I Reyes
Antiguo Testamento | 22 capítulos | 815 versículos
Capítulo 22
1 Trascurrieron tres años sin guerra entre Aram e Israel.
2 Al tercer año bajó Josafat, rey de Judá, donde el rey de Israel,
3 y el rey de Israel dijo a sus servidores: «Vosotros sabéis que Ramot de Galaad nos pertenece y no hacemos nada por rescatarla de manos del rey de Aram.»
4 Dijo a Josafat: «¿Quieres venir conmigo para atacar a Ramot de Galaad?» Josafat respondió al rey de Israel: «Yo soy como tú, mi pueblo como tu pueblo, mis caballos como tus caballos.»
5 Josafat dijo al rey de Israel: «Consulta antes, por favor, la palabra de Yahveh.»
6 El rey de Israel reunió a los profetas, cuatrocientos hombres, y les dijo: «¿Debo atacar a Ramot de Galaad, o debo desistir?» Le respondieron: «Sube, porque Yahveh la entregará en manos del rey.»
7 Pero Josafat dijo: «No hay aquí otro profeta de Yahveh a quien podamos consultar?»
8 Dijo el rey de Israel a Josafat: «Queda todavía un hombre por quien podríamos consultar a Yahveh, pero yo le aborrezco, porque no me profetiza el bien, sino el mal. Es Miqueas, hijo de Yimlá.» Dijo Josafat: «No hable el rey así.»
9 Llamó el rey de Israel a un eunuco y le dijo: «Trae en seguida a Miqueas, hijo de Yimlá.»
10 El rey de Israel y Josafat, rey de Judá, estaban sentados cada uno en su trono, vestidos de gala, en la era que hay a la entrada de la puerta de Samaría, mientras que todos los profetas estaban en trance delante de ellos.
11 Sedecías, hijo de Kenaaná se había hecho unos cuernos de hierro y decía: «Así dice Yahveh: Con éstos acornearás a Aram hasta acabar con ellos.»
12 Todos los profetas profetizaban del mismo modo diciendo: «Sube contra Ramot de Galaad, tendrás éxito. Yahveh la entregará en manos del rey.»
13 El mensajero que había ido a llamar a Miqueas le habló diciendo: «Mira que los profetas a una voz predicen el bien al rey. Procura hablar como uno de ellos y anuncia el bien.»
14 Miqueas respondió: «¡Vive Yahveh!, lo que Yahveh me diga, eso anunciaré.»
15 Llegó donde el rey y el rey le dijo: «Miqueas, ¿debemos subir a Ramot de Galaad para atacarla o debo desistir?» Le respondió: «Sube, tendrás éxito, Yahveh la entregará en manos del rey.»
16 Pero el rey dijo: «¿Cuántas veces he de conjurarte a que no me digas más que la verdad en nombre de Yahveh?»
17 Entonces él dijo: He visto todo Israel disperso por los montes como ovejas sin pastor. Yahveh ha dicho: «No tienen señor; que vuelvan en paz cada cual a su casa.»
18 El rey de Israel dijo a Josafat: «¿No te dije que nunca me anuncia el bien sino el mal?»
19 Dijo Miqueas: «Escucha la palabra de Yahveh: He visto a Yahveh sentado en un trono y todo el ejército de los cielos estaba a su lado, a derecha e izquierda.
20 Preguntó Yahveh: "¿Quién engañará a Ajab para que suba y caiga en Ramot de Galaad?" Y el uno decía una cosa y el otro otra.
21 Se adelantó el Espíritu, se puso ante Yahveh y dijo: "Yo le engañaré." Yahveh le preguntó: "¿De qué modo?"
22 Respondió: "Iré y me haré espíritu de mentira en la boca de todos sus profetas." Yahveh dijo: "Tú conseguirás engañarle. Vete y hazlo así."
23 Ahora, pues, Yahveh ha puesto espíritu de mentira en la boca de todos estos profetas tuyos, pues Yahveh ha predicho el mal contra ti.»
