I Corintios
Nuevo Testamento | 16 capítulos | 437 versículos
Capítulo 2
1 Pues yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciaros el misterio de Dios,
2 pues no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado.
3 Y me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso.
4 Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder
5 para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios.
6 Sin embargo, hablamos de sabiduría entre los perfectos, pero no de sabiduría de este mundo ni de los príncipes de este mundo, abocados a la ruina;
7 sino que hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra,
8 desconocida de todos los príncipes de este mundo - pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria -.
9 Más bien, como dice la Escritura, anunciamos: lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman.
10 Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios.
11 En efecto, ¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios.
12 Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado,
13 de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales.
14 El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede conocer pues sólo espiritualmente pueden ser juzgadas.
15 En cambio, el hombre de espíritu lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarle.
16 Porque ¿quién conoció la mente del Señor para instruirle? Pero nosotros tenemos la mente de Cristo.
Reflexión del capítulo 2
Pablo recuerda su llegada a Corinto: no se presentó con discursos brillantes ni con prestigio humano, sino débil, tímido y tembloroso, decidido a no saber otra cosa que a Jesucristo crucificado. Su palabra no se apoyaba en la elocuencia, sino en la demostración del Espíritu y del poder, para que la fe de los corintios se fundara en Dios y no en la sabiduría de los hombres. Sin embargo, anuncia que existe una sabiduría verdadera: la que Dios tenía escondida desde antes de los siglos, desconocida por los príncipes de este mundo, que jamás habrían crucificado al Señor de la gloria si la hubieran conocido. Esa sabiduría nos la revela el Espíritu, que sondea hasta las profundidades de Dios, y que nos permite conocer lo que ni el ojo vio ni el oído oyó: lo que Dios preparó para los que le aman.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy puedes dejar de apoyar tu fe en argumentos o en el aplauso de los demás, y apoyarla en la oración humilde. Dedica unos minutos a invocar al Espíritu Santo pidiendo luz para una decisión concreta, y acepta que hay misterios que solo se comprenden de rodillas.
Oración
Espíritu de Dios, que sondeas las profundidades del Padre: ilumina mi inteligencia y mi corazón, para que conozca y ame a Cristo crucificado más que a ninguna otra sabiduría. Amén.
Acerca del libro de I Corintios
La Primera carta a los Corintios es uno de los documentos más vivos del Nuevo Testamento, porque nos deja entrar en la vida real de una comunidad cristiana naciente. Pablo fundó la Iglesia de Corinto hacia el año 51, durante su segundo viaje misionero, y les escribe desde Éfeso unos años después. Corinto era una ciudad portuaria próspera, cosmopolita y profundamente pagana, cruzada por comerciantes, marineros y filósofos. Allí, entre conversos de toda condición, brotaron problemas concretos: divisiones y bandos rivales, escándalos morales, pleitos llevados ante tribunales paganos, dudas sobre el matrimonio y el celibato, desórdenes en la celebración de la Eucaristía, rivalidad por los carismas y, sobre todo, una fe vacilante en la resurrección.
Pablo responde a cada cuestión sin perder de vista el centro: Jesucristo crucificado y resucitado. La carta articula temas que siguen alimentando la fe católica: la cruz como verdadera sabiduría de Dios, el cuerpo como templo del Espíritu Santo, la libertad cristiana que se limita por amor a los débiles, la dignidad del matrimonio y del celibato, la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la diversidad de carismas al servicio de un solo Cuerpo místico, el himno a la caridad y la esperanza firme de la resurrección. Leer a los Corintios es reconocer en sus preguntas las nuestras, y escuchar la respuesta de un pastor que quiere una comunidad unida, santa y misionera, edificada sobre el único cimiento que es Cristo.
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