabrería de esos orgullosos, sino su poder,

20 que no está en la palabrería el Reino de Dios, sino en el poder.

21 ¿Qué preferís, que vaya a vosotros con palo o con amor y espíritu de mansedumbre?

Reflexión del capítulo 4

Pablo define a los apóstoles como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios, y señala que lo único que se exige de un administrador es que sea fiel. Le importa poco el juicio humano, y ni siquiera se juzga a sí mismo: su juez es el Señor, que iluminará los secretos de las tinieblas. Por eso pide no juzgar antes de tiempo. Luego se humilla con ironía: mientras los corintios se sienten ya ricos y reyes, los apóstoles son presentados como el último lugar, como condenados, con hambre, sed y desprecio, hechos basura del mundo. Y aclara que no escribe para avergonzarlos, sino para amonestarlos como a hijos, pues él los engendró en Cristo por el Evangelio. Por eso les ruega que sean sus imitadores, y les anuncia la visita de Timoteo, su hijo querido. El Reino de Dios, dice, no está en la palabrería, sino en el poder.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy resiste la tentación de juzgar a los demás o de buscar aprobación. Elige un servicio humilde y escondido, y ofrécelo sin que nadie lo sepa. Si alguien te corrige, acógelo como un regalo, recordando que el único juez es el Señor.

Oración

Señor, tú que iluminas lo escondido: hazme fiel y humilde administrador de tus misterios. Líbrame de juzgar a mis hermanos y de buscarme a mí mismo. Amén.

Acerca del libro de I Corintios

La Primera carta a los Corintios es uno de los documentos más vivos del Nuevo Testamento, porque nos deja entrar en la vida real de una comunidad cristiana naciente. Pablo fundó la Iglesia de Corinto hacia el año 51, durante su segundo viaje misionero, y les escribe desde Éfeso unos años después. Corinto era una ciudad portuaria próspera, cosmopolita y profundamente pagana, cruzada por comerciantes, marineros y filósofos. Allí, entre conversos de toda condición, brotaron problemas concretos: divisiones y bandos rivales, escándalos morales, pleitos llevados ante tribunales paganos, dudas sobre el matrimonio y el celibato, desórdenes en la celebración de la Eucaristía, rivalidad por los carismas y, sobre todo, una fe vacilante en la resurrección.

Pablo responde a cada cuestión sin perder de vista el centro: Jesucristo crucificado y resucitado. La carta articula temas que siguen alimentando la fe católica: la cruz como verdadera sabiduría de Dios, el cuerpo como templo del Espíritu Santo, la libertad cristiana que se limita por amor a los débiles, la dignidad del matrimonio y del celibato, la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la diversidad de carismas al servicio de un solo Cuerpo místico, el himno a la caridad y la esperanza firme de la resurrección. Leer a los Corintios es reconocer en sus preguntas las nuestras, y escuchar la respuesta de un pastor que quiere una comunidad unida, santa y misionera, edificada sobre el único cimiento que es Cristo.

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