I Crónicas

Antiguo Testamento | 29 capítulos | 942 versículos

1 Cr

Capítulo 15

1 Se hizo casas en la Ciudad de David, preparó un lugar para el arca de Dios y le levantó una Tienda.

2 Entonces dijo David: «Solamente los levitas han de llevar el arca de Dios, pues a ellos los escogió Yahveh para llevar el arca de Yahveh y servirle por siempre.»

3 Congregó, pues, David a todo Israel en Jerusalén para subir el arca de Yahveh al lugar que para ella había preparado.

4 David reunió también a los hijos de Aarón y a los levitas:

5 De los hijos de Quehat: a Uriel, el jefe, y a sus hermanos, 120;

6 de los hijos de Merarí: a Asaías, el jefe, y a sus hermanos, 220;

7 de los hijos de Guersom: a Joel, el jefe, y a sus hermanos, 130;

8 de los hijos de Elisafán: a Semaías, el jefe, y a sus hermaos, doscientos;

9 de los hijos de Hebrón: a Eliel, el jefe, y a sus hermanos, ochenta;

10 de los hijos de Uzziel: a Amminadab, el jefe, y a sus hermanos, 112.

11 También llamó David a los sacerdotes Sadoq y Abiatar, y a los levitas Uriel, Asaías, Joel, Semaáis, Eliel y Amminadab,

12 y les dijo: «Vosotros sois los cabezas de familia de los levitas. Santificaos, vosotros y vuestros hermanos, para subir el arca de Yahveh, el Dios de Israel, al lugar que para ella tengo preparado;

13 pues por no haber estado vosotros la vez primera, Yahveh, nuestro Dios, hizo brecha en nosotros, ya que no le consultamos conforme a la norma.»

14 Se santificaron, pues, los sacerdotes y los levitas, para subir el arca de Yahveh, Dios de Israel.

15 Y los levitas trasladaron el arca de Dios a hombros, como lo había ordenado Moisés, según la palabra de Yahveh, llevando los varales sobre los hombros.

16 Dijo David a los jefes de los levitas que dispusieran a sus hermanos los cantores, con instrumentos músicos, salterios, cítaras y címbalos, para que los hiciesen resonar, alzando la voz con júbilo.

17 Los levitas designaron a Hemán, hijo de Joel; y de sus hermanos, a Asaf, hijo de Berekías; y de los hijos de Merarí, hermanos suyos, a Etán, hijo de Cusaías.

18 Y con ellos, como segundos, a sus hermanos Zacarías, hijo de Yaaziel, Semiramot, Yejiel, Unní, Eliab, Benaías, Maaseías, Mattitías, Eliflehú, Miqneías, Obededom y Yeiel, porteros.

19 Los cantores Hemán, Asaf y Etán hacían resonar címbalos de bronce.

20 Zacarías, Yaaziel, Semiramot, Yejiel, Unní, Eliab, Maaseías y Benaías tenían salterios de tonos altos.

21 Mattitías, Eliflehú, Miqneías, Obededom, Yeiel y Azazaías tenían cítaras de octava, para dirigir el canto.

22 Kenanías, jefe de los levitas encargados del transporte, dirigía el traslado, porque era hombre entendido.

23 Berekías y Elcaná eran porteros del arca.

24 Sebanías, Josafat, Natanael, Amasay, Zacarías, Benaías y Eliezer, sacerdotes, tocaban las trompetas delante del arca de Dios. Obededom y Yejiyías eran porteros del arca.

25 Así pues, David los ancianos de Israel y los jefes de millares, fueron a traer el arca de la alianza de Yahveh, desde la casa de Obededom, con alborozo.

26 Y habiendo Dios ayudado a los levitas portadores del arca de la alianza de Yahveh, sacrificaron siete becerros y siete carneros.

27 David iba revestido de un manto de lino fino, lo mismo que todos los levitas, que portaban el arca, los cantores y Kenanías, el jefe que dirigía el traslado. Llevaba también David sobre sí un efod de lino.

