I Crónicas

Antiguo Testamento | 29 capítulos | 942 versículos

1 Cr

Capítulo 5

1 Hijos de Rubén, primogénito de Israel. Rubén había nacido el primero, mas por haber manchado el tálamo de su padre fue dada su primogenitura a los hijos de José, hijo de Israel. Con todo, José no fue inscrito en las genealogías como el primogénito,

2 pues Judá se hizo poderoso entre sus hermanos y de él procede el príncipe, pero la primogenitura pertenece a José.

3 Hijos de Rubén, primogénito de Israel: Henoc, Pallú, Jesrón y Karmí.

4 Hijos de Joel: Semaías, hijo suyo; Gog, hijo suyo; Simí, hijo suyo;

5 Miká, hijo suyo; Reaías, hijo suyo; Báal, hijo suyo;

6 Beerá, hijo suyo, al cual Teglatfalasar, rey de Asiria, llevó cautivo. Era jefe de los rubenitas.

7 Hermanos suyos, por familias, agrupados según sus genealogías: el primero, Yeiel, Zacarías,

8 Belá, hijo de Azaz, hijo de Sema, hijo de Joel. Este habitaba en Aroer y hasta Nebo y Báal Meón.

9 Habitaban, asimismo, al oriente hasta el borde del desierto que se extiende desde el río Eufrates, pues sus ganados se habían multiplicado en la tierra de Galaad.

10 En los días de Saúl hicieron guerra contra los agareos, que cayeron en sus manos; y habitaron en sus tiendas por toda la parte oriental de Galaad.

11 Los hijos de Gad habitaban junto a ellos en la tierra de Basán hasta Salká.

12 Joel fue el primero, Safán el segundo; luego Yanay y Safat, en Basán.

13 Sus hermanos, por casas paternas, fueron: Miguel, Mesullam, Seba, Yoray, Yakán, Zía y Héber: siete.

14 He aquí los hijos de Abijáyil, hijo de Jurí, hijo de Yaróaj, hijo de Guilad, hijo de Miguel, hijo de Yesisay, hijo de Yajdó, hijo de Buz.

15 Ají, hijo de Abdiel, hijo de Guní, era cabeza de sus casas paternas.

16 Habitaban en Galaad, en Basán y sus aldeas, y en todos los ejidos de Sarón hasta sus confines.

17 Todos ellos fueron registrados en los días de Jotam, rey de Judá, y en los días de Jeroboam, rey de Israel.

18 Los hijos de Rubén, los de Gad y la media tribu de Manasés eran hombres valientes, llevaban escudo y espada, manejaban el arco y eran diestros en la guerra. Salían a campaña en número de 44.760.

19 Hicieron guerra contra los agareos, contra Yetur, Nafis y Nodab,

20 y Dios les ayudó contra ellos, de suerte que los agareos y todos los que con ellos estaban fueron entregados en sus manos; pues en la batalla clamaron a Dios y les fue propicio, por cuanto confiaban en él.

21 Capturaron sus ganados: sus camellos, en número de 50.000, 250.000 ovejas, 2.000 asnos y 100.000 personas,

22 pues, por ser guerra de Dios, cayeron muertos muchos. Habitaron el lugar de ellos hasta el destierro.

23 Los hijos de la media tribu de Manasés habitaron en el país desde Basán hasta Báal Hermón, Senir y la montaña de Hermón. Eran muy numerosos.

24 He aquí los jefes de sus casas paternas: Efer, Yisi, Eliel, Azriel, Jeremías, Hodavías y Yajdiel, hombres valerosos, gente famosa, jefes de sus casas paternas.

25 Pero fueron infieles al Dios de sus padres y se prostituyeron siguiendo a los dioses de los pueblos del país que Dios había destruido delante de ellos.

26 Por lo cual el Dios de Israel suscitó el espíritu de Pil, rey de Asiria, que deportó a los rubenitas, los gaditas y la media tribu de Manasés, y los llevó a Jalaj, Jabor, Jará y el río Gozán, hasta el día de hoy.

