I Crónicas
Antiguo Testamento | 29 capítulos | 942 versículos
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Capítulo 21 de 29Capítulo 21
1 Alzóse Satán contra Israel, e incitó a David a hacer el censo del pueblo.
2 Dijo, pues, David a Joab y a los jefes del ejército: «Id, contad los israelitas desde Berseba hasta Dan, y volved después para que yo sepa su número.»
3 Respondió Joab: «¡Multiplique Yahveh su pueblo cien veces más de lo que es! ¿Acaso no son, oh rey mi señor, todos ellos siervos de mi señor? ¿Por qué, pues, pide esto mi señor? ¿Por qué acarrear culpa sobre Israel?»
4 Pero prevaleció la orden del rey sobre Joab, de modo que éste salió y recorrió todo Israel, volviéndose después a Jerusalén.
5 Joab entregó a David la cifra del censo del pueblo: había en todo Israel 1.100.000 hombres capaces de manejar las armas; había en Judá 470.000 hombres capaces de manejar las armas.
6 No incluyó en este censo a Leví y Benjamín, porque Joab detestaba la orden del rey.
7 Desagradó esto a Dios, por lo cual castigó a Israel.
8 Entonces dijo David a Dios: «He cometido un gran pecado haciendo esto. Pero ahora perdona, te ruego, la falta de tu siervo, pues he sido muy necio.»
9 Y Yahveh habló a Gad, vidente de David, en estos términos:
10 «Anda y di a David: Así dice Yahveh: Tres cosas te propongo; elige una de ellas y la llevaré a cabo.»
11 Llegó Gad donde David y le dijo: «Así dice Yahveh: Elige para ti:
12 tres años de hambre, o tres meses de derrotas ante tus enemigos, con la espada de tus enemigos a la espalda, o bien tres días durante los cuales la espada de Yahveh y la peste anden por la tierra y el ángel de Yahveh haga estragos en todo el territorio de Israel. Ahora, pues, mira qué debo responder al que me envía.»
13 David respondió a Gad: «Estoy en gran angustia. Pero ¡caiga yo en manos de Yahveh, que es grande su misericordia, y no caiga en manos de los hombres!»
14 Yahveh envió la peste sobre Israel, y cayeron de Israel 70.000 hombres.
15 Mandó Dios un ángel contra Jerusalén para destruirla; pero cuando ya estaba destruyéndola, miró Yahveh y se arrepintió del estrago, y dijo al ángel Exterminador: «¡Basta ya; retira tu mano!» El ángel de Yahveh estaba junto a la era de Ornán el jebuseo.
16 Alzando David los ojos vio al ángel de Yahveh que estaba entre la tierra y el cielo con una espada desenvainada en su mano, extendida contra Jerusalén. Entonces David y los ancianos, cubiertos de sayal, cayeron rostro en tierra.
17 Y dijo David a Dios: «Yo fui quien mandé hacer el censo del pueblo. Yo fui quien pequé, yo cometí el mal; pero estas ovejas, ¿qué han hecho? ¡Oh Yahveh, Dios mío, caiga tu mano sobre mí y sobre la casa de mi padre, y no haya plaga entre tu pueblo!»
18 Entonces el ángel de Yahveh dijo a Gad que diera a David la orden de subir para alzar un altar a Yahveh en la era de Ornán el jebuseo.
19 Subió David, según la orden que Gad le había dado en nombre de Yahveh.
20 Ornán, que estaba trillando el trigo, se volvió y, al ver al ángel, él y sus cuatro hijos se escondieron.
21 Cuando David llegó junto a Ornán, miró Ornán y, viendo a David, salió de la era y postróse ante David, rostro en tierra.
22 Dijo David a Ornán: «Dame el sitio de esta era para erigir en él un altar a Yahveh - dámelo por su justo valor en plata - para que la plaga se retire del pueblo.»
23 Respondió Ornán a David: «Tómalo, y haga mi señor el rey lo que bien le parezca. Mira que te doy los bueyes para holocaustos, los trillos para leña y el trigo para la ofrenda; todo te lo doy.»
24 Replicó el rey David a Ornán: «No; quiero comprártelo por su justo precio, pues no tomaré para Yahveh lo que es tuyo, ni ofreceré holocaustos de balde.»
