II Reyes
Antiguo Testamento | 25 capítulos | 718 versículos
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Capítulo 10 de 25Capítulo 10
1 Tenía Ajab setenta hijos en Samaría. Escribió Jehú cartas y las envió a Samaría, a los jefes de la ciudad, a los ancianos y a los preceptores de los hijos de Ajab diciendo:
2 «Así que esta carta llegue a vosotros, como están con vosotros los hijos de vuestro señor y tenéis carros, caballos, una ciudad fuerte y armas,
3 ved quién es el mejor y más justo de los hijos de vuestro señor y ponedle en el trono de su padre y pelead por la casa de vuestro señor.»
4 Pero ellos tuvieron grandísimo temor y dijeron: «Los dos reyes no pudieron sostenerse ante él. ¿Cómo podremos resistir nosotros?»
5 El mayordomo de palacio, el comandante de la ciudad, los ancianos y los preceptores enviaron a decir a Jehú: « Somos siervos tuyos; haremos cuanto nos digas; no proclamaremos rey a nadie; haz lo que parezca bien a tus ojos.»
6 Les envió una segunda carta diciendo: «Si estáis por mí y escucháis mi voz, tomad a los jefes de los hombres de la casa de vuestro señor y venid a mí mañana a esta hora, a Yizreel.» (Los setenta hijos del rey estaban con los magnates de la ciudad que los criaban.)
7 En llegando la carta, tomaron a los hijos del rey y degollaron a los setenta, pusieron sus cabezas en cestas y se las enviaron a Yizreel.
8 Entró el mensajero y le avisó diciendo: «Han hecho traer las cabezas de los hijos del rey.» Respondió: «Ponedlas en dos montones a la entrada de la puerta, hasta la mañana.»
9 Por la mañana salió, se presentó y dijo a todo el pueblo: «Sed justos. Yo he conspirado contra mi señor y le he matado, pero ¿quién ha matado a todos éstos?
10 Sabed, pues, que no caerá en tierra ninguna de las palabras que Yahveh dijo contra la casa de Ajab: Yahveh ha hecho lo que dijo por boca de su siervo Elías.»
11 Y Jehú mató a todos los que quedaban de la casa de Ajab en Yizreel, a todos sus magnates, sus familiares, sus sacerdotes, sin dejar ni uno con vida.
12 Se levantó Jehú y entró. Luego partió para Samaría y, estando de camino en Bet Equed de los Pastores,
13 encontró Jehú a los hermanos de Ocozías, rey de Judá, y preguntó: «¿Quiénes sois vosotros?» Ellos respondieron: «Somos los hermanos de Ocozías y bajamos a saludar a los hijos del rey y a los hijos de la reina.»
14 Dijo él: «Prendedlos vivos.» Los prendieron vivos, y los degolló en la cisterna de Bet Equed, 42 hombres, y no dejó ni uno de ellos.
15 Partió de allí y encontró a Yonadab, hijo de Rekab, que le salía al encuentro; le saludó y le dijo: «¿Es tu corazón tan recto como el mío para el tuyo?» Respondió Yonadab: «Lo es.» «Si lo es, dame tu mano.» Yonadab le dio la mano, y él le hizo subir a su carro.
16 Y le dijo: «Sube conmigo y verás mi celo por Yahveh»; y le llevó en su carro.
17 Entró en Samaría y mató a todos los supervivientes de Ajab en Samaría, hasta exterminarlos, según la palabra que había dicho Yahveh a Elías.
18 Reunió Jehú a todo el pueblo y les dijo: «Ajab sirvió a Baal un poco, Jehú le servirá mucho,
19 así que llamadme a todos los profetas de Baal, y a todos sus sacerdotes, sin que falte ninguno, porque tengo que hacer un gran sacrificio a Baal; todo el que falte morirá.» Jehú obraba con astucia para hacer perecer a los servidores de Baal.
20 Dijo Jehú: «Convocad una reunión santa para Baal.» Ellos la convocaron.
21 Envió Jehú mensajeros por todo Israel y vinieron todos los siervos de Baal, no quedó nadie sin venir. Entraron en el templo de Baal quedando lleno el templo de punta a cabo.
22 Dijo al encargado del vestuario: «Saca los vestidos para todos los servidores de Baal.» El hizo sacar los vestidos para ellos.
23 Jehú vino con Yonadab, hijo de Rekab, al templo de Baal y dijo a los fieles de Baal: «Investigad y ved no haya aquí entre vosotros algún siervo de Yahveh, sino tan sólo siervos de Baal.»
24 Y entró para hacer los sacrificios y los holocaustos. Pero Jehú había colocado fuera ochenta hombres y dijo: « El que deje escapar a uno de los hombres que yo voy a entregar en vuestras manos, responderá con su vida.»
25 Cuando hubo acabado de hacer el holocausto, dijo Jehú a la guardia y a los escuderos: «Entrad y matadles. Que nadie salga.» La guardia y los escuderos entraron, los pasaron a filo de espada y llegaron hasta el santuario del templo de Baal.