27 Hijos de Leví: Guersón, Quehat y Merarí.

28 Hijos de Quehat: Amram, Yishar, Hebrón y Uzziel.

29 Hijos de Amram: Aarón, Moisés y María. Hijos de Aarón: Nadab, Abihú, Eleazar e Itamar.

30 Eleazar engendró a Pinjás, Pinjás engendró a Abisúa.

31 Abisúa engendró a Buqquí y Buqquí engendró a Uzzí,

32 Uzzí engendró a Zerajías, Zerajías engendró a Merayot,

33 Merayot engendró a Amarías, Amarías engendró a Ajitub,

34 Ajitub engendró a Sadoq, Sadoq engendró a Ajimaas,

35 Ajimaas engendró a Azarías, Azarías engendró a Yojanán,

36 Yojanán engendró a Azarías, el cual ejerció el sacerdocio en la Casa que Salomón edificó en Jerusalén.

37 Azarías engendró a Amarías, Amarías engendró a Ajitub,

38 Ajitub engendró a Sadoq, Sadoq engendró a Sallum,

39 Sallum engendró a Jilquías, Jilquías engendró a Azarías,

40 Azarías engendró a Seraías, Seraías engendró a Yehosadaq,

41 Yehosadaq marchó cuando Yahveh deportó a Judá y Jerusalén por mano de Nabucodonosor.

Reflexión del capítulo 5

El capítulo recuerda a Rubén, el primogénito que perdió su derecho de primogenitura, y a las tribus que se establecieron al otro lado del Jordán. No es una página triunfal: habla de un privilegio perdido por la infidelidad, y también de guerras duras en las que aquellos clanes clamaron a Dios y fueron escuchados. El autor subraya que la victoria no vino de su propia fuerza, sino de que invocaron al Señor en medio del combate. Más adelante menciona la deportación de estas tribus por parte del rey de Asiria, y explica la raíz de aquella desgracia: se habían apartado del Dios de sus padres y habían servido a los ídolos de los pueblos vecinos. El texto no esconde las consecuencias del pecado, pero tampoco cierra la puerta a la misericordia. Quien lee esta página con atención descubre dos verdades que siguen siendo actuales: la fidelidad se construye día a día y se puede perder; y aun en el castigo, Dios escucha a quien clama. La memoria de Israel es honesta: recuerda las caídas para que las generaciones futuras aprendan a no repetirlas.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Examina hoy alguna área de tu vida donde has ido cediendo poco a poco, casi sin darte cuenta: una costumbre, una omisión, una complicidad con lo que sabes que no está bien. Pide luz para reconocerlo con sinceridad. Y en las dificultades que estás viviendo, no te encierres en la queja: clama a Dios como aquellas tribus en la batalla, sabiendo que Él escucha a quien se vuelve a Él de corazón.

Oración

Padre misericordioso, tú que escuchas el clamor de los que te invocan en la prueba, danos un corazón sincero para reconocer nuestras infidelidades. Guárdanos de apartarnos de ti y, cuando caigamos, ayúdanos a volver a tus caminos con humildad y confianza. Amén.

Acerca del libro de I Crónicas

El Primer Libro de las Crónicas, llamado en la tradición hebrea «Divré Hayyamim», palabras de los días, y en la griega «Paralipómenos», lo que se había dejado de lado, es una relectura de la historia de Israel escrita para una comunidad que regresaba del destierro de Babilonia. La tradición lo atribuye a Esdras, escriba y sacerdote, y su composición suele situarse hacia el siglo IV antes de Cristo, cuando el pueblo, ya sin reyes ni independencia, necesitaba volver a entender quién era y por qué Dios seguía siendo fiel. Por eso el autor no se limita a repetir lo que ya contaban los libros de Samuel y de los Reyes: selecciona, ordena y subraya. Calla las páginas más oscuras de David y engrandece todo lo que mira al culto, al templo, a los levitas y a la alabanza. Su mirada es litúrgica y sacerdotal, más atenta al altar que al campo de batalla.

El libro se abre con largas genealogías que van de Adán hasta las tribus de Israel y hasta la casa de David. A primera vista parecen una lista árida, pero encierran una convicción profunda: la historia de la salvación tiene raíces concretas, nombres, familias y una continuidad que atraviesa el destierro. Después, el relato se concentra en David: su ascenso al trono, el traslado del arca a Jerusalén, la promesa de una dinastía eterna y la preparación minuciosa del templo que no llegará a construir. David aparece como rey orante, músico y organizador del culto más que como guerrero.

Para el católico, Crónicas es una escuela de memoria agradecida. Nos enseña que la fidelidad de Dios no se interrumpe aunque los tiempos sean adversos, que el culto y la alabanza sostienen la vida del pueblo, y que cada generación recibe una herencia y una responsabilidad. Leerlo es descubrir que también nuestra historia personal, con sus nombres y sus heridas, está inscrita en un designio mayor.

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