I Crónicas
Antiguo Testamento | 29 capítulos | 942 versículos
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Capítulo 17 de 29Capítulo 17
1 Morando ya David en su casa, dijo a Natán, profeta: «Mira, yo habito en una casa de cedro, mientras el arca de la alianza de Yahveh está bajo pieles.»
2 Respondió Natán a David: «Haz todo cuanto tienes en tu corazón, porque Dios está contigo.»
3 Pero aquella misma noche vino la palabra de Dios a Natán en estos términos:
4 «Vete y di a mi siervo David: Así dice Yahveh: No serás tú quien me edifique Casa para que habite yo en ella.
5 Pues no he habitado en casa alguna desde el día en que hice subir a los israelitas hasta el día de hoy; sino que he andado de tienda en tienda y de morada en morada.
6 En todo el tiempo que he ido de un lado para otro con todo Israel, ¿he dicho acaso a alguno de los Jueces de Israel, a los que mandé me apacentaran a mi pueblo: Por qué no me edificáis una Casa de cedro?
7 Di, pues, ahora esto a mi siervo David: Así habla Yahveh Sebaot: Yo te he tomado del pastizal, de detrás del rebaño, para que seas caudillo de mi pueblo Israel.
8 He estado contigo donde quiera que has ido, he eliminado a todos tus enemigos de delante de ti y voy a hacerte un nombre grande como el nombre de los grandes de la tierra.
9 Fijaré un lugar a mi pueblo Israel, y lo plantaré allí para que more en él; no será ya perturbado, y los malhechores no seguirán oprimiéndole como al principio,
10 y como en los días en que instituí Jueces sobre mi pueblo Israel. Someteré a todos tus enemigos. Yahveh te anuncia que Yahveh te edificará una casa.
11 Cuando se cumplan tus días para ir con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas y consolidaré su reino.
12 El me edificará un Casa y yo afirmaré su trono para siempre.
13 Yo seré para él un padre, y él será para mi un hijo, y no apartaré de él mi amor, como le aparté de aquel que fue antes de ti.
14 Yo le estableceré en mi Casa y en mi reino para siempre, y su trono estará firme eternamente.»
15 Conforme a todas estas palabras, y conforme a toda esta visión, habló Natán a David.
16 Entró entonces el rey David, se sentó delante de Yahveh y dijo: «¿Quien soy yo, oh Yahveh Dios, y qué mi casa, que me has traído hasta aquí?
17 Y aun esto es poco a tus ojos, oh Dios, que hablas también a la casa de tu siervo para el futuro lejano y me miras como si fuera un hombre distinguido, oh Yahveh Dios.
18 ¿Qué más podrá añadirte David por la gloria que concedes a tu siervo?
19 Oh Yahveh, por amor de tu siervo, y según tu corazón, has hecho todas estas cosas tan grandes, para manifestar todas estas grandezas.
20 Oh Yahveh, nadie com tú, ni hay Dios fuera de ti, según todo lo que hemos oído con nuestros oídos.
21 Y ¿qué otro pueblo hay sobre la tierra como tu pueblo Israel, a quien un dios haya ido a rescatar para hacerle su pueblo, dándole renombre por medio de obras grandes y terribles, arrojando naciones de delante de tu pueblo al que rescataste de Egipto?
22 Tú has constituido a Israel tu pueblo como pueblo tuyo para siempre; y tú, Yahveh, te has hecho su Dios.
23 Ahora, pues, oh Yahveh, mantén firme eternamente la palabra que has dirigido a tu siervo y a su casa; y haz según tu palabra.
24 Sí, sea firme; y sea tu nombre por siempre engrandecido, y que diga: "Yahveh Sebaot, el Dios de Israel, es el Dios para Israel." Y que la casa de tu siervo David subsista en tu presencia.
25 Ya que tú, oh Dios mío, has revelado a tu siervo que vas a edificarle una casa, por eso tu siervo ha encontrado valor para orar en tu presencia.
26 Ahora, pues, Yahveh, tú eres Dios, y tú has prometido esta dicha a tu siervo.
27 Y ahora te has dignado bendecir la casa de tu siervo, para que permanezca por siempre en tu presencia, porque lo que tú bendices, Yahveh, queda bendito por siempre.»
Reflexión del capítulo 17
David quiere construir una casa para Dios, y el profeta Natán, después de animarlo, recibe de noche la respuesta del Señor: no serás tú quien me edifique una casa; soy yo quien te edificaré una dinastía. La promesa es enorme: un descendiente suyo reinará para siempre, y su trono quedará firme. David, que había pensado en dar, recibe mucho más de lo que pretendía ofrecer. Su reacción es conmovedora: se sienta delante de Dios y ora, no con fórmulas grandilocuentes, sino con asombro y gratitud: ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que me hayas traído hasta aquí? Es la oración del humilde que descubre que todo lo bueno que tiene es regalo. Este capítulo es una de las páginas más importantes del Antiguo Testamento, porque en aquella promesa se apoya la esperanza mesiánica: el hijo de David que reinará eternamente es Cristo. Y nos enseña que los planes de Dios superan siempre nuestros proyectos, también cuando parecen desbaratarlos.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Cuando algo que has planeado con buena intención no sale como esperabas, no te cierres en la frustración: siéntate, como David, delante de Dios y pregúntale qué está haciendo Él. Reza hoy con gratitud por tu casa y tu familia, nombrando los dones que no habías reconocido. Y pide al Señor que sus planes se cumplan en ti, por encima de los tuyos.
Oración
Señor, tú que superas siempre nuestros proyectos con tus designios de amor, danos un corazón humilde como el de David para asombrarnos de tus dones. Que sepamos agradecer lo que recibimos y confiar en tu promesa, aunque no veamos el camino. Amén.
Acerca del libro de I Crónicas
El Primer Libro de las Crónicas, llamado en la tradición hebrea «Divré Hayyamim», palabras de los días, y en la griega «Paralipómenos», lo que se había dejado de lado, es una relectura de la historia de Israel escrita para una comunidad que regresaba del destierro de Babilonia. La tradición lo atribuye a Esdras, escriba y sacerdote, y su composición suele situarse hacia el siglo IV antes de Cristo, cuando el pueblo, ya sin reyes ni independencia, necesitaba volver a entender quién era y por qué Dios seguía siendo fiel. Por eso el autor no se limita a repetir lo que ya contaban los libros de Samuel y de los Reyes: selecciona, ordena y subraya. Calla las páginas más oscuras de David y engrandece todo lo que mira al culto, al templo, a los levitas y a la alabanza. Su mirada es litúrgica y sacerdotal, más atenta al altar que al campo de batalla.
El libro se abre con largas genealogías que van de Adán hasta las tribus de Israel y hasta la casa de David. A primera vista parecen una lista árida, pero encierran una convicción profunda: la historia de la salvación tiene raíces concretas, nombres, familias y una continuidad que atraviesa el destierro. Después, el relato se concentra en David: su ascenso al trono, el traslado del arca a Jerusalén, la promesa de una dinastía eterna y la preparación minuciosa del templo que no llegará a construir. David aparece como rey orante, músico y organizador del culto más que como guerrero.
Para el católico, Crónicas es una escuela de memoria agradecida. Nos enseña que la fidelidad de Dios no se interrumpe aunque los tiempos sean adversos, que el culto y la alabanza sostienen la vida del pueblo, y que cada generación recibe una herencia y una responsabilidad. Leerlo es descubrir que también nuestra historia personal, con sus nombres y sus heridas, está inscrita en un designio mayor.
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