I Crónicas
Antiguo Testamento | 29 capítulos | 942 versículos
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Capítulo 14 de 29Capítulo 14
1 Jiram, rey de Tiro, envió a David mensajeros y maderas de cedro, y también albañiles y carpinteros, para edificarle una casa.
2 Y conoció David que Yahveh le había confirmado como rey de Israel, pues había ensalzado su realeza por amor a Israel su pueblo.
3 Tomó David otras mujeres en Jerusalén y engendró mas hijos e hijas.
4 Estos son los nombres de los que tuvo en Jerusalén: Sammúa, Sobab, Natán, Salomón,
5 Yibjar, Elisúa, Elpálet,
6 Nógah, Néfeg, Yafía,
7 Elisamá, Baalyadá y Elifélet.
8 Cuando los filisteos oyeron que David había sido ungido rey sobre todo Israel, subieron todos en su busca. Lo supo David y les salió al paso.
9 Llegaron los filisteos y se desplegaron por el valle de Refaím.
10 Consultó David a Dios, diciendo: «¿Debo subir contra los filisteos? ¿Los entregarás en mis manos?» Yahveh le respondió: «Sube, pues yo los entregaré en tu mano.»
11 Y subieron a Baal Perasim, donde David los derrotó. Dijo entonces David: «Dios ha abierto brecha entre mis enemigos por mi mano, como una brecha de aguas.» Por eso se llamó a aquel lugar Baal Perasim.
12 Abandonaron allí a sus ídolos, y dijo David: «Arrojadlos al fuego.»
13 Otra vez invadieron los filisteos el valle,
14 y David volvió a consultar a Dios, y Dios le contestó: «No subas contra ellos: da un rodeo y atácalos frente a las balsameras.
15 Y cuando oigas el ruido de pasos en la copa de las balsameras, saldrás a la batalla, porque Dios sale delante de ti para derrotar el campamento de los filisteos.»
16 Hizo David como le había mandado Dios, y derrotaron al campamento de los filisteos desde Gabaón hasta Guézer.
17 La fama de David se extendió por todas las regiones, pues Yahveh le hizo temible a todas las naciones.
Reflexión del capítulo 14
El capítulo muestra a David consolidado: el rey de Tiro le envía materiales y artesanos, le nacen hijos en Jerusalén y comprende que el Señor ha confirmado su reino. Pero lo más valioso es cómo enfrenta a los filisteos. Ante cada ataque, David consulta a Dios, y recibe respuestas distintas: primero le manda subir, y después le ordena no atacar de frente, sino rodear y esperar el ruido de unos pasos entre los árboles, señal de que Dios mismo salía al combate. Aquel rey poderoso no se apoya en su experiencia ni en su ejército, sino que vuelve a preguntar cada vez. Es una lección preciosa: Dios no es una receta que se repita igual, sino una presencia viva que se busca de nuevo en cada encrucijada. Lo que funcionó ayer quizá no es lo que Él pide hoy. También nosotros, cuando todo nos va bien, corremos el riesgo de confiarnos y dejar de consultar al Señor. David nos enseña a no dar nada por descontado y a escuchar su voz en cada momento de la vida.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Antes de las decisiones de hoy, aunque te parezcan sencillas, detente un instante y pregunta a Dios qué quiere de ti. Prueba a hacerlo al comenzar la jornada, antes de una conversación difícil o de un gasto importante. Y si te va bien en algo, no olvides volver a Él para dar gracias y pedir luz para el paso siguiente.
Oración
Señor, tú que guías a tu pueblo con caminos siempre nuevos, líbranos de la autosuficiencia y enséñanos a consultarte en cada encrucijada. Danos oído atento a tu voz y corazón dócil para seguir lo que nos pides hoy. Amén.
Acerca del libro de I Crónicas
El Primer Libro de las Crónicas, llamado en la tradición hebrea «Divré Hayyamim», palabras de los días, y en la griega «Paralipómenos», lo que se había dejado de lado, es una relectura de la historia de Israel escrita para una comunidad que regresaba del destierro de Babilonia. La tradición lo atribuye a Esdras, escriba y sacerdote, y su composición suele situarse hacia el siglo IV antes de Cristo, cuando el pueblo, ya sin reyes ni independencia, necesitaba volver a entender quién era y por qué Dios seguía siendo fiel. Por eso el autor no se limita a repetir lo que ya contaban los libros de Samuel y de los Reyes: selecciona, ordena y subraya. Calla las páginas más oscuras de David y engrandece todo lo que mira al culto, al templo, a los levitas y a la alabanza. Su mirada es litúrgica y sacerdotal, más atenta al altar que al campo de batalla.
El libro se abre con largas genealogías que van de Adán hasta las tribus de Israel y hasta la casa de David. A primera vista parecen una lista árida, pero encierran una convicción profunda: la historia de la salvación tiene raíces concretas, nombres, familias y una continuidad que atraviesa el destierro. Después, el relato se concentra en David: su ascenso al trono, el traslado del arca a Jerusalén, la promesa de una dinastía eterna y la preparación minuciosa del templo que no llegará a construir. David aparece como rey orante, músico y organizador del culto más que como guerrero.
Para el católico, Crónicas es una escuela de memoria agradecida. Nos enseña que la fidelidad de Dios no se interrumpe aunque los tiempos sean adversos, que el culto y la alabanza sostienen la vida del pueblo, y que cada generación recibe una herencia y una responsabilidad. Leerlo es descubrir que también nuestra historia personal, con sus nombres y sus heridas, está inscrita en un designio mayor.
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