I Crónicas

Antiguo Testamento | 29 capítulos | 942 versículos

1 Cr

Capítulo 7

1 Hijos de Isacar: Tolá, Puá, Yasub, Simrón: cuatro.

2 Hijos de Tolá: Uzzí, Refaías, Yeriel, Yajmay, Yibsam y Samuel, jefes de las casas paternas de Tolá. Su número, en los días de David, era, según sus genealogías, de 22.600, valientes guerreros.

3 Hijos de Uzzí: Yizrajías; hijos de Yizrajías: Miguel, Abdías, Joel, Yissaías: en total cinco jefes.

4 Tenían, según sus genealogías, por sus casas paternas, divisiones de tropas de guerra en número de 36.000; pues tenían muchas mujeres e hijos.

5 Sus hermanos de todas las familias de Isacar, eran 87.000, esforzados guerreros, inscritos todos ellos en las genealogías.

6 Hijos de Benjamín: Bela, Béker, Yediael: tres.

7 Hijos de Bela: Esbón, Uzzí, Uzziel, Yerimot e Irí: cinco jefes de las casas paternas, esforzados guerreros, inscritos en las genealogías en número de 22.034.

8 Hijos de Béker: Zamirá, Joás, Eliezer, Elyoenay, Omrí, Yeremot, Abías, Anatot y Alémet; todos éstos hijos de Béker.

9 Estaban inscritos según linajes y los jefes de sus casa paternas; tenían 20.200 guerreros esforzados.

10 Hijos de Yediael: Bilhán. Hijos de Bilhán: Yeús, Benjamín, Ehúd, Kenaaná, Zetán, Tarsis y Ajisajar.

11 Todos estos fueron hijos de Yediael, cabezas de familia, esforzados guerreros, en número de 17.200, aptos para la milicia y la guerra.

12 Suppim y Juppim. Hijos de Ir: Jusim; su hijo: Ajer.

13 Hijos de Neftalí: Yajseel, Guní, Yézer y Sallum, hijos de Bilhá.

14 Hijos de Manasés: Asriel, que le dio a luz su concubina aramea. Esta le dio también a luz a Makir, padre de Galaad.

15 Makir tomó una mujer para Juppim y para Suppim, y el nombre de su hermana era Maaká. El nombre del segundo era Selofjad; Selofjad tuvo hijas.

16 Maaká, mujer de Makir, dio a luz un hijo, a quien llamó Peres. Su hermano se llamaba Seres y sus hijos Ulam y Réquem.

17 Hijos de Ulam: Bedán. Estos son los hijos de Galaad, hijo de Makir, hijo de Manasés.

18 Su hermana, Malkat, dio a luz a Ishod, Abiézer y Majlá.

19 Los hijos de Semidá fueron: Ajyán, Sékem, Liqjí y Aniam.

20 Hijos de Efraím: Sutélaj, Bered, su hijo; Tájat, su hijo; Eladá, su hijo; Tájat, su hijo;

21 Zabad, su hijo; Sutélaj, su hijo; Ezer y Elad. Pero los hombres de Gat, nacidos en el país, los mataron, pues habían bajado a apoderarse de sus ganados.

22 Su padre Efraím los lloró durante muchos días, y sus hermanos vinieron a consolarle.

23 Después se unió a su mujer, que concibió y le dio un hijo, a quien llamó Beriá, porque la desgracia estaba en su casa.

24 Hija suya fue Seerá, que edificó a Bet Jorón de arriba y de abajo y a Uzén Seerá.

25 Réfaj, hijo suyo; Sutélaj, hijo suyo; Taján, hijo suyo.

26 Ladán, hijo suyo; Ammihúd, hijo suyo; Elisamá, hijo suyo;

27 Nun, hijo suyo; Josué, hijo suyo.

28 Tenían propiedades y habitaban en Betel y sus aldeas anejas, en Naarán hacia el oriente, en Guézer y sus aldeas anejas hacia el occidente, en Siquem y sus aldeas hasta Ayyá y sus aldeas.

29 Y en manos de los hijos de Manasés estaban Bet Seán y sus aldeas anejas, Tanak y sus aldeas, Meguiddó y sus aldeas, Dor y sus aldeas. En ellas habitaron los hijos de José, hijo de Israel.

