I Corintios

Nuevo Testamento | 16 capítulos | 437 versículos

1 Cor

Capítulo 3

1 Yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo.

2 Os di a beber leche y no alimento sólido, pues todavía no lo podíais soportar. Ni aun lo soportáis al presente;

3 pues todavía sois carnales. Porque, mientras haya entre vosotros envidia y discordia ¿no es verdad que sois carnales y vivís a lo humano?

4 Cuando dice uno «Yo soy de Pablo», y otro «Yo soy de Apolo», ¿no procedéis al modo humano?

5 ¿Qué es, pues Apolo? ¿Qué es Pablo?... ¡Servidores, por medio de los cuales habéis creído!, y cada uno según lo que el Señor le dio.

6 Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento.

7 De modo que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer.

8 Y el que planta y el que riega son una misma cosa; si bien cada cual recibirá el salario según su propio trabajo,

9 ya que somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificación de Dios.

10 Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como buen arquitecto, puse el cimiento, y otro construye encima. ¡Mire cada cual cómo construye!

11 Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo.

12 Y si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja,

13 la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego. Y la calidad de la obra de cada cual, la probará el fuego.

14 Aquél, cuya obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa.

15 Mas aquél, cuya obra quede abrasada, sufrirá el daño. El, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego.

16 ¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?

17 Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario.

18 ¡Nadie se engañe! Si alguno entre vosotros se cree sabio según este mundo, hágase necio, para llegar a ser sabio;

19 pues la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios. En efecto, dice la Escritura: El que prende a los sabios en su propia astucia.

20 Y también: El Señor conoce cuán vanos son los pensamientos de los sabios.

21 Así que, no se gloríe nadie en los hombres, pues todo es vuestro:

22 ya sea Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, todo es vuestro;

23 y vosotros, de Cristo y Cristo de Dios.

Reflexión del capítulo 3

Pablo lamenta que los corintios, a causa de sus envidias y discordias, se comporten como carnales, y les dice que solo pudo darles leche, no alimento sólido, porque aún no lo soportaban. Y vuelve sobre los bandos: cuando uno dice yo soy de Pablo y otro yo soy de Apolo, ¿no están actuando al modo humano? Los servidores no son nada por sí mismos: Pablo plantó, Apolo regó, pero fue Dios quien dio el crecimiento. Somos colaboradores de Dios, y la comunidad es su campo y su edificación. Por eso advierte que nadie puede poner otro cimiento que Jesucristo, y que cada uno construye encima con oro y piedras preciosas o con madera, heno y paja. El Día lo revelará todo, porque el fuego probará la calidad de cada obra. Y culmina con una verdad sobrecogedora: ustedes son santuario de Dios, y el Espíritu de Dios habita en ustedes.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Pregúntate con qué materiales estás construyendo tu vida y tu servicio: ¿con paciencia, verdad y caridad, o con prisa, apariencia y protagonismo? Hoy elige una obra oculta y bien hecha, sin buscar reconocimiento, sabiendo que solo Dios da el crecimiento.

Oración

Señor, tú eres el único cimiento de mi vida. Purifica lo que construyo y hazme humilde y fiel, para que mi obra resista el fuego y tú seas glorificado en tu santuario. Amén.

Acerca del libro de I Corintios

La Primera carta a los Corintios es uno de los documentos más vivos del Nuevo Testamento, porque nos deja entrar en la vida real de una comunidad cristiana naciente. Pablo fundó la Iglesia de Corinto hacia el año 51, durante su segundo viaje misionero, y les escribe desde Éfeso unos años después. Corinto era una ciudad portuaria próspera, cosmopolita y profundamente pagana, cruzada por comerciantes, marineros y filósofos. Allí, entre conversos de toda condición, brotaron problemas concretos: divisiones y bandos rivales, escándalos morales, pleitos llevados ante tribunales paganos, dudas sobre el matrimonio y el celibato, desórdenes en la celebración de la Eucaristía, rivalidad por los carismas y, sobre todo, una fe vacilante en la resurrección.

Pablo responde a cada cuestión sin perder de vista el centro: Jesucristo crucificado y resucitado. La carta articula temas que siguen alimentando la fe católica: la cruz como verdadera sabiduría de Dios, el cuerpo como templo del Espíritu Santo, la libertad cristiana que se limita por amor a los débiles, la dignidad del matrimonio y del celibato, la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la diversidad de carismas al servicio de un solo Cuerpo místico, el himno a la caridad y la esperanza firme de la resurrección. Leer a los Corintios es reconocer en sus preguntas las nuestras, y escuchar la respuesta de un pastor que quiere una comunidad unida, santa y misionera, edificada sobre el único cimiento que es Cristo.

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