I Crónicas

Antiguo Testamento | 29 capítulos | 942 versículos

1 Cr

Capítulo 9

1 Todos los israelitas estaban registrados en las genealogías e inscritos en el libro de los reyes de Israel y de Judá, cuando fueron deportados a Babilonia por sus infidelidades.

2 Los primeros que volvieron a habitar en sus propiedades y ciudades fueron israelitas, sacerdotes, levitas y donados.

3 En Jerusalén habitaron hijos de Judá, hijos de Benjamín, hijos de Efraím y de Mamassés.

4 Utay, hijo de Ammihúd, hijo de Omrí, hijo de Imrí, hijo de Baní, de los hijos de Peres, hijo de Judá.

5 De los silonitas: Asaías, el primogénito, y sus hijos.

6 De los hijos de Zéraj: Yeuel y sus hermanos: 690.

7 De los hijos de Benjamín: Sallú, hijo de Mesullam, hijo de Hodavías, hijo de Hassenuá;

8 Yibneías, hijo de Yerojam: Ela, hijo de Uzzí, hijo de Mikrí, y Mesullam, hijo de Sefatías, hijo de Reuel, hijo de Yibnías,

9 y sus hermanos, según sus genealogías: 956. Todos estos eran jefes de familia en sus respectivas casas paternas.

10 De los sacerdotes: Yedaías, Yehoyarib, Yakín,

11 Azarías, hijo de Jilquías, hijo de Mesullam, hijo de Sadoq, hijo de Merayot, hijo de Ajitub, príncipe de la Casa de Dios.

12 Adaías, hijo de Yerojam, hijo de Pasjur, hijo de Malkías; Masay, hijo de Adiel, hijo de Yajzerá, hijo de Mesullam, hijo de Mesillemit, hijo de Immer;

13 y sus hermanos, jefes de sus casas paternas: 1.760 hombres aptos para los ejercicios del culto de la Casa de Dios.

14 De los levitas: Semaías, hijo de Jassub, hijo de Azricam, hijo de Jasabías, de los hijos de Merarí.

15 Baqbacar, Herés, Galal y Mattanías, hijo de Miká, hijo de Zikrí, hijo de Asaf.

16 Abdías, hijo de Semaías, hijo de Galal, hijo de Yedutún; y Berekías, hijo de Asá, hijo de Elcaná, que habitaban en los poblados de los netofatíes.

17 Los porteros: Sallum, Aqcub, Talmón, Ajimán y sus hermanos. Sallum era el jefe;

18 y están hasta el presente junto a la puerta del rey, al oriente. Estos son los porteros del campamento de los hijos de Leví:

19 Sallum, hijo de Qoré, hijo de Ebyasaf, hijo de Coré, y sus hermanos los coreítas, de la misma casa paterna, tenían el servicio del culto como guardianes de los umbrales de la Tienda, pues sus padres habían tenido a su cargo la guardia de acceso al campamento de Yahveh.

20 Antiguamente había sido su jefe Pinjás, hijo de Eleazar, con el que estaba Yahveh.

21 Zacarías, hijo de Meselemías, era portero de la entrada de la Tienda del Encuentro.

22 El total de los elegidos para porteros era de 212, y estaban inscritos en sus problados. David y Samuel el vidente les habían establecido en sus cargos permanentemente.

23 Tanto ellos como sus hijos tenían a su cargo las puertas de la Casa de Yahveh, la casa de la Tienda.

24 Había porteros a los cuatro vientos: al oriente, al occidente, al norte y al mediodía.

25 Sus hermanos, que habitaban en sus poblados, tenían que venir periódicamente a estar con ellos durante siete días,

26 porque los cuatro jefes de los porteros eran permanentes; algunos levitas estaban al cuidado de las cámaras y de los tesoros de la Casa de Dios.

27 Pasaban la noche alrededor de la Casa de Dios, pues les incumbía su vigilancia y habían de abrirla todas las mañanas.

28 Unos tenían el cuidado de los utensilios del culto, y los contaban al meterlos y al sacarlos.

29 Otros estaban encargados de los utensilios y de todos los instrumentos del Santuario, de la flor de harina, el vino, el aceite, el incienso y los aromas.

30 Los que hacían la mezcla para los aromas eran sacerdotes.

31 Mattitías, uno de los levitas, primogénito de Sallum el coreíta, estaba al cuidado constante de las cosas que se freían en sartén.

32 Entre los quehatitas, sus hermanos, algunos estaban encargados de poner en filas los panes cada sábado.

33 Había también cantores, cabezas de familia de los levitas y moraban en las habitaciones de la Casa, exentos de servicio, pues se ocupaban de día y de noche en su ministerio.

