I Reyes

Antiguo Testamento | 22 capítulos | 815 versículos

1 Re

Capítulo 13

1 Por orden de Yahveh, un hombre de Dios llegó de Judá a Betel cuando Jeroboam estaba en pie sobre el altar para quemar incienso,

2 y por orden de Yahveh apostrofó al altar diciendo: «Altar, altar, así dice Yahveh: Ha nacido a la casa de David un hijo llamado Josías que sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los altos, a los que queman incienso sobre ti, y quemará huesos humanos sobre ti.»

3 Aquel mismo día dio una señal diciendo: «Esta es la señal de que Yahveh habla: el altar va a romperse y se va derramar la ceniza que hay sobre él.»

4 Cuando el rey oyó lo que el hombre de Dios decía contra el altar de Betel, extendió su mano desde encima del altar diciendo: «Prendedle.» Pero la mano que extendió contra él se secó y no pudo volverla hacia sí.

5 El altar se rompió y se esparció la ceniza del altar según la señal que había dado el hombre de Dios por orden de Yahveh.

6 Respondió el rey al hombre de Dios: «Aplaca, por favor el rostro de Yahveh tu Dios, para que mi mano pueda volver a mí.» Aplacó el hombre de Dios el rostro de Yahveh, volvió la mano al rey y quedo como antes.

7 Dijo el rey al hombre de Dios: «Entra en casa conmigo para confortarte y te haré un regalo.»

8 Dijo el hombre de Dios al rey: «Aunque me dieras la mitad de tu casa no entraré contigo y no comeré ni beberé agua en este lugar,

9 porque así me lo ha ordenado la palabra de Yahveh: No comerás pan ni beberás agua ni volverás por el camino por el que has ido.»

10 Y se fue por otro camino, no volvió por el camino por donde había venido a Betel.

11 Vivía en Betel un anciano profeta. Vinieron sus hijos y le contaron cuanto había hecho aquel día el hombre de Dios en Betel, contaron a su padre las palabras que dijo el rey.

12 Su padre les dijo: «¿Por qué camino se ha ido?» Sus hijos le mostraron el camino por el que se fue el hombre de Dios que vino de Judá.

13 Dijo a sus hijos: «Aparejadme el asno.» Y aparejaron el asno y se montó sobre él.

14 Fue en seguimiento del hombre de Dios y le encontró sentado bajo el terebinto y le dijo: «¿Eres tú el hombre de Dios que ha venido de Judá?» El respondió: «Yo soy.»

15 Le dijo: «Ven conmigo a casa y comerás algo.»

16 Respondió: «No puedo volver contigo ni puedo comer pan ni beber agua en este lugar

17 porque la palabra de Dios me dijo: No comerás pan ni beberás agua ni volverás por el camino por el que viniste.»

18 Pero él le dijo: «También yo soy profeta como tú, y un ángel me ha hablado por orden de Yahveh diciendo: Hazle volver contigo a tu casa para que coma y beba agua», pero le mentía.

19 Se volvió, pues, con él y comió pan y bebió agua en su casa.

20 Estando ellos sentados a la mesa, fue dirigida la palabra de Dios al profeta que le había hecho volver,

21 y gritó al hombre de Dios que vino de Judá, diciendo: «Así dice Yahveh: Porque has desobedecido la voz de Yahveh y no has guardado la orden que Yahveh tu Dios te había dado,

22 sino que te has vuelto y has comido pan y has bebido agua en el lugar del que dijo: No comerás pan y no beberás agua, tu cadáver no entrará en la tumba de tus padres.»

23 Después de haber comido y bebido, el profeta que le había hecho volver le aparejó su asno.

24 Partió, y un león le encontró en el camino y le mató; su cadáver yacía en el camino y el asno permanecía junto a él; también el león permanecía junto al cadáver.

25 Pasaron algunos hombres que vieron el cadáver tirado en el camino y al león que permanecía junto al cadáver; entraron y lo contaron en la ciudad en que vivía el anciano profeta.

26 Lo oyó el profeta que le había hecho volver del camino, y dijo: «Es el hombre de Dios que desobedeció la orden de Yahveh, y Yahveh lo ha entregado al león que le ha destrozado y matado, según la palabra que le dijo Yahveh.»

27 Habló a sus hijos diciendo: «Aparejadme el asno», y se lo aparejaron.

28 Partió, y halló el cadáver tendido en el camino, y al asno y al león que permanecían junto al cadáver. El león no había devorado el cadáver ni había destrozado al asno.

