I Crónicas
Antiguo Testamento | 29 capítulos | 942 versículos
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Capítulo 3 de 29Capítulo 3
1 Estos son los hijos que le nacieron a David en Hebrón: el primogénito Amnón, hijo de Ajinoam, de Yizreel; el segundo, Daniel, hijo de Abigaíl de Carmelo;
2 el tercero, Absalón, hijo de Maaká, hija de Talmay, rey de Guesur; el cuarto, Adonías, hijo de Jagguit;
3 el quinto, Sefatías, de Abital; el sexto, Yitream, de su mujer Eglá.
4 Estos seis le nacieron en Hebrón, donde reinó siete años y seis meses. Reinó en Jerusalén 33 años.
5 Estos son los que le nacieron en Jerusalén: Simá, Sobab, Natán, Salomón, los cuatro de Bat Súa, hija de Ammiel.
6 Además, Yibjar, Elisamá, Elifélet,
7 Nogah, Néfeg, Yafía,
8 Elisamá, Elyadá, Elifélet: nueve.
9 Estos son todos los hijos de David, sin contar los hijos de las concubinas. Hermana de ellos fue Tamar.
10 Hijo de Salomón: Roboam; hijo suyo, Abías; hijo suyo, Asá; hijo suyo, Josafat;
11 hijo suyo, Joram; hijo suyo, Ocozías; hijo suyo, Joás;
12 hijo suyo, Amasías; hijo suyo, Azarías; hijo suyo, Jotam;
13 hijo suyo, Acaz; hijo suyo, Ezequías; hijo suyo, Manasés;
14 hijo suyo, Amón; hijo suyo, Josías.
15 Hijos de Josías: Yojanán, el primogénito; Yoyaquim, el segundo; Sedecías, el tercero; Sallum, el cuarto.
16 Hijos de Yoyaquim: su hijo Joaquim y su hijo Sedecías.
17 Hijos de Joaquín, el cautivo: Sealtiel su hijo;
18 Malkiram, Pedaías, Senassar, Yecamías, Hosamá, Nedabías.
19 Hijos de Pedaías: Zorobabel y Simí. Hijos de Zorobabel: Mesullam, Jananías y Selomit, hermana de ellos.
20 Hijos de Mesullam: Jasubá, Ohel, Berekías, Jasadías y Yusab Jésed: cinco.
21 Hijos de Jananías: Pelatías; Isaías, hijo suyo; Refaías, hijo suyo; Arnán, hijo suyo; Abdías, hijo suyo; Sekanías, hijo suyo.
22 Hijos de Sekanías: Semaías, Jattús, Yigal, Baríaj, Nearías y Safat: seis.
23 Hijos de Nearías: Elyoenay, Ezequías, Azricam: tres. Hijos de Elyoenay: Hodaías, Elyasib, Pelaías, Aqcub, Yojanán, Delaías y Ananí: siete.
Reflexión del capítulo 3
Este capítulo recoge la descendencia que David tuvo en Hebrón y en Jerusalén, y después prolonga la lista de la descendencia real hasta después del destierro, con nombres como Zorobabel. Leído en su momento histórico, este elenco era mucho más que un registro familiar: era la prueba de que la promesa hecha a David no había muerto en Babilonia. Cuando el pueblo volvió del exilio, sin trono y sin corona, necesitaba saber que la línea del rey seguía viva y que Dios no había olvidado su palabra. El capítulo menciona también a los hijos nacidos en Jerusalén, con sus madres, y no oculta los nombres de los que murieron jóvenes ni las rivalidades de la corte. La historia real está hecha de luces y de dramas, y Dios escribe su designio precisamente a través de ella. Para el creyente, este texto es una invitación a confiar en las promesas de Dios cuando todo parece acabado, y a leer la propia historia familiar, con sus quiebres y sus heridas, como parte de un plan más grande que nosotros mismos.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy dedica un momento a mirar tu propia familia con los ojos de la fe. ¿Hay rupturas, distancias o heridas que llevas años arrastrando? No tienes que resolverlo todo de golpe, pero sí dar un paso: una llamada, una visita, una palabra de perdón o simplemente rezar por esa persona. Confía en que Dios también escribe su historia a través de los caminos torcidos de las familias humanas.
Oración
Dios fiel, que no olvidas tus promesas ni cuando parece que todo ha terminado, sostén nuestra esperanza en los momentos de pérdida. Sana las heridas de nuestras familias y enséñanos a confiar en que tú sigues escribiendo tu historia en medio de nuestras fragilidades. Amén.
Acerca del libro de I Crónicas
El Primer Libro de las Crónicas, llamado en la tradición hebrea «Divré Hayyamim», palabras de los días, y en la griega «Paralipómenos», lo que se había dejado de lado, es una relectura de la historia de Israel escrita para una comunidad que regresaba del destierro de Babilonia. La tradición lo atribuye a Esdras, escriba y sacerdote, y su composición suele situarse hacia el siglo IV antes de Cristo, cuando el pueblo, ya sin reyes ni independencia, necesitaba volver a entender quién era y por qué Dios seguía siendo fiel. Por eso el autor no se limita a repetir lo que ya contaban los libros de Samuel y de los Reyes: selecciona, ordena y subraya. Calla las páginas más oscuras de David y engrandece todo lo que mira al culto, al templo, a los levitas y a la alabanza. Su mirada es litúrgica y sacerdotal, más atenta al altar que al campo de batalla.
El libro se abre con largas genealogías que van de Adán hasta las tribus de Israel y hasta la casa de David. A primera vista parecen una lista árida, pero encierran una convicción profunda: la historia de la salvación tiene raíces concretas, nombres, familias y una continuidad que atraviesa el destierro. Después, el relato se concentra en David: su ascenso al trono, el traslado del arca a Jerusalén, la promesa de una dinastía eterna y la preparación minuciosa del templo que no llegará a construir. David aparece como rey orante, músico y organizador del culto más que como guerrero.
Para el católico, Crónicas es una escuela de memoria agradecida. Nos enseña que la fidelidad de Dios no se interrumpe aunque los tiempos sean adversos, que el culto y la alabanza sostienen la vida del pueblo, y que cada generación recibe una herencia y una responsabilidad. Leerlo es descubrir que también nuestra historia personal, con sus nombres y sus heridas, está inscrita en un designio mayor.
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