I Reyes
Antiguo Testamento | 22 capítulos | 815 versículos
Capítulo 9
1 Cuando Salomón hubo acabado de construir la Casa de Yahveh, la casa del rey y todo cuanto Salomón quiso hacer,
2 se apareció Yahveh a Salomón por segunda vez, como se le había aparecido en Gabaón.
3 Yahveh le dijo: «He escuchado la plegaria y la súplica que has dirigido delante de mí. He santificado esta Casa que me has construido para poner en ella mi Nombre para siempre; mis ojos y mi corazón estarán en ella siempre.
4 Ahora, si andas en mi presencia como anduvo David tu padre, con corazón perfecto y con rectitud, haciendo todo lo que te ordene y guardando mis decretos y mis sentencias,
5 afirmaré para siempre el trono de tu realeza sobre Israel como prometí a David tu padre cuando dije: "Ninguno de los tuyos será arrancado de sobre el trono de Israel."
6 Pero si vosotros, y vuestros hijos después guardáis los mandamientos y los decretos que os he dado, y os vais a servir a otros dioses postrándoos ante ellos,
7 yo arrancaré a Israel de la superficie de la tierra que les he dado; arrojaré de mi presencia esta Casa que yo he consagrado a mi Nombre, e Israel quedará como proverbio y escarnio de todos los pueblos.
8 Todos los que pasen ante esta Casa sublime quedarán estupefactos, silbarán y dirán: "¿Por qué ha hecho así Yahveh a esta tierra y a esta Casa?"
9 Y se responderá: "Porque abandonaron a Yahveh su Dios, que sacó a sus padres de la tierra de Egipto, y han seguido a otros dioses, se han postrado ante ellos y les han servido, por eso ha hecho venir Yahveh todo este mal sobre ellos"»
10 Al cabo de los veinte años, durante los cuales edificó Salomón las dos casas, la Casa de Yahveh y la casa del rey,
11 como Jiram, rey de Tiro, había proporcionado a Salomón madera de cedro y madera de ciprés y todo el oro que deseaba, entonces el rey Salomón dio a Jiram veinte ciudades de la tierra de Galilea.
12 Salió Jiram de Tiro para ver las ciudades que le había dado Salomón y no le agradaron,
13 Y dijo: «¿Qué ciudades son éstas que me has dado, hermano mío?» Y las llamó: «Tierra de Kabul», hasta el día de hoy.
14 Jiram envió al rey 120 talentos de oro.
15 Esto es lo referente a la prestación personal que el rey Salomón estableció para construir la Casa de Yahveh y su propia casa, el Milló y la muralla de Jerusalén, Jasor, Meguiddó y Guézer,
16 (pues Faraón rey de Egypto había subido y se había apoderado de Guézer, la incendió y mató a los cananeos que habitaban en la ciudad, y se la dio en dote a su hija, la mujer de Salomón,
17 y Salomón reconstruyó Guézer) Bet Jorón de abajo,
18 Baalat y Tamar en el desierto del país,
19 todas las ciudades de aprovisionamiento que tenía Salomón, las ciudades de los carros y las ciudades para los caballos, y todo cuanto Salomón quiso edificar en Jerusalén, en el Líbano y en toda la tierra de su dominio.
20 Con toda la gente que había quedado de los amorreos, de los hititas, de los perizitas, de los jivitas, de los jebuseos, que no eran israelitas,
21 cuyos descendientes habían quedado después de ellos en el país y a los que los israelitas no habían podido entregar al anatema, hizo Salomón una leva que dura hasta el día de hoy.
22 Pero Salomón no empleó a ninguno de los israelitas como esclavo para sus obras, sino que eran sus hombres de guerra, sus oficiales y sus jefes, sus escuderos y jefes de sus carros y de su caballería.
23 Estos eran los capataces de los prefectos que estaban al frente de las obras de Salomón; 550 que mandaban a la gente que trabajaba en las obras.