29 Levantó el profeta el cadáver del hombre de Dios, lo puso sobre el asno y lo trajo. Entró en la ciudad el anciano profeta, le lloró y le sepultó.

30 Depositó el cadáver en su propio sepulcro, e hicieron la lamentación sobre él: «¡Ay, hermano mío!»

31 Después que le hubo sepultado, dijo a sus hijos: «Cuando yo muera, me sepultaréis en el sepulcro en que ha sido sepultado el hombre de Dios; junto a sus huesos depositaréis mis huesos,

32 porque con toda certeza se cumplirá la palabra que por orden de Yahveh gritó contra el altar de Betel y contra todos los santuarios de los altos que hay en las ciudades de Samaría.»

33 Después de esto no se volvió Jeroboam de su mal camino, continuó haciendo sacerdotes para los altos de entre el pueblo común; a todo el que lo deseaba le investía como sacerdote de los altos,

34 Este proceder hizo caer en pecado a la casa de Jeroboam y fue causa de su perdición y su exterminio de sobre la faz de la tierra.

Reflexión del capítulo 13

Un hombre de Dios llega de Judá a Betel, enviado por Yahveh, y apostrofa al altar que Jeroboam ha levantado: anuncia que nacerá un hijo de David, Josías, que lo profanará, y da una señal: el altar se romperá y se derramará la ceniza. Cuando el rey extiende la mano para prenderle, el brazo se le queda rígido; y a la súplica del rey, el hombre de Dios intercede y el brazo sana. El profeta rehúsa el regalo del rey y no come ni bebe en aquel lugar, porque así se lo ha ordenado Yahveh.

Pero la segunda parte es una de las páginas más sobrecogedoras del libro. Un anciano profeta de Betel le miente: «También yo soy profeta como tú, y un ángel me ha hablado por orden de Yahveh diciendo: hazle volver contigo». El hombre de Dios le cree, vuelve, come y bebe. Y en la mesa, la palabra de Yahveh llega al anciano para anunciarle su castigo: por haber desobedecido la orden recibida, su cadáver no entrará en la tumba de sus padres. En el camino, un león le mata.

El episodio enseña algo necesario: la palabra de Dios recibida personalmente no se delega ni se sustituye por la palabra de otro, por respetable que parezca. Y enseña también que la fidelidad no se mide por los dones recibidos —él había hecho milagros—, sino por la obediencia sostenida hasta el final.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Cuida la coherencia entre lo que Dios te ha mostrado y lo que otros te dicen, aun cuando venga de personas piadosas o respetables. Antes de cambiar una convicción recta por un consejo ajeno, compruébala con la oración y con la verdad de la Escritura, y no con lo que te resulta más cómodo. La fidelidad no se mide por los dones recibidos, sino por la obediencia sostenida hasta el final.

Oración

Señor, que hablas y no cambias: danos discernimiento para no dejarnos desviar por voces que se dicen tuyas sin serlo. Concédenos una fidelidad perseverante, que no se apoye en dones pasados sino en la obediencia de hoy. Amén.

Acerca del libro de I Reyes

El Primer Libro de los Reyes continúa la historia de Israel desde la muerte de David hasta el reinado de Ocozías. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de los Reyes, y abarca aproximadamente cuatro siglos, desde el esplendor de Salomón hasta los umbrales del destierro. Narra la construcción del Templo de Jerusalén, la división del reino en dos —Israel al norte y Judá al sur— y la irrupción de los grandes profetas Elías y Eliseo en un tiempo de idolatría y crisis.

El autor escribe desde la tradición deuteronomista: juzga a cada rey con un único criterio, la fidelidad a la alianza con Yahveh. Por eso el libro no es una crónica neutral, sino una lectura creyente de la historia, en la que la prosperidad sigue a la obediencia y la ruina a la apostasía. Los reyes son medidos por su corazón, no por sus victorias.

Sus grandes temas son la presencia de Dios en medio de su pueblo, la tentación constante de la idolatría, y la voz de los profetas como conciencia viva de la nación. El Templo de Jerusalén, morada del Nombre de Dios, ocupa el centro de la primera mitad; el enfrentamiento de Elías con los profetas de Baal en el Carmelo, el de la segunda.

Para la fe católica, estos relatos iluminan la historia de la salvación. El Templo prefigura a Cristo, presencia definitiva de Dios entre los hombres; la voz de Elías en el Horeb enseña que Dios habla en la brisa suave y no en el estruendo; y el conflicto entre la fe y la idolatría sigue interpelando a cada generación, también a la nuestra.

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