I Reyes

Antiguo Testamento | 22 capítulos | 815 versículos

1 Re

Capítulo 1

1 Era ya viejo el rey David y entrado en años; le cubrían con vestidos pero no entraba en calor.

2 Sus servidores le dijeron: «Que se busque para mi señor el rey una joven virgen que sirva al rey, y le atienda; que duerma en tu seno y dé calor a mi señor el rey.»

3 Se buscó una muchacha hermosa por todos los términos de Israel y encontraron a Abisag la sunamita, y la llevaron al rey.

4 La joven era extraordinariamente bella; cuidaba y servía al rey, pero el rey no la conoció.

5 Mientras tanto Adonías, hijo de Jagguit, se gloriaba diciendo: «Yo seré rey.» Se había hecho con un carro y hombres de carro y cincuenta hombres que corrían ante él.

6 Nunca en su vida le había disgustado su padre diciendo: «¿Por qué haces esto?» Era de muy hermosa presencia y había nacido después de Absalón.

7 Se entendía con Joab, hijo de Sarvia, y con el sacerdote Abiatar, que apoyaban a Adonías.

8 Pero el sacerdote Sadoq, Benaías, hijo de Yehoyadá, el profeta Natán, Semeí, Reí y los valientes de David no estaban con Adonías.

9 Adonías hizo un sacrificio de ovejas, bueyes y vacas cebadas en la Piedra de Zojélet, que está junto a la fuente de Roguel, e invitó a todos sus hermanos, los hijos del rey, y a todos los hombres de Judá, servidores del rey,

10 pero no invitó al profeta Natán ni a Benaías ni a los valientes ni a Salomón su hermano.

11 Dijo Natán a Betsabé, madre de Salomón: «¿No has oído que Adonías, hijo de Jagguit, se hace el rey sin saberlo David nuestro señor?

12 Ahora voy a darte un consejo para que salves tu vida y la vida de tu hijo Salomón.

13 Vete y entra donde el rey David y dile: "Acaso tú, rey mi señor, no has jurado a tu sierva: Salomón tu hijo reinará después de mí y él se sentará en mi trono? ¿Pues por qué Adonías se hace el rey?"

14 Y mientras estés tú allí hablando con el rey, entraré yo detrás de ti y completaré tus palabras.»

15 Entró Betsabé donde el rey, en la alcoba; el rey era muy anciano, y Abisag la sunamita servía al rey .

16 Arrodillóse Betsabé y se postró ante el rey; el rey dijo: «¿Qué te pasa?»

17 Ella le dijo: «Mi señor, tú has jurado a tu sierva por Yahveh tu Dios: "Salomón tu hijo reinará después de mí y él se sentará en mi trono."

18 Pero ahora es Adonías el que se hace el rey, sin que tú, mi señor el rey, lo sepas.

19 Ha sacrificado bueyes, vacas cebadas y ovejas en abundancia, invitando a todos los hijos del rey, al sacerdote Abiatar y a Joab, jefe del ejército, pero no ha invitado a tu siervo Salomón.

20 Ahora, mi señor el rey, los ojos de todo Israel te miran para que les indiques quién ha de sentarse en el trono de mi señor el rey, después de él.

21 Y ocurrirá que, cuando mi señor el rey se acueste con sus padres, yo y mi hijo Salomón seremos tratados como culpables.»

22 Estaba ella hablando con el rey cuando llegó el profeta Natán.

23 Avisaron al rey: «Está aquí el profeta Natán.» Entró donde el rey y se postró sobre su rostro en tierra ante el rey.

24 Dijo Natán: «Rey mi señor: ¿es que tú has dicho: "Adonías reinará después de mí y él será el que se siente sobre mi trono?"

25 Porque ha bajado hoy a sacrificar bueyes, vacas cebadas y ovejas en abundancia, invitando a todos los hijos del rey, a los jefes del ejército y al sacerdote Abiatar; están ahora comiendo y bebiendo en su presencia y gritan: "Viva el rey Adonías."