24 Cuando la hija de Faraón subió de la ciudad de David a la casa que había hecho para ella, entonces edificó el Milló.
25 Salomón ofrecía holocaustos y sacrificios de comunión tres veces por año en el altar que había edificado a Yahveh y hacía quemar ante Yahveh las ofrendas abrasadas, cuando hubo terminado la Casa.
26 El rey Salomón construyó una flota en Esyón Guéber, que está cerca de Elat, a orillas del mar de Suf, en la tierra de Edom.
27 Jiram envió a las naves a sus servidores, marineros, conocedores del mar, con los servidores de Salomón.
28 Llegaron a Ofir, y trajeron de allí 420 talentos de oro que llevaron al rey Salomón.
Reflexión del capítulo 9
Después de la dedicación, Dios se aparece a Salomón por segunda vez y responde a su plegaria. Primero confirma el don: ha santificado la Casa, y su Nombre y sus ojos estarán allí para siempre. Pero inmediatamente añade una condición que atraviesa todo el libro: «Si andas en mi presencia como anduvo David tu padre, con corazón perfecto y con rectitud..., afirmaré para siempre el trono de tu realeza». La promesa es firme, pero no incondicional.
Y la advertencia es terrible: si él y su pueblo se van tras otros dioses, Dios arrancará a Israel de la tierra, arrojará de su presencia la Casa que ha consagrado, e Israel se convertirá en proverbio y burla entre todos los pueblos. Los que pasen ante aquel edificio sublime quedarán estupefactos y preguntarán por qué Yahveh ha hecho eso; y la respuesta será la más triste: porque abandonaron a Yahveh su Dios y siguieron a otros dioses.
El capítulo muestra así la otra cara del esplendor. Toda la grandeza del Templo y del reino pende de un hilo: la fidelidad. La gracia recibida no garantiza la perseverancia; el don de Dios no dispensa de la responsabilidad humana. La segunda parte, con el episodio de las ciudades dadas a Jiram y las levas de trabajo, anuncia ya las sombras del reinado.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
No confíes hoy en privilegios pasados ni en dones recibidos como si te aseguraran el futuro. Examina si tu fidelidad es constante o se apoya solo en la costumbre, y renueva con un acto concreto tu decisión de caminar con Dios. La gracia no dispensa de la responsabilidad: pide perseverancia y no des por supuesto lo que has recibido. Pide hoy la gracia de perseverar hasta el final.
Oración
Señor, que eres fiel a tu promesa: guárdanos de la presunción y de la infidelidad. Que no convirtamos tus dones en excusa para la tibieza, y que perseveremos con corazón entero en tu alianza. Amén.
Acerca del libro de I Reyes
El Primer Libro de los Reyes continúa la historia de Israel desde la muerte de David hasta el reinado de Ocozías. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de los Reyes, y abarca aproximadamente cuatro siglos, desde el esplendor de Salomón hasta los umbrales del destierro. Narra la construcción del Templo de Jerusalén, la división del reino en dos —Israel al norte y Judá al sur— y la irrupción de los grandes profetas Elías y Eliseo en un tiempo de idolatría y crisis.
El autor escribe desde la tradición deuteronomista: juzga a cada rey con un único criterio, la fidelidad a la alianza con Yahveh. Por eso el libro no es una crónica neutral, sino una lectura creyente de la historia, en la que la prosperidad sigue a la obediencia y la ruina a la apostasía. Los reyes son medidos por su corazón, no por sus victorias.
Sus grandes temas son la presencia de Dios en medio de su pueblo, la tentación constante de la idolatría, y la voz de los profetas como conciencia viva de la nación. El Templo de Jerusalén, morada del Nombre de Dios, ocupa el centro de la primera mitad; el enfrentamiento de Elías con los profetas de Baal en el Carmelo, el de la segunda.
Para la fe católica, estos relatos iluminan la historia de la salvación. El Templo prefigura a Cristo, presencia definitiva de Dios entre los hombres; la voz de Elías en el Horeb enseña que Dios habla en la brisa suave y no en el estruendo; y el conflicto entre la fe y la idolatría sigue interpelando a cada generación, también a la nuestra.
Compartir
Enlace copiado