I Reyes
Antiguo Testamento | 22 capítulos | 815 versículos
Capítulo 10
1 La reina de Sabá había oído la fama de Salomón... y vino a probarle por medio de enigmas.
2 Llegó a Jerusalén con gran número de camellos que traían aromas, gran cantidad de oro y piedras preciosas; llegada que fue donde Salomón, le dijo todo cuanto tenía en su corazón.
3 Salomón resolvió todas sus preguntas. No hubo ninguna proposición oscura que el rey no le pudiese resolver.
4 Cuando la reina de Sabá vio toda la sabiduría de Salomón y la casa que había edificado,
5 los manjares de su mesa, las habitaciones de sus servidores, el porte de sus ministros y sus vestidos, sus coperos y los holocaustos que ofrecía en la Casa de Yahveh, se quedó sin aliento,
6 y dijo al rey: «¡Verdad es cuanto oí decir en mi tierra de tus palabras y tu sabiduría!
7 No daba yo crédito a lo que se decía hasta que he venido y lo he visto con mis propios ojos, y hallo que no dijeron ni la mitad. Tu sabiduría y tu prosperidad superan todo lo que oí decir.
8 Dichosas tus mujeres, dichosos estos tus servidores que están siempre en tu presencia y escuchan tu sabiduría.
9 Bendito Yahveh tu Dios que se ha complacido en ti y te ha colocado en el trono de Israel para siempre, a causa del amor de Yahveh a Israel, y te ha puesto como rey para administrar derecho y justicia.»
10 Dio al rey 120 talentos de oro, gran cantidad de aromas y piedras preciosas. Nunca llegaron aromas en tanta abundancia como los que la reina de Sabá dio al rey Salomón.
11 La flota de Jiram, la que transportó el oro de Ofir, trajo también madera de almugguim en gran cantidad, y piedras preciosas.
12 Con la madera de almugguim hizo el rey balaustradas para la Casa de Yahveh y para la casa del rey, cítaras y salterios para los cantores. No vino más madera de almugguim y no se ha vuelto a ver hasta el día de hoy.
13 El rey Salomón dio a la reina de Sabá todo cuanto ella quiso pedirle, aparte lo que Salomón le dio con magnificencia de un rey como Salomón. Ella se volvió y regreso a su país con sus servidores.
14 El peso del oro que llegaba a Salomón cada año era de 666 talentos de oro,
15 sin contar las contribuciones de los mercaderes, las ganancias de los comerciantes y de todos los reyes árabes y de los inspectores del país.
16 El rey Salomón hizo doscientos grandes escudos de oro batido, aplicando seiscientos siclos de oro batido en cada escudo,
17 y trescientos escudos pequeños de oro batido, aplicando tres minas de oro en cada escudo. El rey los colocó en la casa «Bosque del Líbano».
18 Hizo el rey un gran trono de marfil y lo revistió de oro finísimo.
19 El trono tenía seis gradas y un respaldo redondo en su parte posterior con brazos a uno y otro lado del asiento; dos leones de pie junto a los brazos
20 más doce leones de pie sobre las seis gradas, a uno y otro lado. No se hizo cosa semejante en ningún reino.
21 Todas las copas de beber del rey Salomón eran de oro y toda la vajilla de la casa «Bosque del Líbano» era de oro fino; la plata no se estimaba en nada en tiempo del rey Salomón,
22 porque el rey tenía una flota de Tarsis en el mar con la flota de Jiram, y cada tres años venía la flota de Tarsis, trayendo oro, plata, marfil, monos y pavos reales.
23 El rey Salomón sobrepujó a todos los reyes de la tierra en riqueza y sabiduría.
24 Todo el mundo quería ver el rostro de Salomón para oír la sabiduría que Dios había puesto en su corazón.
25 Y cada uno de ellos traía su presente: objetos de plata, objetos de oro, vestidos, armas y aromas, caballos y mulos, año tras año.
26 Salomón reunió carros y caballos; tuvo 1.400 carros y 12.000 caballos que llevó a las ciudades de los carros y junto al rey en Jerusalén.
