II Reyes

Antiguo Testamento | 25 capítulos | 718 versículos

2 Re

Capítulo 3

1 Joram, hijo de Ajab, comenzó a reinar sobre Israel en Samaría el año dieciocho de Josafat, rey de Judá, y reinó doce años.

2 Hizo el mal a los ojos de Yahveh, pero no como su padre y como su madre, porque retiró la estela de Baal que su padre había hecho.

3 Tan sólo que se adhirió a los pecados de Jeroboam, hijo de Nebat, que hizo pecar a Israel, y no se apartó de ellos.

4 Mesá, rey de Moab, era pastor de ovejas y pagaba al rey de Israel 100.000 corderos y 100.000 carneros con su lana;

5 pero a la muerte de Ajab, el rey de Moab se rebeló contra el rey de Israel.

6 Aquel día salió el rey Joram de Samaría y pasó revista a todo Israel.

7 Fue y envió a decir a Josafat, rey de Judá: «El rey de Moab se ha rebelado contra mí. ¿Quieres venir conmigo a la guerra contra Moab?» Respondió: «Subiré. Yo seré como tú; mi pueblo como tu pueblo, mis caballos como tus caballos.»

8 Y preguntó: «¿Por qué camino subiremos?» Respondió: «Por el camino del desierto de Edom.»

9 Fueron el rey de Israel, el rey de Judá y el rey de Edom; dieron un rodeo durante siete días y faltó el agua para el campamento y para las bestias de carga que les seguían.

10 El rey de Israel dijo: «¡Ay! Que Yahveh ha llamado a estos tres reyes para entregarlos en manos de Moab!»

11 Pero Josafat dijo: «¿No hay aquí algún profeta de Yahveh para que consultemos a Yahveh por su medio?» Respondió uno de los servidores del rey de Israel y dijo: «Esta aquí Eliseo, hijo de Safat, el que vertía el agua en manos de Elías.»

12 Dijo Josafat: «Con él está la palabra de Yahveh.» Y bajaron donde él el rey de Israel, Josafat, y el rey de Edom.

13 Dijo Eliseo al rey de Israel: «¿Qué tengo que ver yo contigo? ¡Vete a los profetas de tu padre y a los profetas de tu madre!» Respondió el rey de Israel: «Es que Yahveh ha llamado a estos tres reyes para entregarlos en manos de Moab.»

14 Dijo Eliseo: «Vive Yahveh Seboat a quien sirvo, que si no tuviera delante a Josafat, rey de Judá, no te atendería ni te miraría.

15 Traedme, pues, un tañedor. Y sucedió que, mientras tocaba el tañedor, vino sobre él la mano de Yahveh,

16 y dijo: «Así dice Yahveh: "Haced en este valle zanjas y más zanjas ",

17 porque así, dice Yahveh: "No veréis viento y no veréis lluvia, pero este valle se llenará de agua y beberéis vosotros y vuestros campamentos y vuestros ganados. "

18 Y aún es poco esto a los ojos de Yahveh, pues entregaré a Moab en vuestras manos

19 y heriréis a toda ciudad fuerte, talaréis todo árbol bueno, cegaréis todas las fuentes y devastaréis todos los campos fértiles cubriéndolos de piedra.»

20 A la mañana, a la hora de alzar la oblación, venían las aguas de la parte de Edom y la tierra se llenó de agua.

21 Habiendo oído todo Moab que subían los reyes para hacerles la guerra, convocaron a todos, desde los que empezaban a ceñir espada en adelante, y se apostaron en la frontera.

22 Al levantarse de mañana brillaba el sol sobre las aguas y los moabitas vieron enfrente las aguas rojas como la sangre,

23 y exclamaron: «Es sangre; sin duda los reyes se han matado entre sí y se han herido unos a otros. Conque ¡al botín, Moab!»

