I Reyes

Antiguo Testamento | 22 capítulos | 815 versículos

1 Re

Capítulo 3

1 Salomón fue yerno de Faraón, rey de Egipto; tomó la hija de Faraón y la llevó a la Ciudad de David, mientras terminaba de construir su casa, la casa de Yahveh y la muralla en torno a Jerusalén.

2 Con todo, el pueblo ofrecía sacrificios en los altos, porque en aquellos días no había sido aún construida una casa para el Nombre de Yahveh.

3 Salomón amaba a Yahveh y andaba según los preceptos de David su padre, pero ofrecía sacrificios y quemaba incienso en los altos.

4 Fue el rey a Gabaón para ofrecer allí sacrificios, porque aquel es el alto principal. Salomón ofreció mil holocaustos en aquel altar.

5 En Gabaón Yahveh se apareció a Salomón en sueños por la noche. Dijo Dios: «Pídeme lo que quieras que te dé.»

6 Salomón dijo: «Tú has tenido gran amor a tu siervo David mi padre, porque él ha caminado en tu presencia con fidelidad, con justicia y rectitud de corazón contigo. Tú le has conservado este gran amor y le has concedido que hoy se siente en su trono un hijo suyo.

7 Ahora Yahveh mi Dios, tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un niño pequeño que no sabe salir ni entrar.

8 Tu siervo está en medio del pueblo que has elegido, pueblo numeroso que no se puede contar ni numerar por su muchedumbre.

9 Concede, pues, a tu siervo, un corazón que entienda para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal, pues ¿quién será capaz de juzgar a este pueblo tuyo tan grande?»

10 Plugo a los ojos del Señor esta súplica de Salomón,

11 y le dijo Dios: «Porque has pedido esto y, en vez de pedir para ti larga vida, riquezas, o la muerte de tus enemigos, has pedido discernimiento para saber juzgar,

12 cumplo tu ruego y te doy un corazón sabio e inteligente como no lo hubo antes de ti ni lo habrá después.

13 También te concedo lo que no has pedido, riquezas y gloria, como no tuvo nadie entre los reyes.

14 Si andas por mis caminos, guardando mis preceptos y mis mandamientos, como anduvo David tu padre, yo prolongaré tus días.»

15 Se despertó Salomón y era un sueño. Entró en Jerusalén y se puso delante del arca de la alianza del Señor; ofreció holocaustos y sacrificios de comunión y dio un banquete a todos sus servidores.

16 Vinieron por entonces al rey dos prostitutas y se presentaron ante él.

17 Una de las mujeres dijo: «Oyeme, mi señor. Yo y esta mujer vivíamos en una misma casa, y yo he dado a luz, estando ella conmigo en la casa.

18 A los tres días de mi alumbramiento, también dio a luz esta mujer; estábamos juntas, no había ningún extraño con nosotras en la casa, fuera de nosotras dos.

19 El hijo de esa mujer murió una noche, porque ella se había acostado sobre él.

20 Se levantó ella durante la noche y tomó a mi hijo de mi lado, mientras tu sierva dormía, y lo acostó en su regazo, y a su hijo muerto lo acostó en mi regazo.

21 Cuando me levanté por la mañana para dar de mamar a mi hijo, lo hallé muerto; pero fijándome en él por la mañana vi que no era mi hijo, el que yo había dado a luz.»

22 La otra mujer dijo: «No, todo lo contrario, mi hijo es el vivo y tu hijo es el muerto.» Pero la otra replicó: «No; tu hijo es el muerto y mi hijo es el vivo.» Y discutían delante del rey.

23 Dijo el rey: «Esta dice: "Mi hijo es éste, el vivo, y tu hijo es el muerto." Pero la otra dice: "No, tu hijo es el muerto, y mi hijo es el vivo."

