II Reyes

Antiguo Testamento | 25 capítulos | 718 versículos

2 Re

Capítulo 14

1 En el año segundo de Joás, hijo de Joacaz, rey de Israel, comenzó a reinar Amasías, hijo de Joás, rey de Judá.

2 Tenía veinticinco años cuando comenzó a reinar, y reinó veintinueve años en Jerusalén; el nombre de su madre era Yehoaddán, de Jerusalén.

3 Hizo lo recto a los ojos de Yahveh, pero no como su padre David; hizo en todo como su padre Joás.

4 Tan sólo que no desaparecieron los altos, y el pueblo siguió ofreciendo sacrificios y quemando incienso en los altos.

5 Cuando el reino se afianzó en sus manos, mató a los servidores que habían matado al rey su padre,

6 pero no hizo morir a los hijos de los asesinos, según está escrito en el libro de la Ley de Moisés, donde Yahveh dio una orden diciendo: «No harán morir a los hijos por los padres, sino que cada uno morirá por su pecado.»

7 El fue el que batió a los edomitas en el valle de la Sal, a 10.000 hombres, y conquistó la Peña por las armas. La llamó Yoqteel hasta el día de hoy.

8 Entonces Amasías envió mensajeros a Joás, hijo de Joacaz, hijo de Jehú, rey de Israel, diciendo: «Sube, y nos veremos las caras.»

9 Joás, rey de Israel, mandó a decir a Amasías, rey de Judá: «El cardo del Líbano mandó a decir al cedro del Líbano: Dame tu hija para mujer de mi hijo; pero las bestias salvajes del Líbano pasaron y pisotearon el cardo.

10 Cierto que has batido a Edom y tu corazón te ha envanecido; sé glorioso, pero quédate en tu casa. ¿Por qué exponerte a una calamidad y a caer tú y Judá contigo?»

11 Pero Amasías no le escuchó; subió Joás, rey de Israel, y se enfrentaron él y Amasías, rey de Judá, en Bet Semes de Judá.

12 Judá fue derrotado por Israel y huyeron cada uno a su tienda.

13 Joás, rey de Israel, capturó en Bet Semes a Amasías, rey de Judá, hijo de Joás, hijo de Ocozías, y lo llevó a Jerusalén. Abrió brecha de cuatrocientos codos en la muralla de Jerusalén desde la puerta de Efraím hasta la puerta del Angulo.

14 Tomó todo el oro, toda la plata y todos los objetos que se hallaban en la Casa de Yahveh, los tesoros de la casa del rey y también rehenes, y se volvió a Samaría.

15 El resto de los hechos de Joás, cuanto hizo, su bravura y cómo combatió contra Amasías, rey de Judá, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los reyes de Israel?

16 Se acostó Joás con sus padres y fue sepultado en Samaría junto a los reyes de Israel. Reinó en su lugar su hijo Jeroboam.

17 Amasías, hijo de Joás, rey de Judá, vivió quince años después de la muerte de Joás, hijo de Joacaz, rey de Israel.

18 El resto de los hechos de Amasías, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los reyes de Judá?

19 Se conjuraron contra él en Jerusalén y huyó a Lakís, pero enviaron gente en su persecución hasta Lakís y allí lo mataron.

20 Trajéronle a caballo y le sepultaron en Jerusalén con sus padres, en la Ciudad de David.

21 Todo el pueblo de Judá tomó a Ozías, que tenía dieciséis años, y le proclamaron rey en lugar de su padre Amasías.

22 Reconstruyó Elat y la devolvió a Judá, después que el rey se hubo acostado con sus padres.

23 En el año quince de Amasías, hijo de Joás, rey de Judá, comenzó a reinar Jeroboam, hijo de Joás, rey de Israel, en Samaría. Reinó 41 años.

24 Hizo el mal a los ojos de Yahveh y no se apartó de todos los pecados con que Jeroboam, hijo de Nebat, hizo pecar a Israel.

