I Crónicas

Antiguo Testamento | 29 capítulos | 942 versículos

1 Cr

Capítulo 12

1 Estos son los que vinieron donde David, a Siquelag, cuando estaba retenido lejos de Saúl, hijo de Quis. Estaban también entre los valientes que le ayudaron en la guerra.

2 Manejaban el arco con la derecha y con la izquierda, lanzando piedras y flechas con el arco. De los hermanos de Saúl el benjaminita:

3 Ajiézer, el jefe, y Joás, hijos de Semaá de Guibeá; Yeziel y Pélet, hijos de Azmávet; Beraká y Jehú, de Anatot;

4 Yismaías, de Gabaón, valeroso entre los Treinta y jefe de los mismos;

5 Jeremías, Yajaziel, Yojanán, Yozabad, de Guederot;

6 Eluzay, Yerimot, Bealías, Semarías y Sefatías, de Jarif;

7 Elcaná, Isaías, Azarel, Yoézer, Yasobam, coreítas;

8 Yoelá y Zebadías, hijos de Yerojam, de Guedor.

9 Y hubo también gaditas que se pasaron a David en el desierto, guerreros valientes, hombres de guerra, preparados para el combate, diestros con el escudo y la lanza. Sus rostros, como rostros de león, y ligeros como la gacela salvaje.

10 Su jefe era Ezer; Obadías, el segundo; Eliab, el tercero;

11 Masmanná, el cuarto; Yirmeyá, el quinto;

12 Attay, el sexto; Eliel, el séptimo;

13 Yojanán, el octavo; Elzabad, el noveno;

14 Jeremías, el décimo; Makbannay, el undécimo;

15 estos eran, entre los hijos de Gad, jefes del ejército; el menor mandaba sobre cien, y el mayor sobre mil.

16 Estos fueron los que atraversaron el Jordán en el mes primero, cuando suele desbordarse por todas sus riberas, y pusieron en fuga a todos los habitantes de los valles, a oriente y occidente.

17 También vinieron al refugio, donde estaba David, algunos de los hijos de Benjamín y Judá.

18 Presentóse David delante de ellos y les dijo: «Si venís a mí en son de paz para ayudarme, mi corazón irá a una con vosotros; pero si es para engañanarme en favor de mis enemigos, sin que hubiere violencia en mis manos, ¡véalo el Dios de nuestros padres y lo castigue!»

19 Entonces el espíritu revistió a Amasay, jefe de los Treinta: «¡A ti, David! ¡Contigo, hijo de Jesé! ¡Paz, paz a ti! ¡Y paz a los que te ayuden, pues tu Dios te ayuda a ti!» David los recibió y los puso entre los jefes de las tropas.

20 También de Manasés se pasaron algunos a David, cuando éste iba con los filisteos a la guerra contra Saúl, aunque no les ayudaron, porque los tiranos de los filisteos, habido consejo, le despidieron, diciendo: «Se pasará a Saúl, su señor, con nuestras cabezas.»

21 Cuando regresó a Siquelag, pasáronse a él algunos de los hijos de Manasés: Adná, Yozabad, Yediel, Miguel, Yozabad, Elihú y Silletay, jefes de millares de Manasés.

22 Estos ayudaron a David al frente de algunas partidas, pues todos eran hombres valientes y llegaron a ser jefes en el ejército.

23 Cada día, en efecto, acudía gente a David para ayudarle, hasta que el campamento llegó a ser grande, como un campamento de Dios.

24 Este es el número de los guerreros preparados para la guerra que vinieron donde David, a Hebrón, para transferirle el reino de Saúl, conforme a la orden de Yahveh.

25 De los hijos de Judá, llevando escudo y lanza, 6.800, armados para la guerra.

26 De los hijos de Simeón, hombres valerosos para la guerra, 7.100.

27 De los hijos de Leví, 4.600.

28 Yehoyadá, príncipe de los hijos de Aarón, con otros 3.700.

29 Sadoq, joven y valeroso, con veintidós jefes de su casa paterna.

30 De los hijos de Benjamín, hermano de Saúl, 3.000; hasta entonces la mayor parte de ellos habían permanecido fieles a la casa de Saúl.

31 De los hijos de Efraím, 20.800 hombres valientes, famosos en sus casas paternas.

32 De la media tribu de Manasés, 18.000, nominalmente designados para ir a proclamar rey a David.

33 De los hijos de Isacar, duchos en discernir las oportunidades y saber lo que Israel debía hacer, 200 jefes, y todos sus hermanos bajo sus órdenes.

34 De Zabulón, 50.000 aptos para salir a campaña, preparados para la batalla, provistos de todas las armas de guerra, audaces en la lucha, con corazón entero.

