I Crónicas

Antiguo Testamento | 29 capítulos | 942 versículos

1 Cr

Capítulo 1

1 Adán, Set, Enós;

2 Quenán, Mahalalel, Yered;

3 Henoc, Matusalén, Lámek;

4 Noé, Sem, Cam y Jafet.

5 Hijos de Jafet: Gómer, Magog, los medos, Yaván, Túbal, Mések y Tirás.

6 Hijos de Gómer: Askenaz, Rifat y Togarmá

7 Hijos de Yaván: Elisá, Tarsis, Kittim y Rodanim.

8 Hijos de Cam: Kus y Misrayim, Put y Canaán.

9 Hijos de Kus: Sebá, Javilá, Sabtá, Ramá y Sabteká. Hijos de Ramá: Sebá y Dedán.

10 Kus engendró a Nimrod, que fue el primer hombre poderoso de la tierra.

11 Misrayim engendró a los luditas, anamitas, lahabitas, naftujitas,

12 patrusitas, kaslujitas y kaftoritas, de donde proceden los filisteos.

13 Canaán engendró a Sidón, su primogénito, a Jet,

14 y al jebuseo, al amorreo, al guirgasita,

15 al jivita, al arquita, al sinita,

16 al arvadita, al semarita y al jamatita.

17 Hijos de Sem: Elam, Assur, Arpaksad, Lud y Aram. Hijos de Aram: Us, Jul, Guéter y Mések.

18 Arpaksad engendró a Sélaj y Sélaj engendró a Héber.

19 A Héber le nacieron dos hijos: el nombre del primero era Pélej, porque en sus días fue dividida la tierra, y el nombre de su hermano era Yoqtán.

20 Yoqtán engendró a Almodad, Sélef, Jasarmávet, Yéraj,

21 Hadoram, Uzal, Diqlá,

22 Ebal, Abimael, Sebá,

23 Ofir, Javilá, Yobab: todos ellos hijos de Yoqtán.

24 Arpaksad, Sélaj,

25 Héber, Pélej, Reú,

26 Serug, Najor, Téraj,

27 Abram, o sea Abraham.

28 Hijos de Abraham: Isaac e Ismael.

29 Sus descendientes son éstos: El primogénito de Ismael: Nebayot; después, Quedar, Adbeel, Mibsam,

30 Mismá, Dumá, Massá, Jadad, Temá,

31 Yetur, Nafís y Quedmá. Estos son los hijos de Ismael.

32 Hijos de Queturá, concubina de Abraham. Dio a luz a Zimrán, Joqsán, Medán, Madián, Yisbaq y Súaj. Hijos de Yoqsán: Sebá y Dedán.

33 Hijos de Madián: Efá, Efer, Henoc, Abidá y Eldaá. Todos ellos son hijos de Queturá.

34 Abraham engendró a Isaac. Hijos de Isaac: Esaú e Israel.

35 Hijos de Esaú: Elifaz, Reuel, Yeús, Yalam y Coré.

36 Hijos de Elifaz: Temán, Omar, Sefí, Gatam, Quenaz, Timná y Amalec.

37 Hijos de Reuel: Nájat, Zéraj, Sammá y Mizzá.

38 Hijos de Seír: Lotán, Sobal, Sibón, Aná, Disón, Eser y Disán.

39 Hijos de Lotán: Jorí y Homán. Hermana de Lotán fue Timná.

40 Hijos de Sobal: Alyán, Manájat. Ebal, Sefí y Onam. Hijos de Sibón: Ayyá y Aná.

41 Hijos de Aná: Disón. Hijos de Disón: Jamrán, Esbán, Yitrán y Kerán.

42 Hijos de Eser: Bilhán, Zaaván y Yaacán. Hijos de Disón: Us y Arán.

43 Estos son los reyes que reinaron en el país de Edom antes de que hubiera rey entre los israelitas: Bela, hijo de Beor; el nombre de su ciudad era Dinhabá.

44 Murió Bela, y reinó en su lugar Yobab, hijo de Zéraj, de Bosrá.

45 Murió Yobab y reinó en su lugar Jusam, del país de los temanitas.

46 Y murió Jusam, y en su lugar reinó Hodad, hijo de Bedad, que derrotó a los madianitas en los campos de Moab; el nombre de su ciudad fue Avit.

