I Reyes

Antiguo Testamento | 22 capítulos | 815 versículos

1 Re

Capítulo 17

1 Elías tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab: «Vive Yahveh, Dios de Israel, a quien sirvo. No habrá estos años rocío ni lluvia más que cuando mi boca lo diga.»

2 Fue dirigida la palabra de Yahveh a Elías diciendo:

3 «Sal de aquí, dirígete hacia oriente y escóndete en el torrente de Kerit que está al este del Jordán.

4 Beberás del torrente y encargaré a los cuervos que te sustenten allí.»

5 Hizo según la palabra de Yahveh, y se fue a vivir en el torrente de Kerit que está al este del Jordán.

6 Los cuervos le llevaban pan por la mañana y carne por la tarde, y bebía del torrente.

7 Al cabo de los días se secó el torrente, porque no había lluvia en el país.

8 Le fue dirigida la palabra de Yahveh a Elías diciendo:

9 «Levántate y vete a Sarepta de Sidón y quédate allí, pues he ordenado a una mujer viuda de allí que te dé de comer.»

10 Se levantó y se fue a Sarepta. Cuando entraba por la puerta de la ciudad había allí una mujer viuda que recogía leña. La llamó Elías y dijo: «Tráeme, por favor, un poco de agua para mí en tu jarro para que pueda beber.»

11 Cuando ella iba a traérsela, le gritó: «Tráeme, por favor, un bocado de pan en tu mano.»

12 Ella dijo: «Vive Yahveh tu Dios, no tengo nada de pan cocido: sólo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la orza. Estoy recogiendo dos palos, entraré y lo prepararé para mí y para mi hijo, lo comeremos y moriremos.»

13 Pero Elías le dijo: «No temas. Entra y haz como has dicho, pero primero haz una torta pequeña para mí y tráemela, y luego la harás para ti y para tu hijo.

14 Porque así habla Yahveh, Dios de Israel: No se acabará la harina en la tinaja, no se agotará el aceite en la orza hasta el día en que Yahveh conceda la lluvia sobre la haz de la tierra.

15 Ella se fue e hizo según la palabra de Elías, y comieron ella, él y su hijo.

16 No se acabó la harina en la tinaja ni se agotó el aceite en la orza, según la palabra que Yahveh había dicho por boca de Elías.

17 Después de estas cosas, el hijo de la dueña de la casa cayó enfermo, y la enfermedad fue tan recia que se quedó sin aliento.

18 Entonces ella dijo a Elías: «¿Qué hay entre tú y yo, hombre de Dios? ¿Es que has venido a mí para recordar mis faltas y hacer morir a mi hijo?»

19 Elías respondió: «Dame tu hijo.» El lo tomó de su regazo y subió a la habitación de arriba donde él vivía, y lo acostó en su lecho;

20 después clamó a Yahveh diciendo: «Yahveh, Dios mío, ¿es que también vas a hacer mal a la viuda en cuya casa me hospedo, haciendo morir a su hijo?»

21 Se tendió tres veces sobre el niño, invocó a Yahveh y dijo: «Yahveh, Dios mío, que vuelva, por favor, el alma de este niño dentro de él.»

22 Yahveh escucho la voz de Elías, y el alma del niño volvió a el y revivió.

23 Tomó Elías al niño, lo bajó de la habitación de arriba de la casa y se lo dio a su madre. Dijo Elías: «Mira, tu hijo vive.»

24 La mujer dijo a Elías: «Ahora sí que he conocido bien que eres un hombre de Dios, y que es verdad en tu boca la palabra de Yahveh.»

Reflexión del capítulo 17

Aparece Elías, el tesbita, uno de los grandes profetas de Israel, y lo hace con una palabra que detiene el cielo: «No habrá estos años rocío ni lluvia más que cuando mi boca lo diga». Es un enfrentamiento directo con el culto de Baal, el dios de la lluvia y de la fertilidad que Ajab y Jezabel han entronizado. Yahveh muestra así quién es el verdadero dueño de la vida y de la naturaleza.

El capítulo narra después dos experiencias de providencia. Primero, Elías se esconde en el torrente de Kerit, y los cuervos le llevan pan por la mañana y carne por la tarde. Después, Dios lo envía a Sarepta de Sidón, tierra pagana, a casa de una viuda pobre que solo tiene un puñado de harina y un poco de aceite, y que se prepara para morir con su hijo. Elías le pide primero una torta para él, y le asegura que la harina y el aceite no se acabarán. La mujer se fía de su palabra.

La segunda parte narra la resurrección del hijo de la viuda. El niño enferma y muere, y la madre reprocha al profeta. Elías lo sube a su habitación, se tiende tres veces sobre él y clama a Yahveh; y el alma del niño vuelve a él. La mujer exclama: «Ahora sí que he conocido que eres un hombre de Dios». Dios se revela en la debilidad de una viuda extranjera.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Cuando te falte lo necesario, no desesperes: da el primer paso de confianza, como la viuda que compartió lo poco que tenía antes de ver el milagro. Y si alguien te pide ayuda en su necesidad, no esperes a tener de sobra; comparte desde lo que tienes. La providencia de Dios suele pasar por manos humanas, y puede pasar por las tuyas.

Oración

Señor, que alimentas a los cuervos y multiplicas la harina de los pobres: enséñanos a confiar en tu providencia y a compartir lo poco que tenemos. Que tu poder se manifieste en nuestra debilidad y en nuestra intercesión. Amén.

Acerca del libro de I Reyes

El Primer Libro de los Reyes continúa la historia de Israel desde la muerte de David hasta el reinado de Ocozías. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de los Reyes, y abarca aproximadamente cuatro siglos, desde el esplendor de Salomón hasta los umbrales del destierro. Narra la construcción del Templo de Jerusalén, la división del reino en dos —Israel al norte y Judá al sur— y la irrupción de los grandes profetas Elías y Eliseo en un tiempo de idolatría y crisis.

El autor escribe desde la tradición deuteronomista: juzga a cada rey con un único criterio, la fidelidad a la alianza con Yahveh. Por eso el libro no es una crónica neutral, sino una lectura creyente de la historia, en la que la prosperidad sigue a la obediencia y la ruina a la apostasía. Los reyes son medidos por su corazón, no por sus victorias.

Sus grandes temas son la presencia de Dios en medio de su pueblo, la tentación constante de la idolatría, y la voz de los profetas como conciencia viva de la nación. El Templo de Jerusalén, morada del Nombre de Dios, ocupa el centro de la primera mitad; el enfrentamiento de Elías con los profetas de Baal en el Carmelo, el de la segunda.

Para la fe católica, estos relatos iluminan la historia de la salvación. El Templo prefigura a Cristo, presencia definitiva de Dios entre los hombres; la voz de Elías en el Horeb enseña que Dios habla en la brisa suave y no en el estruendo; y el conflicto entre la fe y la idolatría sigue interpelando a cada generación, también a la nuestra.

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