24 Se acercó Sedecías, hijo de Kenaaná, y dio una bofetada a Miqueas en la mejilla diciendo: «¿Por qué camino se ha ido de mí el espíritu de Yahveh para hablarte a ti?»
25 Miqueas replicó: «Tú mismo lo verás el día en que vayas escondiéndote de aposento en aposento.»
26 El rey de Israel dijo: «Prende a Miqueas y llévaselo a Amón, gobernador de la ciudad, y a Joás, hijo del rey.
27 Y les dirás: Así habla el rey: Meted a éste en la carcel y racionadle el pan y el agua hasta que yo vuelva victorioso.»
28 Dijo Miqueas: «Si es que vuelves victorioso, no ha hablado Yahveh por mí.»
29 El rey de Israel y Josafat, rey de Judá, subieron contra Ramot de Galaad.
30 El rey de Israel dijo a Josafat: «Yo voy a disfrazarme para entrar en combate, mientras que tú te pondrás tus vestidos.» El rey de Israel se disfrazó para entrar en combate.
31 Ahora bien, el rey de Aram había ordenado a los jefes de los carros: «No ataquéis ni a chicos ni a grandes, sino tan sólo al rey de Israel.»
32 Cuando los jefes de los carros vieron a Josafat, dijeron: «Seguro que es el rey de Israel.» Y le rodearon para cargar sobre él. Pero Josafat gritó.
33 Y viendo los jefes de los carros que no era el rey de Israel se apartaron de él.
34 Entonces un hombre disparó su arco al azar e hirió al rey de Israel por entre las placas de la coraza, y el rey dijo a su auriga: «Da la vuelta y sácame de la batalla, porque me siento mal.»
35 Arreció aquel día la batalla y el rey fue sostenido en pie en su carro frente a los arameos, y a la tarde murió; la sangre de la herida corría por el fondo del carro.
36 A la caída del sol se corrió un grito por el campamento: «Cada uno a su ciudad, cada uno a su tierra.
37 El rey ha muerto.» Llegaron a Samaría y allí sepultaron al rey.
38 Lavaron el carro con agua abundante junto a la alberca de Samaría y los perros lamían la sangre y las prostitutas se bañaron en ella, según la palabra que Yahveh había dicho.
39 El resto de los hechos de Ajab, todo cuanto hizo, la casa de marfil que edificó, todas las ciudades que fortificó ¿no está escrito en el libro de los Anales de los reyes de Israel?
40 Ajab se acostó con sus padres y reinó en su lugar su hijo Ocozías.
41 Josafat, hijo de Asá, comenzó a reinar en Judá el año cuarto de Ajab, rey de Israel.
42 Josafat tenía 35 años cuando comenzó a reinar y reinó veinticinco años en Jerusalén. Su madre se llamaba Azubá, hija de Siljí.
43 Siguió en todo el camino de Asá, su padre, sin desviarse de él, haciendo lo recto a los ojos de Yahveh.
44 Con todo, no desaparecieron los altos; el pueblo seguía sacrificando y quemando incienso en los altos.
45 Josafat estuvo en paz con el rey de Israel.
46 El resto de los hechos de Josafat, la bravura que demostró y las guerras que sostuvo ¿no está escrito en el libro de los Anales de los reyes de Judá?
47 Barrió de la tierra a todos los consagrados a la prostitución que habían quedado en el país en los días de Asá su padre.
48 No había rey establecido en Edom.
49 Josafat hizo una flota de Tarsis para ir a Ofir por oro, pero no fue, porque se destrozó la flota en Esyón Guéber.
50 Entonces Ocozías, hijo de Ajab, dijo a Josafat: «Mis siervos irán con tus siervos en la flota», pero Josafat no quiso.
51 Josafat se acostó con sus padres y fue sepultado con sus padres en la ciudad de su padre David y reinó en su lugar su hijo Joram.
