I Crónicas
Antiguo Testamento | 29 capítulos | 942 versículos
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Capítulo 16 de 29Capítulo 16
1 Introdujeron el arca de Dios y la colocaron en medio de la Tienda que David había hecho levantar para ella; y ofrecieron ante Dios holocaustos y sacrificios de comunión.
2 Cuando David hubo acabado de ofrecer los holocaustos y los sacrificios de comunión, bendijo al pueblo en nombre de Yahveh,
3 y repartió a todo el pueblo de Israel, hombres y mujeres, a cada uno una torta de pan, un pastel de dátiles y un pastel de pasas.
4 David estableció los levitas que habían de hacer el servicio delante del arca de Yahveh, celebrando, glorificando y alabando a Yahveh, el Dios de Israel.
5 Asaf era el jefe; Zacarías era el segundo; luego Uzziel, Semiramot, Yejiel, Mattitías, Eliab, Benaías, Obededom y Yeiel, con salterios y cítaras. Asaf hacía sonar los címbalos.
6 Los sacerdotes Benaáis y Yajaziel tocaban sin interrupción las trompetas delante del arca de la alianza de Dios.
7 Aquel día David, alabando el primero a Yahveh, entregó a Asaf y a sus hermanos este canto:
8 ¡Dad gracias a Yahveh, aclamad su nombre, divulgad entre los pueblos sus hazañas!
9 ¡Cantadle, salmodiad para él, sus maravillas todas recitad!
10 ¡Gloriaos en su santo Nombre, se alegre el corazón de los que buscan a Yahveh!
11 ¡Buscad a Yahveh y su fuerza, id tras su rostro sin descanso!
12 Recordad las maravillas que él ha hecho, sus prodigios y los juicios de su boca,
13 raza de Israel, su servidor, hijos de Jacob, sus elegidos.
14 El, Yahveh, es nuestro Dios, por toda la tierra sus juicios.
15 Recordad para siempre su alianza, palabra que impuso a mil generaciones;
16 lo que pactó con Abraham, el juramento que hizo a Isaac.
17 Y que puso a Jacob como precepto, a Israel como alianza eterna,
18 diciendo: «Yo te daré la tierra de Canaán, por parte de vuestra herencia»,
19 cuando erais escasa gente, poco numerosos, y forasteros allí.
20 Cuando iban de nación en nación desde un reino a otro pueblo,
21 a nadie permitió oprimirles. Por ellos castigó a los reyes.
22 «Guardaos de tocar a mis ungidos ni mal alguno hagáis a mis profetas.»
23 Cantad a Yahveh toda la tierra anunciad su salvación día tras día.
24 Contad su gloria a las naciones, a todos los pueblos sus maravillas.
25 Que es grande Yahveh y muy digno de alabanza, más temible que todos los dioses.
26 Porque nada son todos los dioses de los pueblos, mas Yahveh los cielos hizo.
27 Gloria y majestad están ante él, fortaleza y alegría en su Morada.
28 ¡Rendid a Yahveh, familias de los pueblos, rendid a Yahveh gloria y poder!
29 ¡Rendid a Yahveh la gloria de su Nombre! Traed ofrendas y en sus atrios entrad. ¡Postraos ante Yahveh en esplendor sagrado!
30 ¡Tiemble ante su faz la tierra entera! El orbe está seguro, no vacila.
31 Alégrense los cielos y la tierra jubile. Decid entre las gentes: «¡Yahveh es rey!»
32 ¡Retumbe el mar y cuanto encierra! ¡Exulte el campo y cuanto en él existe!
33 Griten de júbilo los árboles de los bosque ante Yahveh, pues viene a juzgar la tierra.
34 ¡Dad gracias a Yahveh, porque es bueno, porque es eterno su amor!
35 Y decid: «¡Sálvanos, oh Dios de nuestra salvación! Reúnenos y líbranos de las naciones, para dar gracias a tu Nombre santo y gloriarnos en tu alabanza.»
36 Bendito sea Yahveh, el Dios de Israel, por eternidad de eternidades.» Y todo el pueblo dijo: «Amén.» Y alabó a Yahveh.
