I Crónicas

Antiguo Testamento | 29 capítulos | 942 versículos

1 Cr

Capítulo 4

1 Hijos de Judá: Peres, Jesrón, Karmí, Jur y Sobal.

2 Reaías, hijo de Sobal, engendró a Yájat. Yájat engendró a Ajumay y Lahad. Estas son familias de los soreatitas.

3 Estos son los hijos de Jur, padre de Etam: Yizreel, Yismá y Yibdás. Su hermana se llamaba Haslelponí.

4 Penuel fue el padre de Guedor, y Ezer padre de Jusá. Estos son los hijos de Jur, primogénito de Efratá, padre de Belén.

5 Asjur, padre de Técoa, tuvo dos mujeres: Jelá y Naará.

6 Naará dio a luz a Ajuzzam, Jéfer, los timnitas y los ajastaritas. Estos son los hijos de Naará.

7 Hijos de Jelá: Séret, Sójar, Etnán.

8 Cos engendró a Anub y Hossobebá y las familias de Ajarjel, hijo de Harum.

9 Pero Yabés fue más ilustre que sus hermanos, y su madre le dio el nombre de Yabés, diciendo: «Di a luz con dolor.»

10 Yabés invocó al Dios de Israel, exclamando: «Si de verdad me bendices, ensancharás mis términos, tu mano estará conmigo y alejarás el mal para que no padezca aflicción.» Y otorgóle Dios su petición.

11 Kelub, hermano de Sujá, engendró a Mejir, que fue padre de Estón.

12 Estón engendró a Bet Rafá, Paséaj y Tejinná, padre de Ir Najás. Estos son los hombres de Rekal.

13 Hijos de Quenaz: Otniel y Seraías. Hijos de Otniel: Jatat y Meonotay.

14 Meonotay engendró a Ofrá, y Seraías engendró a Joab, padre de Gue Jarasim, pues eran artesanos.

15 Hijos de Caleb, hijo de Yefunné: Ir, Elá y Náam; hijo de Elá: Quenaz.

16 Hijos de Yehallelel: Zif, Zifá, Tiryá y Asarel.

17 Hijos de Ezrá: Yéter, Méred, Efer y Yalón. Ella concibió a María, Samay y Yisbaj, padre de Estemoa.

18 Su mujer, la de Judá, dio a luz a Yéred, padre de Guedor, a Héber, padre de Sokó, y a Yecutiel, padre de Zanóaj. Estos son los hijos de Bitía, hija del Faraón, que Méred había tomado por esposa.

19 Hijos de la mujer de Odías, hermana de Nájam, padre de Queilá el garmita y Estemoa el maakatita.

20 Hijos de Simón: Ammón y Rinná, Ben Janán y Tilón. Hijos de Yisí: Zójet y Ben Zójet.

21 Hijos de Sela, hijo de Judá: Er, padre de Leká, y Ladá, padre de Maresá, y las familias de los que trabajan el lino en Bet Asbea.

22 Yoquim, los hombres de Kozebá; y Joás y Saraf, que se casaron en Moab, antes de volver a Belén. Estas son cosas muy antiguas.

23 Ellos eran alfareros y habitaban en Netaím y Guederá; moraban allí con el rey, trabajando a su servicio.

24 Hijos de Simeón: Nemuel, Yamín, Yarib, Zéraj y Saúl,

25 Sallum, su hijo; Mibsam, su hijo; Mismá, su hijo.

26 Hijos de Mismá: Jammuel, hijo suyo; Zakkur, hijo suyo; Simí, hijo suyo.

27 Simí tuvo dieciséis hijos y seis hijas, pero sus hermanos no tuvieron muchos hijos, no se multiplicaron todas sus familias como los hijos de Judá.

28 Habitaban en Berseba, Moladá, Jasar-Sual,

29 Bilhá, Esem y Tolad,

30 Betuel, Jormá, Siquelag,

31 Bet Markabot, Jasar Susim, Bet Birí y Saaráyim. Estas fueron sus ciudades hasta el reino de David.

32 También sus aldeas: Etam, Ayim, Rimmón, Tokén y Asán, cinco ciudades,

33 y todas sus aldeas que están en torno a aquellas ciudades, hasta Baalat. Aquí habitaron y éste fue su registro genealógico.

34 Mesobab, Yamlek, Yosá, hijo de Amasías,

35 Joel, Jehú, hijo de Yosibías, hijo de Seraías, hijo de Asiel;

36 Elyoenay, Yaacobá, Yesojaías, Asaías, Adiel, Yesimiel y Benaías,

37 Zizá, hijo de Sifí, hijo de Allón, hijo de Yedaías, hijo de Simrí, hijo de Semaías.

38 Estos que han sido citados por sus nombres, fueron jefes en sus familias y sus casas paternas y se multiplicaron grandemente.