52 Ocozías, hijo de Ajab, comenzó a reinar sobre Israel, en Samaría, el año diecisiete de Josafat, rey de Judá, y reinó dos años sobre Israel.
53 Hizo el mal a los ojos de Yahveh y anduvo por el camino de su madre, y por el camino de Jeroboam, hijo de Nabat, el que hizo pecar a Israel.
54 Sirvió a Baal y se postró ante él, irritando a Yahveh, Dios de Israel, enteramente como lo había hecho su padre.
Reflexión del capítulo 22
El capítulo final del libro contrapone dos modos de escuchar a Dios. Josafat, rey de Judá, visita a Ajab y, antes de ir a la guerra contra Ramot de Galaad, pide consultar la palabra de Yahveh. Cuatrocientos profetas, puestos de acuerdo, le prometen éxito. Pero Josafat intuye que algo falta: «¿No hay aquí otro profeta de Yahveh?». Y aparece Miqueas, hijo de Yimlá, a quien Ajab odia porque nunca le anuncia el bien, solo el mal.
Miqueas describe una visión sobrecogedora: Yahveh sentado en su trono con todo el ejército de los cielos; y un espíritu que se ofrece a engañar a Ajab, haciéndose espíritu de mentira en la boca de todos sus profetas. El profeta desvela así la verdad que el rey no quiere oír: los cuatrocientos profetas son mentira. Sedecías le abofetea, y Ajab lo manda a la cárcel. Miqueas responde con una frase que define al profeta auténtico: «Si es que vuelves victorioso, no ha hablado Yahveh por mí».
La batalla confirma todo. Ajab se disfraza para entrar en combate, pero un hombre dispara su arco al azar y le hiere por entre las placas de la coraza. Muere a la tarde, y su sangre corre por el carro, que lavan junto a la alberca de Samaría, donde los perros lamen la sangre, según la palabra de Yahveh.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Cuando busques consejo, no te rodees solo de quien te dirá lo que quieres oír. Pide a Dios que te envíe voces sinceras, aunque te resulten incómodas, y ten la humildad de escucharlas hasta el final, sin castigar a quien te dice la verdad. Y si te toca decirla, hazlo sin cálculo y con caridad. Que la verdad dicha con caridad es siempre un servicio.
Oración
Señor, que envías profetas para corregirnos: danos oídos humildes para acoger la verdad aunque duela, y valentía para decirla sin cálculo alguno. Líbranos de las mentiras que halagan, y guárdanos fieles hasta el fin. Amén.
Acerca del libro de I Reyes
El Primer Libro de los Reyes continúa la historia de Israel desde la muerte de David hasta el reinado de Ocozías. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de los Reyes, y abarca aproximadamente cuatro siglos, desde el esplendor de Salomón hasta los umbrales del destierro. Narra la construcción del Templo de Jerusalén, la división del reino en dos —Israel al norte y Judá al sur— y la irrupción de los grandes profetas Elías y Eliseo en un tiempo de idolatría y crisis.
El autor escribe desde la tradición deuteronomista: juzga a cada rey con un único criterio, la fidelidad a la alianza con Yahveh. Por eso el libro no es una crónica neutral, sino una lectura creyente de la historia, en la que la prosperidad sigue a la obediencia y la ruina a la apostasía. Los reyes son medidos por su corazón, no por sus victorias.
Sus grandes temas son la presencia de Dios en medio de su pueblo, la tentación constante de la idolatría, y la voz de los profetas como conciencia viva de la nación. El Templo de Jerusalén, morada del Nombre de Dios, ocupa el centro de la primera mitad; el enfrentamiento de Elías con los profetas de Baal en el Carmelo, el de la segunda.
Para la fe católica, estos relatos iluminan la historia de la salvación. El Templo prefigura a Cristo, presencia definitiva de Dios entre los hombres; la voz de Elías en el Horeb enseña que Dios habla en la brisa suave y no en el estruendo; y el conflicto entre la fe y la idolatría sigue interpelando a cada generación, también a la nuestra.
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