37 David dejó allí, ante el arca de la alianza de Yahveh, a Asaf y a sus hermanos, para el ministerio continuo delante del arca, según el rito de cada día;
38 y a Obededom, con sus hermanos, en número de 68, y a Obededom, hijo de Yedutún, y a Josá, como porteros;
39 y el sacerdote Sadoq y a sus hermanos, los sacerdotes, delante de la Morada de Yahveh, en el alto de Gabaón,
40 para que ofreciesen continuamente holocaustos a Yahveh en el altar de los holocaustos, por la mañana y por la tarde, según todo lo escrito en la Ley que Yahveh había mandado a Israel.
41 Con ellos estaban Hemán y Yedutún y los restantes escogidos y nominalmente designados para alabar a Yahveh: «Porque es eterno su amor.»
42 Y con ellos, Hemán y Yedutún, que hacían sonar trompetas, címbalos e instrumentos para los cánticos de Dios. Los hijos de Yedutún eran porteros.
43 Luego, todo el pueblo se fue, cada cual a su casa; también David se volvió para bendecir su casa.
Reflexión del capítulo 16
El arca es instalada en la tienda que David ha preparado, y el rey organiza el culto: sacrificios, bendición del pueblo y, sobre todo, la alabanza confiada a los levitas y a Asaf. El corazón del capítulo es un gran canto de acción de gracias: dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad sus maravillas, recordad su alianza. No es una oración individual, sino de todo el pueblo, con instrumentos y voces que se turnan día y noche. Llama la atención que David reparta pan, carne y un pastel de uvas a cada israelita, hombres y mujeres, antes de que cada uno vuelva a su casa. El culto verdadero desemboca siempre en cuidado concreto del hermano: se alaba a Dios y se alimenta al pueblo. Y aquella alabanza se convirtió en una institución estable, un servicio permanente ante el arca. Es una imagen preciosa de la Iglesia: una comunidad que nunca deja de dar gracias, que sostiene su vida en la memoria agradecida de lo que Dios ha hecho, y que no separa la oración de la caridad.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy dedica unos minutos a la acción de gracias pura: nombra ante Dios tres cosas concretas que te han sucedido esta semana y agradécelas. Luego traduce esa gratitud en un gesto material: comparte algo con alguien, invita a comer, ayuda a quien lo necesita. Recuerda que la alabanza se vuelve falsa si no toca la vida real de las personas.
Oración
Te damos gracias, Señor, por tus maravillas y tu fidelidad sin fin. Enséñanos a recordar lo que has hecho por nosotros, a alabarte con el pueblo reunido y a traducir nuestra gratitud en caridad concreta hacia los hermanos. Amén.
Acerca del libro de I Crónicas
El Primer Libro de las Crónicas, llamado en la tradición hebrea «Divré Hayyamim», palabras de los días, y en la griega «Paralipómenos», lo que se había dejado de lado, es una relectura de la historia de Israel escrita para una comunidad que regresaba del destierro de Babilonia. La tradición lo atribuye a Esdras, escriba y sacerdote, y su composición suele situarse hacia el siglo IV antes de Cristo, cuando el pueblo, ya sin reyes ni independencia, necesitaba volver a entender quién era y por qué Dios seguía siendo fiel. Por eso el autor no se limita a repetir lo que ya contaban los libros de Samuel y de los Reyes: selecciona, ordena y subraya. Calla las páginas más oscuras de David y engrandece todo lo que mira al culto, al templo, a los levitas y a la alabanza. Su mirada es litúrgica y sacerdotal, más atenta al altar que al campo de batalla.
El libro se abre con largas genealogías que van de Adán hasta las tribus de Israel y hasta la casa de David. A primera vista parecen una lista árida, pero encierran una convicción profunda: la historia de la salvación tiene raíces concretas, nombres, familias y una continuidad que atraviesa el destierro. Después, el relato se concentra en David: su ascenso al trono, el traslado del arca a Jerusalén, la promesa de una dinastía eterna y la preparación minuciosa del templo que no llegará a construir. David aparece como rey orante, músico y organizador del culto más que como guerrero.
Para el católico, Crónicas es una escuela de memoria agradecida. Nos enseña que la fidelidad de Dios no se interrumpe aunque los tiempos sean adversos, que el culto y la alabanza sostienen la vida del pueblo, y que cada generación recibe una herencia y una responsabilidad. Leerlo es descubrir que también nuestra historia personal, con sus nombres y sus heridas, está inscrita en un designio mayor.
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