II Reyes
Antiguo Testamento | 25 capítulos | 718 versículos
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Capítulo 7 de 25Capítulo 7
1 Dijo Eliseo: «Escucha la palabra de Yahveh: Así dice Yahveh: Mañana a esta hora estará la arroba de flor de harina a siclo, y las dos arrobas de cebada a siclo, en la puerta de Samaría.»
2 El escudero, sobre cuyo brazo se apoyaba el rey, respondió al hombre de Dios y le dijo: «Aunque Yahveh abriera ventanas en el cielo ¿podría ocurrir tal cosa?» Respondió: «Con tus ojos lo verás, pero no lo comerás.»
3 Cuatro hombres que estaban leprosos se hallaban a la entrada de la puerta y se dijeron uno a otro: «¿Por qué estarnos aquí hasta morir?
4 Si decimos: "vamos a entrar en la ciudad", como hay hambre en ella, allí nos moriremos, y si nos quedamos aquí, moriremos igual. Así que vamos a pasarnos al campamento de Aram; si nos dejan vivir, viviremos, y si no matan, moriremos.»
5 Se levantaron al anochecer para ir al campamento de Aram; llegaron hasta el límite del campamento de Aram y no había allí nadie,
6 porque el Señor había hecho oír en el campamento de Aram estrépito de carros, estrépito de caballos y estrépito de un gran ejército, y se dijeron unos a otros: «El rey de Israel ha tomado a sueldo contra nosotros a los reyes de los hititas y a los reyes de Egipto para que vengan contra nosotros.»
7 Se levantaron y huyeron al anochecer abandonando su tiendas, sus caballos y sus asnos, el campamento tal como estaba, y huyeron para salvar sus vidas.
8 Aquellos leprosos llegaron al límite del campamento y, entrando en una tienda, comieron, bebieron y se llevaron de allí plata, oro y vestidos, y fueron a esconderlo. Regresaron y entraron en otra tienda y escondieron lo que de allí se llevaron.
9 Se dijeron uno a otro: «No está bien lo que hacemos; hoy es un día de albricias; y si nosotros estamos callados hasta el lucir de la mañana incurriremos en culpa; así pues, vayamos, entremos y anunciémoslo a la casa del rey.»
10 Llegaron y llamaron a los guardias de la ciudad y se lo anunciaron diciendo: «Hemos ido al campamento de Aram y no hay nadie, ninguna voz de hombre; sólo los caballos atados, los asnos atados y las tiendas intactas.»
11 Llamaron los centinelas y lo comunicaron al interior de la casa del rey.
12 Se levantó el rey de noche y dijo a sus oficiales: «Os voy a decir lo que nos ha hecho Aram; saben que estamos hambrientos, han salido del campamento y se han escondido en el campo pensando: Saldrán de la ciudad, los prenderemos vivos y entraremos en la ciudad.»
13 Uno de los oficiales respondió y dijo: «Que se tomen cinco de los caballos restantes, pues les va a pasar lo que a toda la muchedumbre de Israel que ha perecido; y enviémosles para ver.»
14 Tomaron dos tiros de caballos y los envió el rey en pos de los arameos diciendo: «Id y ved.»
15 Fueron tras ellos hasta el Jordán, y todo el camino estaba lleno de vestidos y objetos que habían arrojado los arameos en su precipitación. Los mensajeros volvieron y se lo communicaron al rey.
16 Salió el pueblo y saqueó el campamento de Aram; la arroba de flor de harina estaba a siclo y las dos arrobas de cebada a siclo, según la palabra de Yahveh.
17 El rey había puesto de vigilancia a la puerta al escudero en cuyo brazo se apoyaba; pero el pueblo le pisoteó en la puerta y murió, según la palabra del hombre de Dios, cuando el rey bajó donde él.
18 Sucedió según la palabra del hombre de Dios al rey cuando dijo: «Mañana a esta hora estarán a siclo las dos arrobas de cebada y a siclo la arroba de flor de harina en la puerta de Samaría.»
19 Respondió el escudero al hombre de Dios diciendo: «Aunque Yahveh abriera ventanas en el cielo, ¿podría ocurrir tal cosa?» Respondió: «Con tus ojos lo verás, pero no lo comerás.»
20 Y así sucedió. El pueblo lo pisoteó en la puerta y murió.
Reflexión del capítulo 7
Samaría está sitiada y el hambre es atroz. Eliseo anuncia que al día siguiente habrá comida abundante a precio irrisorio, pero el escudero del rey se ríe de aquella promesa imposible. El relato da entonces un giro sorprendente: cuatro leprosos, excluidos de la ciudad y condenados a morir, deciden acercarse al campamento arameo, y lo encuentran vacío. Dios había hecho que los enemigos oyeran un estruendo de carros y huyeran, abandonándolo todo. Los leprosos comen y esconden parte del botín, pero pronto se detienen y se dicen unos a otros que no está bien callar aquella buena noticia mientras la ciudad se muere de hambre; y van a anunciarlo. El capítulo es una lección sobre la misericordia de Dios, que salva por caminos inesperados y a través de los más pobres, y sobre la responsabilidad de compartir la buena noticia. Y el escudero incrédulo muere pisoteado en la puerta, sin llegar a comer nada: la falta de fe le costó la vida.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Si has recibido una buena noticia, una ayuda o una gracia, no la guardes para ti: compártela con quien la necesita. Hoy puedes ser el mensajero de una alegría para alguien que está en apuros. Y cuida tu incredulidad: cuando Dios prometa algo grande, no te rías por dentro, sino prepara tu corazón para recibirlo. Compartir la buena noticia es parte inseparable de haberla recibido.
Oración
Señor, tú que salvas por caminos que no imaginamos, danos un corazón agradecido y generoso para compartir lo que hemos recibido. Líbranos de la incredulidad que cierra las puertas a tus dones y haznos anunciar con alegría tu bondad. Amén.
Acerca del libro de II Reyes
El Segundo Libro de los Reyes continúa el relato comenzado en el primero y abarca varios siglos de historia, desde los últimos días del profeta Elías hasta la caída de Jerusalén y el destierro de Babilonia. La tradición judía lo atribuye a un profeta o a un círculo profético, y su redacción definitiva se sitúa durante el destierro, cuando el pueblo, despojado de su tierra y de su templo, necesitaba entender qué había ocurrido y por qué. El libro responde con una lectura teológica de la historia: la ruina no fue un accidente ni un simple juego de imperios, sino la consecuencia de haber abandonado la alianza con Dios.
La primera parte está dominada por la figura de Eliseo, heredero de Elías, cuyos milagros acompañan la vida de los sencillos: una viuda endeudada, una mujer sin hijos, un general enfermo, unos profetas hambrientos. En medio de reyes que se suceden y se enfrentan, la presencia de Dios se manifiesta en gestos de compasión y de poder. Después el relato se detiene en los reinados de Judá e Israel, en la predicación de los profetas y en la ruina anunciada: primero cae Samaria ante Asiria, y más tarde Jerusalén ante Babilonia, con el templo incendiado y el pueblo deportado.
Los grandes temas del libro son la fidelidad de Dios frente a la infidelidad humana, la responsabilidad de los gobernantes, el valor de la palabra profética y la esperanza que sobrevive al desastre, simbolizada en el último rey liberado en Babilonia. Para el católico, los Reyes son una advertencia y un consuelo: la fidelidad se construye con decisiones concretas y puede perderse, pero Dios sigue sosteniendo a los suyos incluso en el exilio, y nunca deja sin esperanza a quien se vuelve a Él.
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