30 Hijos de Aser: Yimná, Yisvá, Yisví, Beriá, y Seraj, hermana de éstos.

31 Hijos de Beriá: Héber y Malkiel, el cual fue padre de Birzayit.

32 Héber engendró a Yaflet, Semer, Jotam y Suá, hermana de ellos.

33 Hijos de Yaflet: Pasak, Bimhal y Asvat. Estos son los hijos de Yaflet.

34 Hijos de Sémer: Ají, Rohgá, Jubbá y Aram.

35 Hijos de Hélem, su hermano: Sofaj, Yimná, Seles y Amal.

36 Hijos de Sofaj: Súaj, Jarnéfer, Sual, Berí y Yimrá;

37 Béser, Hod, Sammá, Silsá, Yitrán y Beerá.

38 Hijos de Yéter: Yefunné, Pispá y Ará.

39 Hijos de Ullá: Araj, Janniel y Risías.

40 Todos estos fueron hijos de Aser, jefes de familia, gente escogida, esforzados guerreros, jefes de príncipes. EN los registros genealógicos estaban inscritos en número de 26.000 hombres, aptos para la milicia y la guerra.

Reflexión del capítulo 7

El capítulo recorre las tribus de Isacar, Benjamín, Neftalí, Manasés, Efraín y Aser, con sus jefes y sus guerreros. En medio de la lista aparece una escena dolorosa: los hijos de Efraín fueron muertos cuando intentaron apoderarse del ganado de los habitantes de Gat, y su padre los lloró largamente. Es una nota de tragedia en un texto que a menudo parece solo enumerar nombres, y nos recuerda que las genealogías bíblicas no son estadísticas frías, sino memorias de familias reales, con sus duelos y sus pérdidas. Junto a eso, el autor destaca a los hombres valerosos de cada tribu, gente escogida y esforzada que servía a su pueblo. La grandeza de Israel no estaba en un solo héroe, sino en la multitud fiel de quienes cumplían su deber en su lugar. También nosotros somos parte de un pueblo donde cada uno tiene una misión propia: no todos son cabeza ni todos son mano, pero todos son necesarios. Y el dolor de un padre que llora a sus hijos encuentra también un lugar en la memoria sagrada.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Si has sufrido la pérdida de un ser querido, no tengas miedo de llevar ese dolor a Dios: Él no se escandaliza de tus lágrimas. Dedica hoy un rato a orar por esa persona y a confiar su recuerdo al Señor. Si acompañas a alguien que está de duelo, no busques grandes discursos: basta tu presencia, tu escucha y una oración hecha con ellos.

Oración

Dios de consuelo, tú que recoges las lágrimas de los que lloran a sus seres queridos, acoge en tu paz a los que hemos amado y perdido. Sana nuestras heridas, y haznos consuelo viviente para quienes atraviesan el dolor. Amén.

Acerca del libro de I Crónicas

El Primer Libro de las Crónicas, llamado en la tradición hebrea «Divré Hayyamim», palabras de los días, y en la griega «Paralipómenos», lo que se había dejado de lado, es una relectura de la historia de Israel escrita para una comunidad que regresaba del destierro de Babilonia. La tradición lo atribuye a Esdras, escriba y sacerdote, y su composición suele situarse hacia el siglo IV antes de Cristo, cuando el pueblo, ya sin reyes ni independencia, necesitaba volver a entender quién era y por qué Dios seguía siendo fiel. Por eso el autor no se limita a repetir lo que ya contaban los libros de Samuel y de los Reyes: selecciona, ordena y subraya. Calla las páginas más oscuras de David y engrandece todo lo que mira al culto, al templo, a los levitas y a la alabanza. Su mirada es litúrgica y sacerdotal, más atenta al altar que al campo de batalla.

El libro se abre con largas genealogías que van de Adán hasta las tribus de Israel y hasta la casa de David. A primera vista parecen una lista árida, pero encierran una convicción profunda: la historia de la salvación tiene raíces concretas, nombres, familias y una continuidad que atraviesa el destierro. Después, el relato se concentra en David: su ascenso al trono, el traslado del arca a Jerusalén, la promesa de una dinastía eterna y la preparación minuciosa del templo que no llegará a construir. David aparece como rey orante, músico y organizador del culto más que como guerrero.

Para el católico, Crónicas es una escuela de memoria agradecida. Nos enseña que la fidelidad de Dios no se interrumpe aunque los tiempos sean adversos, que el culto y la alabanza sostienen la vida del pueblo, y que cada generación recibe una herencia y una responsabilidad. Leerlo es descubrir que también nuestra historia personal, con sus nombres y sus heridas, está inscrita en un designio mayor.

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