26 Pero yo, tu siervo, y el sacerdote Sadoq y Benaías, hijo de Yehoyadá, y tu siervo Salomón no hemos sido invitados.

27 ¿Es que viene esto de orden de mi señor el rey, y no has dado a conocer a tus siervos quién se sentará después de él en el trono de mi señor el rey?»

28 El rey David respondió diciendo: «Llamadme a Betsabé.» Entró ella donde el rey y se quedó ante él.

29 El rey hizo este juramento: «Vive Yahveh que libró mi alma de toda angustia,

30 que como te juré por Yahveh, Dios de Israel, diciendo: Salomón tu hijo reinará después de mí, y él se sentará sobre mi trono en mi lugar, así lo haré hoy mismo.»

31 Se arrodilló Betsabé rostro en tierra, se postró ante el rey y dijo: «Viva por siempre mi señor el rey David.»

32 Dijo el rey David: «Llamadme al sacerdote Sadoq, al profeta Natán y a Benaías, hijo de Yehoyadá.» Y entraron a presencia del rey.

33 El rey les dijo: «Tomad con vosotros a los veteranos de vuestro señor, haced montar a mi hijo Salomón sobre mi propia mula y bajadle a Guijón.

34 El sacerdote Sadoq y el profeta Natán le ungirán allí como rey de Israel, tocaréis el cuerno y gritaréis: "Viva el rey Salomón."

35 Subiréis luego detrás de él, y vendrá a sentarse sobre mi trono y él reinará en mi lugar, porque le pongo como caudillo de Israel y Judá.»

36 Benaías, hijo de de Yehoyadá, respondió al rey: «Amén. Así habla Yahveh, Dios de mi señor el rey.

37 Como ha estado Yahveh con mi señor el rey, así esté con Salomón y haga su trono más grande que el trono de mi señor el rey David.»

38 Bajaron el sacerdote Sadoq, el profeta Natán, Benaías, hijo de Yehoyadá, los kereteos y los peleteos, e hicieron montar a Salomón sobre la mula del rey David y le llevaron a Guijón.

39 El sacerdote Sadoq tomó de la Tienda el cuerno del aceite y ungió a Salomón, tocaron el cuerno y todo el pueblo gritó: «Viva el rey Salomón.»

40 Subió después todo el pueblo detrás de él; la gente tocaba las flautas y manifestaba tan gran alegría que la tierra se hendía con sus voces.

41 Lo oyó Adonías y todos los invitados que con él estaban cuando habían acabado de comer; oyó Joab el sonido del cuerno y dijo: «¿Por qué este ruido de la ciudad alborotada?»

42 Estaba todavía hablando cuando llegó Jonatán, hijo del sacerdote Abiatar; y Adonías le dijo: «Ven, pues eres un hombre valeroso y traerás buenas noticias.»

43 Jonatán respondió a Adonías: «Todo lo contrario. Nuestro señor el rey David ha proclamado rey a Salomón.

44 El rey ha enviado con él al sacerdote Sadoq, al profeta Natán, a Benaías, hijo de Yehoyadá, a los kereteos y peleteos, y le han hecho montar sobre la mula del rey.

45 El sacerdote Sadoq y el profeta Natán le han ungido rey en Guijón; han subido de allí llenos de gozo; la ciudad está alborotada; y ése es el tumulto que habéis oído.

46 Más aún, Salomón se ha sentado en el trono real,

47 y los servidores del rey han ido a felicitar a nuestro rey David diciendo: Que tu Dios haga el nombre de Salomón más dichoso que tu propio nombre y haga su trono más grande que tu trono. El rey se ha prosternado en su lecho,

48 y ha dicho así: "Bendito Yahveh, Dios de Israel, que ha permitido que un descendiente mío se siente hoy sobre mi trono y que mis ojos lo vean."»

49 Todos los invitados que estaban con Adonías temieron y, levantándose, se fueron cada uno por su camino.

50 Adonías tuvo miedo de Salomón; se levantó y se fue y se agarró a los cuernos del altar.

51 Avisaron a Salomón: «Mira que Adonías tiene miedo del rey Salomón y se ha agarrado a los cuernos del altar diciendo: Que el rey Salomón me jure desde hoy que su servidor no morirá a espada.»