24 Cuando llegaron al campamento de Israel, se levantaron los israelitas y batieron a Moab, que huyó ante ellos; ellos avanzaron impetuosamente y derrotaron a Moab,

25 destruyeron las ciudades, arrojaron sobre los mejores campos cada uno su piedra y los llenaron, cegaron todos los manantiales, talaron todo árbol bueno; sólo le quedaron sus piedras a Quir Jeres, y los honderos la cercaron y la batieron.

26 Viendo el rey de Moab que llevaba la parte peor de la batalla, tomó consigo setecientos hombres que tiraban de espada para abrir brecha hacía el rey de Aram, pero no pudieron.

27 Tomó entonces a su primogénito, el que había de reinar en su lugar, y lo alzó en holocausto sobre la muralla, y hubo gran cólera contra los israelitas, que se alejaron de allí volviendo al país.

Reflexión del capítulo 3

El capítulo presenta a Joram, rey de Israel, enfrentado a la rebelión de Moab. Junto con Josafat, rey de Judá, emprende una campaña que pronto se queda sin agua, y el ejército se ve perdido. Entonces recurren a Eliseo, que primero reprocha la consulta a los ídolos, pero luego, por respeto al rey de Judá, anuncia la salvación: cavad zanjas, y aunque no veáis lluvia ni viento, el valle se llenará de agua. Aquella agua no llegó por causas naturales, sino por la palabra del profeta, y con ella llegó también la victoria. Es una imagen preciosa de cómo actúa Dios: pide un gesto humano, aparentemente inútil, y luego concede lo que parecía imposible. El final del capítulo es oscuro: el rey de Moab, desesperado, ofrece a su hijo en sacrificio, y ante aquel horror los israelitas se retiran. La página no disimula la crueldad de aquel mundo, y nos deja con la certeza de que Dios escucha a los suyos incluso en el desierto, y de que hay males que solo se detienen cuando el pueblo se aparta de la violencia.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Cuando estés en un callejón sin salida, haz lo que te corresponda aunque parezca inútil, y deja el resto a Dios: cavar tu zanja puede ser un trámite, una conversación, un paso pequeño. Da hoy ese paso y confía en que el Señor proveerá. Y rechaza la lógica de la violencia y la desesperación: no sacrifiques lo que amas para salvar tus intereses.

Oración

Señor, tú que haces brotar agua en el desierto, danos la humildad de hacer nuestra parte aunque parezca poca cosa. Líbranos de la desesperación que destruye a los inocentes, y concédenos la salvación que solo tú puedes dar. Amén.

Acerca del libro de II Reyes

El Segundo Libro de los Reyes continúa el relato comenzado en el primero y abarca varios siglos de historia, desde los últimos días del profeta Elías hasta la caída de Jerusalén y el destierro de Babilonia. La tradición judía lo atribuye a un profeta o a un círculo profético, y su redacción definitiva se sitúa durante el destierro, cuando el pueblo, despojado de su tierra y de su templo, necesitaba entender qué había ocurrido y por qué. El libro responde con una lectura teológica de la historia: la ruina no fue un accidente ni un simple juego de imperios, sino la consecuencia de haber abandonado la alianza con Dios.

La primera parte está dominada por la figura de Eliseo, heredero de Elías, cuyos milagros acompañan la vida de los sencillos: una viuda endeudada, una mujer sin hijos, un general enfermo, unos profetas hambrientos. En medio de reyes que se suceden y se enfrentan, la presencia de Dios se manifiesta en gestos de compasión y de poder. Después el relato se detiene en los reinados de Judá e Israel, en la predicación de los profetas y en la ruina anunciada: primero cae Samaria ante Asiria, y más tarde Jerusalén ante Babilonia, con el templo incendiado y el pueblo deportado.

Los grandes temas del libro son la fidelidad de Dios frente a la infidelidad humana, la responsabilidad de los gobernantes, el valor de la palabra profética y la esperanza que sobrevive al desastre, simbolizada en el último rey liberado en Babilonia. Para el católico, los Reyes son una advertencia y un consuelo: la fidelidad se construye con decisiones concretas y puede perderse, pero Dios sigue sosteniendo a los suyos incluso en el exilio, y nunca deja sin esperanza a quien se vuelve a Él.

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