27 Hizo el rey que la plata fuera tan abundante en Jerusalén como las piedras, y los cedros como los sicómoros de la Tierra Baja.
28 Los caballos de Salomón procedían de Musur y de Cilicia. Los mercaderes del rey los compraban en Cilicia por su precio en dinero.
29 Un carro que subía de Egipto valía seiscientos siclos de plata y un caballo 150. Los traían también como intermediarios para todos los reyes de los hititas y todos los reyes de Aram.
Reflexión del capítulo 10
La reina de Sabá llega a Jerusalén atraída por la fama de Salomón. Viene a probarle con enigmas, con camellos cargados de aromas, oro y piedras preciosas. Y el rey resuelve todas sus preguntas: no hay proposición oscura que no pueda responder. Pero lo que la deja sin aliento no es solo la sabiduría, sino el conjunto: la casa que ha edificado, los manjares de su mesa, las habitaciones de sus servidores, el porte de sus ministros, sus vestidos, sus coperos, los holocaustos que ofrece en la Casa de Yahveh.
La reina confiesa que no daba crédito a lo que oía hasta verlo con sus ojos, y que no le contaron ni la mitad. Y su reacción no es la envidia, sino la alabanza: «Bendito Yahveh tu Dios, que se ha complacido en ti y te ha colocado en el trono de Israel». Una mujer extranjera reconoce en el esplendor del rey la mano de Dios y su amor por Israel.
La segunda parte describe la riqueza deslumbrante: el oro que llega cada año, los escudos, el trono de marfil con leones, las copas de oro, los carros y caballos. El texto acumula detalles para mostrar la grandeza, pero deja al lector una pregunta que el capítulo siguiente responderá con dureza: ¿de qué sirve tanta riqueza si el corazón se extravía?
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Deja hoy que algo bueno —una persona sabia, una obra bella, un testimonio— te lleve a bendecir a Dios en lugar de envidiarlo o compararte. Y revisa si tu acumulación de bienes, de logros o de reconocimiento te está acercando o alejando de él. La abundancia es un don, pero también una prueba: úsala con gratitud y generosidad. Reconócelo como don y compártelo con los demás.
Oración
Señor, que te revelas en la sabiduría y la belleza: abre nuestros ojos para reconocerte en lo bueno, y un corazón que bendiga en vez de envidiar. Que la abundancia no nos extravíe ni nos haga olvidar de dónde viene. Amén.
Acerca del libro de I Reyes
El Primer Libro de los Reyes continúa la historia de Israel desde la muerte de David hasta el reinado de Ocozías. En la Biblia hebrea forma una sola obra con el Segundo Libro de los Reyes, y abarca aproximadamente cuatro siglos, desde el esplendor de Salomón hasta los umbrales del destierro. Narra la construcción del Templo de Jerusalén, la división del reino en dos —Israel al norte y Judá al sur— y la irrupción de los grandes profetas Elías y Eliseo en un tiempo de idolatría y crisis.
El autor escribe desde la tradición deuteronomista: juzga a cada rey con un único criterio, la fidelidad a la alianza con Yahveh. Por eso el libro no es una crónica neutral, sino una lectura creyente de la historia, en la que la prosperidad sigue a la obediencia y la ruina a la apostasía. Los reyes son medidos por su corazón, no por sus victorias.
Sus grandes temas son la presencia de Dios en medio de su pueblo, la tentación constante de la idolatría, y la voz de los profetas como conciencia viva de la nación. El Templo de Jerusalén, morada del Nombre de Dios, ocupa el centro de la primera mitad; el enfrentamiento de Elías con los profetas de Baal en el Carmelo, el de la segunda.
Para la fe católica, estos relatos iluminan la historia de la salvación. El Templo prefigura a Cristo, presencia definitiva de Dios entre los hombres; la voz de Elías en el Horeb enseña que Dios habla en la brisa suave y no en el estruendo; y el conflicto entre la fe y la idolatría sigue interpelando a cada generación, también a la nuestra.
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