52 Dijo Salomón: «Si es hombre honrado, no caerá en tierra ni uno de sus cabellos, pero si se halla maldad en él, morirá.»

53 El rey Salomón mandó que lo bajaran de junto al altar; entró y se postró ante el rey Salomón, y Salomón le dijo: Vete a tu casa.»

Reflexión del capítulo 1

El libro se abre con un rey viejo y cansado. David, el pastor que venció a Goliat, ya no entra en calor, y mientras su cuerpo se apaga, la ambición se enciende en la corte. Adonías, hijo de Jagguit, se proclama rey por su cuenta: se hace con carros, caballos y cincuenta hombres que corren delante de él, y ofrece un sacrificio al que invita a todos menos a Salomón, al profeta Natán y a los valientes de David. La sucesión se juega entre la maniobra humana y la promesa divina.

Lo decisivo del capítulo es cómo Dios sostiene su plan a través de personas frágiles y valientes. Natán, el profeta, y Betsabé, la madre, se ponen de acuerdo para recordar al rey su juramento. No conspiran por ambición personal, sino para que se cumpla la palabra dada. Y David, aun anciano, reacciona con firmeza: ordena ungir a Salomón en Guijón, y el pueblo grita hasta hendir la tierra.

Hay en el relato un contraste que ilumina toda la historia: Adonías se hace rey a sí mismo en un banquete cerrado, mientras Salomón recibe la unción de manos del sacerdote y del profeta. El poder que se toma por la fuerza se desmorona al primer rumor del cuerno; el que se recibe como don y servicio, se consolida. La escena anticipa el criterio de todo el libro: Dios no bendice la ambición, sino la fidelidad.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Examina hoy si buscas algún puesto, reconocimiento o responsabilidad por ambición propia o como un servicio real a los demás. Antes de dar un paso importante, consulta a Dios en la oración y pide consejo a alguien sabio, como David escuchó a Natán. Y si te toca sostener el derecho de otro, no calles por una prudencia mal entendida: la verdad se defiende con respeto, pero sin cobardía.

Oración

Señor, tú que guías la historia y eliges a los humildes: líbranos de la ambición que se sirve a sí misma. Danos la valentía de Natán y la fidelidad de Betsabé para defender tu voluntad, y un corazón que busque servir y no dominar. Amén.

Acerca del libro de I Reyes

El Primer Libro de los Reyes continúa la historia de Israel desde la muerte de David hasta el reinado de Ocozías. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de los Reyes, y abarca aproximadamente cuatro siglos, desde el esplendor de Salomón hasta los umbrales del destierro. Narra la construcción del Templo de Jerusalén, la división del reino en dos —Israel al norte y Judá al sur— y la irrupción de los grandes profetas Elías y Eliseo en un tiempo de idolatría y crisis.

El autor escribe desde la tradición deuteronomista: juzga a cada rey con un único criterio, la fidelidad a la alianza con Yahveh. Por eso el libro no es una crónica neutral, sino una lectura creyente de la historia, en la que la prosperidad sigue a la obediencia y la ruina a la apostasía. Los reyes son medidos por su corazón, no por sus victorias.

Sus grandes temas son la presencia de Dios en medio de su pueblo, la tentación constante de la idolatría, y la voz de los profetas como conciencia viva de la nación. El Templo de Jerusalén, morada del Nombre de Dios, ocupa el centro de la primera mitad; el enfrentamiento de Elías con los profetas de Baal en el Carmelo, el de la segunda.

Para la fe católica, estos relatos iluminan la historia de la salvación. El Templo prefigura a Cristo, presencia definitiva de Dios entre los hombres; la voz de Elías en el Horeb enseña que Dios habla en la brisa suave y no en el estruendo; y el conflicto entre la fe y la idolatría sigue interpelando a cada generación, también a la nuestra.

Compartir

Enlace copiado