35 De Neftalí, 1.000 jefes, y con ellos 37.000 hombres con escudo y lanza.

36 De los danitas, preparados para la batalla, 28.600.

37 De Aser, aptos para salir a campaña y preparados para la batalla, 40.000.

38 Y de Transjordania, de los rubenitas, de los gaditas y de la media tribu de Manasés, provistos de todos los pertrechos de guerra para la batalla, 120.000.

39 Todos estos hombres de guerra, formados en orden de batalla, vinieron a Hebrón con corazón entero para proclamar a David rey sobre todo Israel; y los demás israelitas estaban unánimes en hacer rey a David.

40 Permanecieron allí con David tres días comiendo y bebiendo, porque sus hermanos les proveían.

41 Además, los que estaban cerca y hasta de Isacar, Zabulón y Neftalí traían víveres en asnos, camellos, mulos y bueyes; provisiones de harina, tortas de higos y pasas, vino, aceite, ganado mayor y menor en abundancia; pues reinaba la alegría en Israel.

Reflexión del capítulo 12

El capítulo describe la llegada de numerosos hombres a David cuando todavía era un fugitivo en Siclag, y después la gran asamblea que lo proclamó rey en Hebrón. Llama la atención la variedad de los que se le unieron: benjaminitas expertos en el arco, gaditas valientes que cruzaban el Jordán en tiempo de crecida, hombres de las tribus del norte que llegaban con provisiones y alegría. El texto dice que vinieron con corazón entero, dispuestos a servir, y que en Israel hubo gozo. Aquella unidad no era fruto de la casualidad ni de la conveniencia, sino de un corazón decidido a caminar juntos bajo un mismo rey. También se menciona que traían alimentos para sostener al ejército, un detalle que subraya cómo el bien común se construye con aportes distintos y complementarios. La comunidad creyente se parece a aquella asamblea: personas diversas, con dones diferentes, que se reúnen no por afinidad sino por una misma fe. Y donde hay unidad sincera, hay alegría, porque la concordia es un don de Dios que sostiene al pueblo.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Busca hoy un modo de contribuir a la unidad en tu entorno: en tu familia, tu grupo de fe o tu trabajo. Aporta lo tuyo sin imponerte, escucha a quien piensa distinto y evita las palabras que dividen. Si has tomado partido en algún conflicto, da tú el primer paso hacia la reconciliación, aunque no te corresponda. La unidad se construye con paciencia, cediendo en lo accesorio y cuidando lo esencial.

Oración

Señor, autor de la paz y de la concordia, únenos en un mismo corazón para servirte. Danos alegría en la diversidad, humildad para escuchar y generosidad para aportar lo que cada uno tiene, edificando juntos tu pueblo. Amén.

Acerca del libro de I Crónicas

El Primer Libro de las Crónicas, llamado en la tradición hebrea «Divré Hayyamim», palabras de los días, y en la griega «Paralipómenos», lo que se había dejado de lado, es una relectura de la historia de Israel escrita para una comunidad que regresaba del destierro de Babilonia. La tradición lo atribuye a Esdras, escriba y sacerdote, y su composición suele situarse hacia el siglo IV antes de Cristo, cuando el pueblo, ya sin reyes ni independencia, necesitaba volver a entender quién era y por qué Dios seguía siendo fiel. Por eso el autor no se limita a repetir lo que ya contaban los libros de Samuel y de los Reyes: selecciona, ordena y subraya. Calla las páginas más oscuras de David y engrandece todo lo que mira al culto, al templo, a los levitas y a la alabanza. Su mirada es litúrgica y sacerdotal, más atenta al altar que al campo de batalla.

El libro se abre con largas genealogías que van de Adán hasta las tribus de Israel y hasta la casa de David. A primera vista parecen una lista árida, pero encierran una convicción profunda: la historia de la salvación tiene raíces concretas, nombres, familias y una continuidad que atraviesa el destierro. Después, el relato se concentra en David: su ascenso al trono, el traslado del arca a Jerusalén, la promesa de una dinastía eterna y la preparación minuciosa del templo que no llegará a construir. David aparece como rey orante, músico y organizador del culto más que como guerrero.

Para el católico, Crónicas es una escuela de memoria agradecida. Nos enseña que la fidelidad de Dios no se interrumpe aunque los tiempos sean adversos, que el culto y la alabanza sostienen la vida del pueblo, y que cada generación recibe una herencia y una responsabilidad. Leerlo es descubrir que también nuestra historia personal, con sus nombres y sus heridas, está inscrita en un designio mayor.

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