39 Se dirigieron a la entrada de Guerar, hasta el oriente del valle, buscando pastos para sus ganados.

40 Y hallaron pastos pingües y buenos y una tierra espaciosa, tranquila y segura, pues antes habían morado allí los descendientes de Cam.

41 Estos que se han citado por sus nombres vinieron en tiempos de Ezequías, rey de Judá, y destruyeron las tiendas de aquéllos, y los refugios que allí se encontraban, entregándolos al anatema hasta el día de hoy; y habitaron en lugar de ellos, ya que había allí pastos para sus ganados.

42 Algunos de los hijos de Simeón, en número de quinientos hombres, se fueron a la montaña de Seír; sus jefes eran Pelatías, Nearías, Refaías, Uzziel, hijos de Yisí:

43 derrotaron a los restos de Amalec, que habían escapado, y habitaron allí hasta el día de hoy.

Reflexión del capítulo 4

Entre las listas de descendientes de Judá aparece de pronto una pequeña joya: la oración de Yabés. Su nombre significa dolor, y quizá por eso aquel hombre pidió a Dios algo distinto: ser bendecido, ver ensanchado su territorio y sentir la mano de Dios sobre él, de modo que el mal no lo alcanzara. El texto dice, con una sencillez conmovedora, que Dios le concedió lo que había pedido. En medio de un capítulo lleno de nombres, esta breve escena recuerda que la historia no la mueven solo los poderosos, sino también los humildes que se atreven a orar. El capítulo menciona además a Otniel, a Caleb y a los clanes de Simeón, con sus batallas y sus conquistas, pero lo que perdura en la memoria es aquella súplica confiada. Yabés no se resignó a que su nombre, su origen o su pasado definieran su destino: pidió a Dios una vida más amplia y la recibió. Es una invitación a creer que la bendición de Dios puede cambiar el rumbo de una persona y de una familia entera.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Atrévete hoy a pedir a Dios una bendición grande y concreta, sin miedo y sin vergüenza. Escribe tu propia oración, al estilo de Yabés: pide que ensanche tu corazón, tu capacidad de servir, tus horizontes. Y acompaña esa petición con un paso real: reconciliarte con alguien, retomar un proyecto bueno o abrir tu casa a quien lo necesita. Dios no se cansa de quien le pide con confianza; deja que tu oración sea audaz y perseverante.

Oración

Señor, Dios de la bendición, tú que escuchaste el clamor humilde de Yabés, ensancha también nuestro corazón y nuestra esperanza. Que tu mano nos acompañe y nos guarde del mal, para que vivamos para tu gloria y para el bien de los demás. Amén.

Acerca del libro de I Crónicas

El Primer Libro de las Crónicas, llamado en la tradición hebrea «Divré Hayyamim», palabras de los días, y en la griega «Paralipómenos», lo que se había dejado de lado, es una relectura de la historia de Israel escrita para una comunidad que regresaba del destierro de Babilonia. La tradición lo atribuye a Esdras, escriba y sacerdote, y su composición suele situarse hacia el siglo IV antes de Cristo, cuando el pueblo, ya sin reyes ni independencia, necesitaba volver a entender quién era y por qué Dios seguía siendo fiel. Por eso el autor no se limita a repetir lo que ya contaban los libros de Samuel y de los Reyes: selecciona, ordena y subraya. Calla las páginas más oscuras de David y engrandece todo lo que mira al culto, al templo, a los levitas y a la alabanza. Su mirada es litúrgica y sacerdotal, más atenta al altar que al campo de batalla.

El libro se abre con largas genealogías que van de Adán hasta las tribus de Israel y hasta la casa de David. A primera vista parecen una lista árida, pero encierran una convicción profunda: la historia de la salvación tiene raíces concretas, nombres, familias y una continuidad que atraviesa el destierro. Después, el relato se concentra en David: su ascenso al trono, el traslado del arca a Jerusalén, la promesa de una dinastía eterna y la preparación minuciosa del templo que no llegará a construir. David aparece como rey orante, músico y organizador del culto más que como guerrero.

Para el católico, Crónicas es una escuela de memoria agradecida. Nos enseña que la fidelidad de Dios no se interrumpe aunque los tiempos sean adversos, que el culto y la alabanza sostienen la vida del pueblo, y que cada generación recibe una herencia y una responsabilidad. Leerlo es descubrir que también nuestra historia personal, con sus nombres y sus heridas, está inscrita en un designio mayor.

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