I Reyes

Antiguo Testamento | 22 capítulos | 815 versículos

1 Re

Capítulo 19

1 Ajab refirió a Jezabel cuanto había hecho Elías y cómo había pasado a cuchillo a todos los profetas.

2 Envió Jezabel un mensajero a Elías diciendo: «Que los dioses me hagan esto y me añaden esto otro si mañana a estas horas no he puesto tu alma igual que el alma de uno de ellos.»

3 El tuvo miedo, se levantó y se fue para salvar su vida. Llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su criado.

4 El caminó por el desierto una jornada de camino, y fue a sentarse bajo una retama. Se deseó la muerte y dijo: «¡Basta ya, Yahveh! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!»

5 Se acostó y se durmió bajo una retama, pero un ángel le tocó y le dijo: «Levántate y come.»

6 Miró y vio a su cabecera una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió y bebió y se volvió a acostar.

7 Volvió segunda vez el ángel de Yahveh, le tocó y le dijo: «Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti.»

8 Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb.

9 Allí entró en la cueva, y pasó en ella la noche. Le fue dirigida la palabra de Yahveh, que le dijo: «¿Qué haces aquí Elías?»

10 El dijo: «Ardo en celo por Yahveh, Dios Sebaot, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela.»

11 Le dijo: «Sal y ponte en el monte ante Yahveh.» Y he aquí que Yahveh pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor.

12 Después del temblor, fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave.

13 Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz que le dijo: «¿Qué haces aquí, Elías?»

14 El respondió: «Ardo en celo por Yahveh, Dios Sebaot, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscam mi vida para quitármela.»

15 Yahveh le dijo: «Anda, vuelve por tu camino hacia el desierto de Damasco. Vete y unge a Jazael como rey de Aram.

16 Ungirás a Jehú, hijo de Nimsí, como rey de Israel, y a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá, le ungirás como profeta en tu lugar.

17 Al que escape a la espada de Jazael le hará morir Jehú, y al que escape a la espada de Jehú, le hará morir Eliseo.

18 Pero me reservaré 7.000 en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal, y todas las bocas que no le besaron.»

19 Partió de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, que estaba arando. Había delante de él doce yuntas y él estaba con la duodécima. Pasó Elías y le echó su manto encima.

20 El abandonó los bueyes, corrió tras de Elías y le dijo: «Déjame ir a besar a mi padre y a mi madre y te seguiré.» Le respondió: «Anda, vuélvete, pues ¿qué te he hecho?»

21 Volvió atrás Eliseo, tomó el par de bueyes y los sacrificó, asó su carne con el yugo de los bueyes y dio a sus gentes, que comieron. Después se levantó, se fue tras de Elías y entró a su servicio.

Reflexión del capítulo 19

El capítulo comienza con la euforia del Carmelo convertida en amenaza: Jezabel jura matar a Elías, y el profeta, que acababa de ver caer fuego del cielo, tiene miedo y huye al desierto. Se sienta bajo una retama y desea morir: «¡Basta ya, Yahveh! Toma mi vida». Es uno de los retratos más humanos de la Escritura: el hombre de Dios, agotado, decepcionado y hundido. La fe no exime del cansancio ni de la desolación.

Y la respuesta de Dios no es un reproche, sino un cuidado tierno y concreto. Un ángel le toca y le dice: «Levántate y come». Le ofrece una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Duerme, y el ángel vuelve por segunda vez: «Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti». Con la fuerza de aquella comida, Elías camina cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

Allí llega la revelación más profunda. Yahveh pasa: hay un huracán que hiende montañas, un temblor, un fuego; pero no está en ellos. Después, el susurro de una brisa suave. Elías cubre su rostro con el manto. Y Dios le da dos cosas: una misión nueva —ungir a Jazael, a Jehú y a Eliseo— y una palabra que deshace su soledad: no está solo, quedan siete mil en Israel cuyas rodillas no se han doblado ante Baal.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Si estás cansado, desanimado o quemado, no te exijas rendimiento: come, descansa y date tiempo, como hizo Dios con Elías bajo la retama. Busca hoy un rato de silencio para escuchar la brisa suave, lejos del ruido. Y recuerda que no estás solo en la fe: hay muchos creyentes fieles que no ves y que sostienen el mundo con su vida escondida.

Oración

Señor, que no hablas en el estruendo sino en la brisa suave: cuida de los que están agotados y desanimados. Aliméntanos, danos descanso y silencio, y devuélvenos la misión y la esperanza de no estar solos. Amén.

Acerca del libro de I Reyes

El Primer Libro de los Reyes continúa la historia de Israel desde la muerte de David hasta el reinado de Ocozías. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de los Reyes, y abarca aproximadamente cuatro siglos, desde el esplendor de Salomón hasta los umbrales del destierro. Narra la construcción del Templo de Jerusalén, la división del reino en dos —Israel al norte y Judá al sur— y la irrupción de los grandes profetas Elías y Eliseo en un tiempo de idolatría y crisis.

El autor escribe desde la tradición deuteronomista: juzga a cada rey con un único criterio, la fidelidad a la alianza con Yahveh. Por eso el libro no es una crónica neutral, sino una lectura creyente de la historia, en la que la prosperidad sigue a la obediencia y la ruina a la apostasía. Los reyes son medidos por su corazón, no por sus victorias.

Sus grandes temas son la presencia de Dios en medio de su pueblo, la tentación constante de la idolatría, y la voz de los profetas como conciencia viva de la nación. El Templo de Jerusalén, morada del Nombre de Dios, ocupa el centro de la primera mitad; el enfrentamiento de Elías con los profetas de Baal en el Carmelo, el de la segunda.

Para la fe católica, estos relatos iluminan la historia de la salvación. El Templo prefigura a Cristo, presencia definitiva de Dios entre los hombres; la voz de Elías en el Horeb enseña que Dios habla en la brisa suave y no en el estruendo; y el conflicto entre la fe y la idolatría sigue interpelando a cada generación, también a la nuestra.

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