25 Y David dio a Ornán por el sitio la suma de seiscientos siclos de oro.
26 David erigió allí un altar a Yahveh y ofreció holocaustos y sacrificios de comunión e invocó a Yahveh, el cual le respondió con fuego del cielo sobre el altar del holocausto.
27 Entonces Yahveh ordenó al ángel que volviera la espada a la vaina.
28 En aquel tiempo, al ver David que Yahveh le había respondido en la era de Ornán el jebuseo, ofreció allí sacrificios.
29 Pues la Morada de Yahveh, que Moisés había hecho en el desierto, y el altar de los holocaustos, estaban a la sazón en el alto de Gabaón;
30 pero David no se había atrevido a presentarse delante de Dios para consultarle, porque estaba aterrado ante la espada del ángel de Yahveh.
Reflexión del capítulo 21
Este capítulo es una de las páginas más hondas del libro. David, incitado por el adversario, manda hacer el censo del pueblo, un gesto de orgullo que pone la confianza en los números y no en Dios. Cuando reconoce su falta, el Señor le ofrece elegir el castigo, y David pronuncia una frase estremecedora: prefiero caer en las manos del Señor, porque es grande su misericordia, antes que en manos de los hombres. Elige confiar en la misericordia de Dios, no en su propia fuerza. Después, al ver al ángel y a la espada sobre Jerusalén, compra la era de Ornán y levanta allí un altar; y el texto anota que aquel lugar será la casa del Señor. En el mismo sitio donde el pueblo tembló, brotará el templo. Es una lección impresionante: Dios no desperdicia ni el pecado, y del lugar de nuestra caída puede hacer el lugar de su presencia, si nos arrepentimos de corazón y volvemos a Él con confianza.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Si llevas a cuestas un pecado o una decisión de la que te avergüenzas, no huyas de Dios: acude a su misericordia en la oración o en el sacramento de la reconciliación. Pide a Dios que transforme ese lugar de tu vida en un espacio de encuentro con Él. Y evita medir tu valor o el de los demás por números, resultados o apariencias.
Oración
Señor, rico en misericordia y lento a la ira, te pedimos un corazón humilde que reconozca sus faltas y confíe en tu perdón. Transforma los lugares de nuestra caída en espacios de encuentro contigo y haz de nosotros un altar vivo para tu gloria. Amén.
Acerca del libro de I Crónicas
El Primer Libro de las Crónicas, llamado en la tradición hebrea «Divré Hayyamim», palabras de los días, y en la griega «Paralipómenos», lo que se había dejado de lado, es una relectura de la historia de Israel escrita para una comunidad que regresaba del destierro de Babilonia. La tradición lo atribuye a Esdras, escriba y sacerdote, y su composición suele situarse hacia el siglo IV antes de Cristo, cuando el pueblo, ya sin reyes ni independencia, necesitaba volver a entender quién era y por qué Dios seguía siendo fiel. Por eso el autor no se limita a repetir lo que ya contaban los libros de Samuel y de los Reyes: selecciona, ordena y subraya. Calla las páginas más oscuras de David y engrandece todo lo que mira al culto, al templo, a los levitas y a la alabanza. Su mirada es litúrgica y sacerdotal, más atenta al altar que al campo de batalla.
El libro se abre con largas genealogías que van de Adán hasta las tribus de Israel y hasta la casa de David. A primera vista parecen una lista árida, pero encierran una convicción profunda: la historia de la salvación tiene raíces concretas, nombres, familias y una continuidad que atraviesa el destierro. Después, el relato se concentra en David: su ascenso al trono, el traslado del arca a Jerusalén, la promesa de una dinastía eterna y la preparación minuciosa del templo que no llegará a construir. David aparece como rey orante, músico y organizador del culto más que como guerrero.
Para el católico, Crónicas es una escuela de memoria agradecida. Nos enseña que la fidelidad de Dios no se interrumpe aunque los tiempos sean adversos, que el culto y la alabanza sostienen la vida del pueblo, y que cada generación recibe una herencia y una responsabilidad. Leerlo es descubrir que también nuestra historia personal, con sus nombres y sus heridas, está inscrita en un designio mayor.
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