34 Estos son, según sus genealogías, los cabezas de familia de los levitas, jefes de sus linajes que habitaban en Jerusalén.

35 En Gabaón moraban el padre de Gabaón, Yeiel, cuya mujer se llamaba Maaká

36 y Abdón su hijo primogénito; después, Sur, Quis, Báal, Ner, Nadab,

37 Guedor, Ajyó, Zacarías y Miqlot.

38 Miqlot engendró a Simam. También éstos habitaron en Jerusalén junto a sus hermanos y en unión con éstos.

39 Ner engendró a Quis, Quis engendró a Saúl, Saúl engendró a Jonatán, Malki Súa, Abínadab y Esbáal.

40 Hijo de Jonatán: Merib Báal. Merib Báal engendró a Miká.

41 Hijos de Miká: Pitón, Mélek, Tajrea.

42 Ajaz engendró a Yará, Yará engendró a Alémet, Azmavet y Zimrí. Zimrí engendró a Mosá.

43 Mosá engendró a Binná. Refaías, hijo suyo: Elasá, hijo suyo; Asel, hijo suyo.

44 Asel tuvo seis hijos, cuyos nombres son: Azricam, su primogénito, Ismael, Searías, Obadías y Janán. Estos fueron los hijos de Asel.

Reflexión del capítulo 9

Después de las genealogías, el capítulo menciona a quienes regresaron primero a sus ciudades tras el destierro: israelitas, sacerdotes, levitas y sirvientes del templo. Es un momento lleno de significado, porque marca el paso de la memoria a la reconstrucción. El pueblo vuelve a su tierra, y lo primero que se organiza es el servicio del santuario: porteros, cantores, encargados de los utensilios y de las ofrendas. La lección es clara: la vida de una comunidad creyente se sostiene sobre la fidelidad de muchas personas que cumplen tareas concretas, casi siempre discretas. El texto nombra también a los porteros y a sus familias, gente que abría y cerraba puertas, guardaba el orden y velaba por la casa de Dios. Nada de eso era heroico, y sin embargo era indispensable. También hoy la Iglesia se edifica con la fidelidad cotidiana de quienes sirven sin buscar reconocimiento. Y hay una nota de esperanza: el destierro no fue el final, sino el comienzo de una nueva etapa.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Piensa hoy en las puertas que tú puedes abrir o cerrar en tu comunidad: un saludo a quien llega nuevo, tu presencia puntual en la parroquia, un servicio pequeño que nadie ve. Elige uno y hazlo bien esta semana. Y da gracias a Dios por quienes, con tareas discretas, mantienen viva la vida de tu comunidad creyente. La reconstrucción empieza siempre por gestos pequeños y constantes, repetidos con amor.

Oración

Señor, tú que reconstruyes a tu pueblo con la fidelidad de los pequeños, enséñanos a servir sin buscar recompensa. Haznos puntuales, generosos y alegres en las tareas humildes, para que tu casa sea un hogar abierto a todos. Amén.

Acerca del libro de I Crónicas

El Primer Libro de las Crónicas, llamado en la tradición hebrea «Divré Hayyamim», palabras de los días, y en la griega «Paralipómenos», lo que se había dejado de lado, es una relectura de la historia de Israel escrita para una comunidad que regresaba del destierro de Babilonia. La tradición lo atribuye a Esdras, escriba y sacerdote, y su composición suele situarse hacia el siglo IV antes de Cristo, cuando el pueblo, ya sin reyes ni independencia, necesitaba volver a entender quién era y por qué Dios seguía siendo fiel. Por eso el autor no se limita a repetir lo que ya contaban los libros de Samuel y de los Reyes: selecciona, ordena y subraya. Calla las páginas más oscuras de David y engrandece todo lo que mira al culto, al templo, a los levitas y a la alabanza. Su mirada es litúrgica y sacerdotal, más atenta al altar que al campo de batalla.

El libro se abre con largas genealogías que van de Adán hasta las tribus de Israel y hasta la casa de David. A primera vista parecen una lista árida, pero encierran una convicción profunda: la historia de la salvación tiene raíces concretas, nombres, familias y una continuidad que atraviesa el destierro. Después, el relato se concentra en David: su ascenso al trono, el traslado del arca a Jerusalén, la promesa de una dinastía eterna y la preparación minuciosa del templo que no llegará a construir. David aparece como rey orante, músico y organizador del culto más que como guerrero.

Para el católico, Crónicas es una escuela de memoria agradecida. Nos enseña que la fidelidad de Dios no se interrumpe aunque los tiempos sean adversos, que el culto y la alabanza sostienen la vida del pueblo, y que cada generación recibe una herencia y una responsabilidad. Leerlo es descubrir que también nuestra historia personal, con sus nombres y sus heridas, está inscrita en un designio mayor.

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