24 Dijo el rey: «Traedme una espada.» Llevaron una espada ante el rey.

25 Dijo el rey: «Partid en dos al niño vivo y dad una mitad a una y otra a la otra».

26 La mujer de quien era el niño vivo habló al rey, porque sus entrañas se conmovieron por su hijo, y dijo: «Por favor, mi señor, que le den el niño vivo y que no le maten.» Pero la otra dijo: «No será ni para mí ni para ti: que lo partan.»

27 Respondió el rey: «Entregad a aquélla el niño vivo y no le matéis; ella es la madre.»

28 Todo Israel oyó el juicio que hizo el rey y reverenciaron al rey, pues vieron que había en él una sabiduría divina para hacer justicia.

Reflexión del capítulo 3

Salomón sube a Gabaón, el alto principal, y ofrece mil holocaustos. Esa noche Dios se le aparece en sueños y le hace una pregunta desconcertante por su libertad: «Pídeme lo que quieras que te dé». El joven rey no pide larga vida, ni riquezas, ni la muerte de sus enemigos. Reconoce su pequeñez —«soy un niño pequeño que no sabe salir ni entrar»— y pide un corazón que entienda, capaz de discernir entre el bien y el mal. Es la petición más sabia que puede hacer un gobernante, y agrada a Dios, que añade lo que no había pedido.

El capítulo demuestra enseguida en qué consiste esa sabiduría. Dos mujeres se presentan con un litigio terrible: un niño vivo y uno muerto, y cada una reclama al vivo como suyo. Salomón ordena partir al niño en dos. Entonces se revela la verdad: la verdadera madre renuncia a su derecho para salvar la vida del hijo, mientras la otra acepta el reparto. La sabiduría no es astucia: es el arte de leer el corazón, y se manifiesta en la compasión.

Así, la sabiduría de Salomón aparece unida a la justicia y a la ternura. No es un poder mágico ni una inteligencia fría, sino un don de Dios que sirve para gobernar con rectitud y proteger a los débiles. El pueblo lo intuye y reverencia al rey, porque ve en él algo divino.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Pide hoy a Dios, con sinceridad y antes que cualquier otra cosa, un corazón que entienda. Y ante un conflicto o un juicio sobre otra persona, no te quedes en las apariencias: busca comprender su corazón y su historia, y actúa con la compasión de la verdadera madre. La sabiduría no sirve para ganar discusiones, sino para hacer justicia y proteger a los más débiles.

Oración

Señor, fuente de toda sabiduría: danos un corazón que entienda y sepa discernir entre el bien y el mal. Que nuestra inteligencia sirva para hacer justicia y proteger a los pequeños, y no para nuestro provecho. Amén.

Acerca del libro de I Reyes

El Primer Libro de los Reyes continúa la historia de Israel desde la muerte de David hasta el reinado de Ocozías. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de los Reyes, y abarca aproximadamente cuatro siglos, desde el esplendor de Salomón hasta los umbrales del destierro. Narra la construcción del Templo de Jerusalén, la división del reino en dos —Israel al norte y Judá al sur— y la irrupción de los grandes profetas Elías y Eliseo en un tiempo de idolatría y crisis.

El autor escribe desde la tradición deuteronomista: juzga a cada rey con un único criterio, la fidelidad a la alianza con Yahveh. Por eso el libro no es una crónica neutral, sino una lectura creyente de la historia, en la que la prosperidad sigue a la obediencia y la ruina a la apostasía. Los reyes son medidos por su corazón, no por sus victorias.

Sus grandes temas son la presencia de Dios en medio de su pueblo, la tentación constante de la idolatría, y la voz de los profetas como conciencia viva de la nación. El Templo de Jerusalén, morada del Nombre de Dios, ocupa el centro de la primera mitad; el enfrentamiento de Elías con los profetas de Baal en el Carmelo, el de la segunda.

Para la fe católica, estos relatos iluminan la historia de la salvación. El Templo prefigura a Cristo, presencia definitiva de Dios entre los hombres; la voz de Elías en el Horeb enseña que Dios habla en la brisa suave y no en el estruendo; y el conflicto entre la fe y la idolatría sigue interpelando a cada generación, también a la nuestra.

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