28 Todo Israel subía el arca de la alianza de Yahveh entre clamores y resonar de cuernos, trompetas y címbalos, y haciendo sonar los salterios y las cítaras.

29 Cuando el arca de la alianza de Yahveh entró en la Ciudad de David, Mikal, hija de Saúl, estaba mirando por una ventana, y vio al rey David que saltaba y bailaba, y le despreció en su corazón.

Reflexión del capítulo 15

David corrige el error anterior y dispone que sean los levitas quienes lleven el arca, tal como la ley mandaba, con todo el pueblo en fiesta, cantos, címbalos y trompetas. El rey, vestido con ropas sencillas, danza ante el Señor con todas sus fuerzas, sin cuidar las apariencias. Su esposa Mical lo mira desde la ventana y lo desprecia en su corazón, incapaz de comprender semejante entrega. Aquella danza no era un espectáculo: era la oración de un hombre entero que se olvidaba de sí mismo para alabar a Dios. El contraste entre David y Mical es el contraste entre el corazón libre y el corazón encogido por el respeto humano. Quien de verdad ama a Dios no se avergüenza de parecer poco digno a los ojos del mundo. Además, el capítulo insiste en el orden del culto: la alabanza verdadera no es desorden, sino obediencia alegre. Y nos invita a preguntarnos si nuestra oración es solo cumplimiento exterior o si alguna vez hemos puesto el corazón entero, con todo el cuerpo y toda la vida, delante del Señor.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Reza hoy con el cuerpo y no solo con la mente: canta aunque desafines, arrodíllate, alza las manos o camina en silencio. Dedica un momento de oración sin pensar en quien te ve. Y si te da vergüenza expresar tu fe delante de otros, pide al Señor un corazón libre, que se alegre de pertenecerle sin miedo al juicio ajeno.

Oración

Señor, tú que miras el corazón y no las apariencias, líbranos del respeto humano y de la vanidad. Danos la libertad de alabarte con toda nuestra vida y la sencillez de no buscar otra mirada que la tuya. Amén.

Acerca del libro de I Crónicas

El Primer Libro de las Crónicas, llamado en la tradición hebrea «Divré Hayyamim», palabras de los días, y en la griega «Paralipómenos», lo que se había dejado de lado, es una relectura de la historia de Israel escrita para una comunidad que regresaba del destierro de Babilonia. La tradición lo atribuye a Esdras, escriba y sacerdote, y su composición suele situarse hacia el siglo IV antes de Cristo, cuando el pueblo, ya sin reyes ni independencia, necesitaba volver a entender quién era y por qué Dios seguía siendo fiel. Por eso el autor no se limita a repetir lo que ya contaban los libros de Samuel y de los Reyes: selecciona, ordena y subraya. Calla las páginas más oscuras de David y engrandece todo lo que mira al culto, al templo, a los levitas y a la alabanza. Su mirada es litúrgica y sacerdotal, más atenta al altar que al campo de batalla.

El libro se abre con largas genealogías que van de Adán hasta las tribus de Israel y hasta la casa de David. A primera vista parecen una lista árida, pero encierran una convicción profunda: la historia de la salvación tiene raíces concretas, nombres, familias y una continuidad que atraviesa el destierro. Después, el relato se concentra en David: su ascenso al trono, el traslado del arca a Jerusalén, la promesa de una dinastía eterna y la preparación minuciosa del templo que no llegará a construir. David aparece como rey orante, músico y organizador del culto más que como guerrero.

Para el católico, Crónicas es una escuela de memoria agradecida. Nos enseña que la fidelidad de Dios no se interrumpe aunque los tiempos sean adversos, que el culto y la alabanza sostienen la vida del pueblo, y que cada generación recibe una herencia y una responsabilidad. Leerlo es descubrir que también nuestra historia personal, con sus nombres y sus heridas, está inscrita en un designio mayor.

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