I Crónicas

Antiguo Testamento | 29 capítulos | 942 versículos

1 Cr

Capítulo 25

1 David y los jefes del ejército separaron para el servicio a los hijos de Asaf, Hemán y Yedutún, profetas, que cantaban con cítaras, salterios y címbalos. Este es el número de personas que se encargaban de este servicio:

2 De los hijos de Asaf: Zakkur, José, Netanías, Asarelá, hijos de Asaf, bajo la dirección de Asaf, que profetizaba según las órdenes del rey.

3 De Yedutún: los hijos de Yedutún: Guedalías, Serí, Isaías, Jasabías y Mattitías, seis, bajo la dirección de su padre Yedutún que profetizaba al son de la cítara para celebrar y alabar a Yahveh.

4 De Hemán: los hijos de Hemán: Buqquiyías, Mattanías, Uzziel, Sebuel, Yerimot, Jananías, Jananí, Eliyatá, Guiddaltí, Romamti Ezer, Yosbecasa, Mallotí, Hotir, Majaziot.

5 Todos estos eran hijos de Hemán, vidente del rey; a las palabras de Dios debían hacer sonar la trompa. Dios había dado a Hemán catorce hijos y tres hijas.

6 Todos ellos se hallaban bajo la dirección de su padre para el canto de la Casa de Yahveh, con címbalos, salterios y cítaras al servicio de la Casa de Dios, siguiendo las indicaciones del rey, de Asaf, Yedutún y Hemán.

7 Su número, contando a sus hermanos, los que estaban instruidos en el canto de Yahveh, todos ellos maestros, era de 288.

8 Echaron a suertes el turno del servicio, tanto el pequeño como el grande, el maestro como el discípulo.

9 La primera suerte recayó sobre el asafita José; la segunda sobre Guedalías con sus hermanos e hijos, doce;

10 la tercera, sobre Zakkur, sus hijos y hermanos, doce;

11 la cuarta sobre Yisrí, sus hijos y hermanos, doce;

12 la quinta sobre Netanías, sus hijos y hermanos, doce;

13 la sexta sobre Buqquiyías, sus hijos y hermanos, doce;

14 la séptima sobre Yesarela, sus hijos y hermanos, doce;

15 la octava sobre Isaías, sus hijos y hermanos, doce;

16 la novena sobre Mattanías, sus hijos y hermanos, doce;

17 la décima sobre Simí, sus hijos y hermanos, doce;

18 la once sobre Azarel, sus hijos y hermanos, doce;

19 la doce sobre Jasabías, sus hijos y hermanos, doce;

20 la trece, sobre Subael, sus hijos y hermanos, doce

21 la catorce, sobre Mattitías, sus hijos y hermanos, doce;

22 la quince, sobre Yeremot, sus hijos y hermanos, doce;

23 la dieciséis, sobre Jananías, sus hijos y hermanos, doce;

24 la diecisiete, sobre Yosbecasa, sus hijos y hermanos, doce;

25 la dieciocho, sobre Jananí, sus hijos y hermanos, doce;

26 la diecinueve, sobre Mallotí, sus hijos y hermanos, doce;

27 la veinte, sobre Eliyatá, sus hijos y hermanos, doce;

28 la veintiuna, sobre Hotir, sus hijos y hermanos, doce;

29 la veintidós, sobre Guiddaltí, sus hijos y hermanos, doce;

30 la veintitrés, sobre Majaziot, sus hijos y hermanos, doce;

31 la veinticuatro, sobre Romamti Ezer, sus hijos y hermanos, doce.

Reflexión del capítulo 25

David y los jefes del ejército apartan para el culto a las familias de Asaf, Hemán y Jedutún, encargados de la música y del canto profético ante el Señor. El capítulo enumera veinticuatro clases de cantores, con sus hijos y hermanos, y menciona instrumentos como arpas, cítaras y címbalos. Es notable que la música de la casa de Dios se organice con tanto cuidado y que se la considere un ministerio, no un entretenimiento. Aquellos hombres no solo cantaban: profetizaban, es decir, anunciaban la palabra de Dios con su canto, dando gracias y alabando al Señor. La belleza, en la liturgia, está al servicio de la fe: ayuda al pueblo a elevar el corazón y a entrar en el misterio. El capítulo también muestra que la alabanza era una tarea compartida por familias enteras, transmitida de padres a hijos. Es una invitación a descubrir el valor de la música y del arte en la vida cristiana, y a agradecer a quienes, con su voz y su talento, nos ayudan a rezar mejor y a alabar a Dios con dignidad y alegría.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Valora hoy la música y la belleza en tu oración: elige un canto o un salmo que te ayude a elevar el corazón a Dios y reza con él despacio. Si participas en el coro, la liturgia o el arte de tu comunidad, hazlo con esmero, sabiendo que sirves a la fe de los demás. Y da gracias a quienes preparan la celebración dominical.

Oración

Señor, tú que habitas en la alabanza de tu pueblo, santifica nuestra voz y nuestro arte para tu gloria. Que la belleza de la música y del canto nos ayude a rezar mejor y a anunciar tu amor con alegría. Amén.

Acerca del libro de I Crónicas

El Primer Libro de las Crónicas, llamado en la tradición hebrea «Divré Hayyamim», palabras de los días, y en la griega «Paralipómenos», lo que se había dejado de lado, es una relectura de la historia de Israel escrita para una comunidad que regresaba del destierro de Babilonia. La tradición lo atribuye a Esdras, escriba y sacerdote, y su composición suele situarse hacia el siglo IV antes de Cristo, cuando el pueblo, ya sin reyes ni independencia, necesitaba volver a entender quién era y por qué Dios seguía siendo fiel. Por eso el autor no se limita a repetir lo que ya contaban los libros de Samuel y de los Reyes: selecciona, ordena y subraya. Calla las páginas más oscuras de David y engrandece todo lo que mira al culto, al templo, a los levitas y a la alabanza. Su mirada es litúrgica y sacerdotal, más atenta al altar que al campo de batalla.

El libro se abre con largas genealogías que van de Adán hasta las tribus de Israel y hasta la casa de David. A primera vista parecen una lista árida, pero encierran una convicción profunda: la historia de la salvación tiene raíces concretas, nombres, familias y una continuidad que atraviesa el destierro. Después, el relato se concentra en David: su ascenso al trono, el traslado del arca a Jerusalén, la promesa de una dinastía eterna y la preparación minuciosa del templo que no llegará a construir. David aparece como rey orante, músico y organizador del culto más que como guerrero.

Para el católico, Crónicas es una escuela de memoria agradecida. Nos enseña que la fidelidad de Dios no se interrumpe aunque los tiempos sean adversos, que el culto y la alabanza sostienen la vida del pueblo, y que cada generación recibe una herencia y una responsabilidad. Leerlo es descubrir que también nuestra historia personal, con sus nombres y sus heridas, está inscrita en un designio mayor.

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