47 Murió Hodad, y reinó en su lugar Samlá, de Masrecá.

48 Murió Samlá, y reinó en su lugar Saúl, de Rejobot Hannahar.

49 Murió Saúl y reinó en su lugar Baal Janán, hijo de Akbor.

50 Murió Baal Janán y reinó en su lugar Hodad. El nombre de su ciudad era Paí, y el de su mujer Mehetabel, hija de Matred, hija de Mezahab.

51 Murió Hodad, y hubo jeques en Edom: el jeque Timná, el jeque Alyá, el jeque Yetet,

52 el jeque Oholibamá, el jeque Elá, el jeque Pinón,

53 el jeque Quenaz, el jeque Temán, el jeque Mibsar,

54 el jeque Magdiel, el jeque Iram. Estos fueron los jeques de Edom.

Reflexión del capítulo 1

El Primer Libro de las Crónicas se abre con una larga cadena de nombres que va de Adán hasta los jefes de Edom. A primera vista parece un muro de palabras extrañas, pero detrás de cada nombre hay una persona, una familia y una historia. El autor sagrado quiere dejar claro desde el principio que la historia de la salvación no empieza en Israel, sino en la humanidad entera: el primer nombre de la lista es Adán, padre de todos. Dios no se ha escogido un pueblo para abandonar a los demás, sino para bendecir a todas las naciones a través de él. Las genealogías de los pueblos vecinos, incluidos los descendientes de Esaú, tienen también su lugar en esta memoria. Hay algo consolador en este comienzo: ante Dios nadie es un número anónimo. Cada generación, con sus luces y sus sombras, sostiene un eslabón de una cadena que llega hasta nosotros. Rezar con esta página es aprender a dar gracias por los que nos precedieron en la fe y a reconocer que también nosotros somos un eslabón para los que vendrán después.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy puedes hacer memoria de tu propia cadena: piensa en las personas que te transmitieron la fe o te dejaron un buen ejemplo, aunque ya no estén. Escribe sus nombres y da gracias a Dios por cada uno. Y pregúntate qué eslabón eres tú: ¿qué herencia de fe estás dejando a quienes te rodean, en tu familia o en tu comunidad? Un gesto sencillo basta para empezar: llamar a un mayor, rezar por un antepasado o contar a alguien una historia de fidelidad que te marcó.

Oración

Padre de todos los pueblos, tú que conoces cada nombre y ninguna generación se pierde en tu memoria, te damos gracias por quienes nos transmitieron la fe. Haznos eslabones fieles de esa cadena, para que quienes vengan después encuentren en nosotros un testimonio vivo de tu amor. Amén.

Acerca del libro de I Crónicas

El Primer Libro de las Crónicas, llamado en la tradición hebrea «Divré Hayyamim», palabras de los días, y en la griega «Paralipómenos», lo que se había dejado de lado, es una relectura de la historia de Israel escrita para una comunidad que regresaba del destierro de Babilonia. La tradición lo atribuye a Esdras, escriba y sacerdote, y su composición suele situarse hacia el siglo IV antes de Cristo, cuando el pueblo, ya sin reyes ni independencia, necesitaba volver a entender quién era y por qué Dios seguía siendo fiel. Por eso el autor no se limita a repetir lo que ya contaban los libros de Samuel y de los Reyes: selecciona, ordena y subraya. Calla las páginas más oscuras de David y engrandece todo lo que mira al culto, al templo, a los levitas y a la alabanza. Su mirada es litúrgica y sacerdotal, más atenta al altar que al campo de batalla.

El libro se abre con largas genealogías que van de Adán hasta las tribus de Israel y hasta la casa de David. A primera vista parecen una lista árida, pero encierran una convicción profunda: la historia de la salvación tiene raíces concretas, nombres, familias y una continuidad que atraviesa el destierro. Después, el relato se concentra en David: su ascenso al trono, el traslado del arca a Jerusalén, la promesa de una dinastía eterna y la preparación minuciosa del templo que no llegará a construir. David aparece como rey orante, músico y organizador del culto más que como guerrero.

Para el católico, Crónicas es una escuela de memoria agradecida. Nos enseña que la fidelidad de Dios no se interrumpe aunque los tiempos sean adversos, que el culto y la alabanza sostienen la vida del pueblo, y que cada generación recibe una herencia y una responsabilidad. Leerlo es descubrir que también nuestra historia personal, con sus nombres y sus heridas, está inscrita en un designio mayor.

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