25 El restableció las fronteras de Israel desde la Entrada de Jamat hasta el mar de la Arabá, según la palabra que Yahveh, Dios de Israel, había dicho por boca de su siervo, el profeta Jonás, hijo de Amittay, el de Gat de Jéfer,

26 porque Yahveh había visto la miseria, amarga en extremo, de Israel; no había esclavo ni libre, ni quien auxiliara a Israel.

27 No había decidido Yahveh borrar el nombre de Israel de debajo de los cielos y lo salvó por mano de Jeroboam, hijo de Joás.

28 El resto de los hechos de Jeroboam, todo cuanto hizo y la bravura con que guerreó, y cómo devolvió Jamat y Damasco a Judá y a Israel, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los reyes de Israel?

29 Se acostó Jeroboam con sus padres y fue sepultado en Samaría con los reyes de Israel. Reinó en su lugar su hijo Zacarías.

Reflexión del capítulo 14

Amasías, rey de Judá, comienza haciendo lo recto ante el Señor, aunque no con corazón entero, y consigue una victoria importante sobre Edom. Pero la victoria se le sube a la cabeza y desafía al rey de Israel, que le responde con una parábola humillante: un cardo del Líbano pide a un cedro que dé su hija en matrimonio, y una fiera pasa y pisotea el cardo. La arrogancia de Amasías termina en una derrota vergonzosa, con Jerusalén saqueada. Después el capítulo menciona a Jeroboam II, rey de Israel, que recupera territorios y devuelve cierto bienestar al país, aunque no se convirtió de sus pecados. Es significativo que Dios se compadeciera de Israel y le diera un libertador, no porque lo mereciera, sino porque vio su amargura y no había nadie que lo ayudara. El capítulo enseña dos cosas: que la soberbia precede a la caída, y que la misericordia de Dios va más allá de nuestros merecimientos. Nos invita a no confundir el éxito con la aprobación divina y a reconocer que todo bien recibido es gracia.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Si has tenido un éxito reciente, cuida hoy tu corazón: no dejes que la victoria te vuelva soberbio ni te lleve a desafiar a los demás. Da gracias a Dios por lo logrado y reconoce el papel de quienes te ayudaron. Y cuando veas a alguien humillado o en amargura, no lo juzgues: acércate con compasión, como hizo Dios con Israel.

Oración

Señor, tú que resistes a los soberbios y miras con compasión a los humildes, líbranos de la arrogancia del éxito. Danos un corazón agradecido que reconozca tu gracia en todo, y entrañas de misericordia ante la amargura de los demás. Amén.

Acerca del libro de II Reyes

El Segundo Libro de los Reyes continúa el relato comenzado en el primero y abarca varios siglos de historia, desde los últimos días del profeta Elías hasta la caída de Jerusalén y el destierro de Babilonia. La tradición judía lo atribuye a un profeta o a un círculo profético, y su redacción definitiva se sitúa durante el destierro, cuando el pueblo, despojado de su tierra y de su templo, necesitaba entender qué había ocurrido y por qué. El libro responde con una lectura teológica de la historia: la ruina no fue un accidente ni un simple juego de imperios, sino la consecuencia de haber abandonado la alianza con Dios.

La primera parte está dominada por la figura de Eliseo, heredero de Elías, cuyos milagros acompañan la vida de los sencillos: una viuda endeudada, una mujer sin hijos, un general enfermo, unos profetas hambrientos. En medio de reyes que se suceden y se enfrentan, la presencia de Dios se manifiesta en gestos de compasión y de poder. Después el relato se detiene en los reinados de Judá e Israel, en la predicación de los profetas y en la ruina anunciada: primero cae Samaria ante Asiria, y más tarde Jerusalén ante Babilonia, con el templo incendiado y el pueblo deportado.

Los grandes temas del libro son la fidelidad de Dios frente a la infidelidad humana, la responsabilidad de los gobernantes, el valor de la palabra profética y la esperanza que sobrevive al desastre, simbolizada en el último rey liberado en Babilonia. Para el católico, los Reyes son una advertencia y un consuelo: la fidelidad se construye con decisiones concretas y puede perderse, pero Dios sigue sosteniendo a los suyos incluso en el exilio, y nunca deja sin esperanza a quien se vuelve a Él.

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