26 Sacaron el cipo del templo de Baal y lo quemaron.
27 Derribaron el altar de Baal, demolieron el templo de Baal, y lo convirtieron en cloaca hasta el día de hoy.
28 Jehú exterminó a Baal de Israel.
29 Pero Jehú no se apartó de los pecados con que Jeroboam, hijo de Nebat, hizo pecar a Israel, los becerros de oro de Betel y de Dan.
30 Dijo Yahveh a Jehú: «Porque te has portado bien haciendo lo recto a mis ojos y has hecho a la casa de Ajab según todo lo que yo tenía en mi corazón, tus hijos hasta la cuarta generación se sentarán sobre el trono de Israel.»
31 Pero Jehú no guardó el camino de la ley de Yahveh, Dios de Israel, con todo su corazón, no se apartó de los pecados con que Jeroboam hizo pecar a Israel.
32 En aquellos días comenzó Yahveh a cercenar a Israel, y Jazael batió todas las fronteras de Israel,
33 desde el Jordán al sol levante, todo el país de Galaad, de los gaditas, de los rubenitas, de Manasés, desde Aroer, sobre el torrente Arnón, Galaad y Basán.
34 El resto de los hechos de Jehú, todo cuanto hizo, toda su bravura ¿no está escrito en el libro de los Anales de los reyes de Israel?
35 Se acostó Jehú con sus padres y le sepultaron en Samaría, y su hijo Joacaz reinó en su lugar.
36 Los días que Jehú reinó sobre Israel fueron veintiocho años en Samaría.
Reflexión del capítulo 10
Jehú continúa la obra que se le encomendó: reúne a los setenta hijos de Ajab, que son ejecutados, y después convoca a todos los adoradores de Baal con una astucia engañosa, y los elimina, destruyendo el templo y la imagen del dios fenicio. El capítulo reconoce que Jehú cumplió lo que Dios le había mandado contra la casa de Ajab, y por eso su dinastía durará varias generaciones. Pero añade una frase decisiva: Jehú no se cuidó de caminar con todo el corazón en la ley del Señor, y mantuvo los becerros de oro que Jeroboam había levantado en Betel y Dan. Es decir, quitó un ídolo pero conservó otros, porque le convenían. Aquí está la lección más honda del capítulo: no basta con eliminar el mal evidente si dejamos en pie los ídolos que nos resultan cómodos. La conversión a medias no transforma la vida. Dios no pide gestos aislados, sino un corazón entero, coherente, dispuesto a dejarlo todo por Él.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Examina hoy si tienes ídolos cómodos: cosas o costumbres que sabes que te apartan de Dios pero que no quieres soltar porque te resultan útiles o agradables. Elige uno y da un paso concreto para dejarlo. No te conformes con quitar solo lo que es fácil: pide a Dios un corazón entero y coherente. Dios no se contenta con cambios parciales, sino que quiere transformar todo el corazón.
Oración
Señor, tú que pides un corazón entero y no a medias, muéstranos los ídolos que aún conservamos por comodidad. Danos valentía para dejarlos y un amor sincero que no se conforme con una conversión superficial. Amén.
Acerca del libro de II Reyes
El Segundo Libro de los Reyes continúa el relato comenzado en el primero y abarca varios siglos de historia, desde los últimos días del profeta Elías hasta la caída de Jerusalén y el destierro de Babilonia. La tradición judía lo atribuye a un profeta o a un círculo profético, y su redacción definitiva se sitúa durante el destierro, cuando el pueblo, despojado de su tierra y de su templo, necesitaba entender qué había ocurrido y por qué. El libro responde con una lectura teológica de la historia: la ruina no fue un accidente ni un simple juego de imperios, sino la consecuencia de haber abandonado la alianza con Dios.
La primera parte está dominada por la figura de Eliseo, heredero de Elías, cuyos milagros acompañan la vida de los sencillos: una viuda endeudada, una mujer sin hijos, un general enfermo, unos profetas hambrientos. En medio de reyes que se suceden y se enfrentan, la presencia de Dios se manifiesta en gestos de compasión y de poder. Después el relato se detiene en los reinados de Judá e Israel, en la predicación de los profetas y en la ruina anunciada: primero cae Samaria ante Asiria, y más tarde Jerusalén ante Babilonia, con el templo incendiado y el pueblo deportado.
Los grandes temas del libro son la fidelidad de Dios frente a la infidelidad humana, la responsabilidad de los gobernantes, el valor de la palabra profética y la esperanza que sobrevive al desastre, simbolizada en el último rey liberado en Babilonia. Para el católico, los Reyes son una advertencia y un consuelo: la fidelidad se construye con decisiones concretas y puede perderse, pero Dios sigue sosteniendo a los suyos incluso en el exilio, y nunca deja sin esperanza a quien se vuelve a Él.
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